Hablar de Cuentos Borgeanos es ingresar en un territorio donde la música nunca fue solamente música. Desde su aparición en 2002, en un contexto dominado por la inmediatez, el rock barrial y la consigna directa, el proyecto encabezado por Abril Sosa eligió otro camino: letras atravesadas por obsesiones existenciales, referencias literarias explícitas, climas densos y una ambición conceptual que desentonaba con el paisaje dominante. No fue un gesto de diferenciación calculado, sino la consecuencia natural de una sensibilidad particular.
Para Sosa, Cuentos no es una estructura profesional ni una plataforma de carrera. Es, ante todo, “una reunión de amigos, un lugar en donde podemos ser nosotros mismos sin ser juzgados por el otro”. Esa definición instala el núcleo real del grupo: antes que una banda, es un vínculo. Antes que estrategia, es pertenencia.

El origen estuvo marcado por una búsqueda de libertad artística que, según reconoce, no encontraba en ese momento dentro de Catupecu Machu. En pleno auge del trío, decidió dar un paso al costado para consolidar su propio proyecto. Cuentos apareció como un espacio donde cada integrante pudiera aportar lo que es, donde “esa singularidad forma un todo”. Y aunque muchos hayan querido leer su nacimiento como consecuencia de una ruptura, él insiste: “Cuentos Borgeanos es el resultado de cuatro amigos que se juntaron a tocar”.
El debut, “Fantasmas de lo nuevo”, producido por Gabriel Ruiz Díaz, fue el primer trazo de una identidad en construcción. Pero sería con “Misantropía“ (2004), editado por Iguana Records (sello alternativo de BMG), cuando la banda consolidó su estética. Producido junto a Ruiz Díaz y presentado en el Quilmes Rock Festival, el disco se transformó con los años en obra de culto. Más tarde llegarían “Felicidades” (2007), producido por Pablo Romero; “Psicomágico” (2009), donde el cuarteto profundizó su densidad sonora; y, tras la separación anunciada en 2010, el regreso con “Postales” (2014), producido por Bajofondo y anticipado por el single “Animales”.
La historia de Cuentos nunca fue lineal. Fue intermitente, intensa y deliberadamente ajena a la lógica industrial.
Borges, Nietzsche y el pliegue del tiempo
El nombre nunca fue inocente. La referencia a Jorge Luis Borges fue directa y consciente. Sosa lo menciona como un escritor injustamente juzgado desde lo político y no desde lo artístico, y reconoce que su influencia está presente a la hora de componer, aunque nunca funcionó como peso sino como inspiración. A 40 años de su muerte, esa elección adquiere una resonancia especial. Sin embargo, la reflexión se amplía hacia la escena actual: sostiene que la música argentina ha dado la espalda a la herencia gigantesca de grandes escritores y músicos que supimos tener. Según su mirada, hoy la lírica nacional se ha cosificado y achatado, ignorando a quienes construyeron un legado cultural profundo.
Borges escribió que “el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho” y sugirió que la historia universal no es más que la repetición de unas pocas metáforas. Friedrich Nietzsche, por su parte, formuló la hipótesis del eterno retorno: vivir cada instante como si fuera a repetirse infinitamente. En la historia de Cuentos, esa idea no es teoría, es experiencia.
En 2022, a veinte años de su partida, Abril regresó a Catupecu tras un acercamiento con Fernando Ruiz Díaz luego de la muerte de su hermano Gabriel. El regreso tuvo la carga simbólica de un círculo que intenta cerrarse: duelo compartido, memoria, la posibilidad de recomponer algo fundacional. Durante dos años la banda se vio envuelta en un espíritu renovado. Pero el eterno retorno no promete redención; promete repetición. Sin previo aviso, le comunicaron que ya no sería parte del proyecto.
En ese movimiento —ida, regreso, expulsión— hay una estructura casi literaria. El tiempo no avanza en línea recta, se pliega. Y en ese pliegue, Sosa sostiene que Cuentos Borgeanos es muy Catupecu, incluso que hoy mantiene un espíritu más catupequero que “la gran farsa” que, a su entender, monta Fernando con un proyecto que se revela acabado. Más allá de la dureza de la declaración, lo que defiende es una esencia: no el nombre, sino el pulso.
Oscuridad, fragilidad y coherencia
El tiempo, la muerte, el amor, la tristeza y el dolor han sido las temáticas estructurales exploradas por la banda. “Han sido grandes obsesiones en nuestra música”, afirma. La oscuridad no es pose ni marketing: “somos sobre todo oscuros”. Recupera aquella frase de Massive Attack —“felices de estar tristes”— para explicar que aceptan que la luz también es parte de esa oscuridad. Lo sintetiza con una línea de “Felicidades”: “Sólo debes entender que eres parte del dolor”.
“Misantropía” cristalizó esa intensidad. En el momento de grabarlo no percibieron la dimensión de lo que estaban haciendo. Años después comprendieron que se habían desafiado sin saberlo. Cuentos sigue siendo una banda compleja de escuchar, un proyecto que requiere compromiso de parte del escucha. No fue algo buscado deliberadamente; simplemente se dio naturalmente por su forma de hacer música. Esa misma complejidad explica su fragilidad. “Cuentos, antes como hoy, sigue siendo un proyecto frágil”, reconoce, y por eso nunca fue una banda popular sino más bien de nicho.
Las canciones mismas cambiaron con el tiempo. “Se resignifican”, dice, y admite que no entendió el significado de muchas hasta años después, cuando volvió a escucharlas. Como en Borges, el texto no es fijo: se transforma con cada lectura.
Hoy la banda vuelve a estar activa. Después de un 2025 en el que presentaron dos canciones inéditas, editaron Sin tiempo ni final, un disco en vivo grabado en Niceto Club, con once versiones que capturan la intensidad del reencuentro con su público y que cuentan además con registros audiovisuales. La formación actual —Abril Sosa, Diego López Santana, Agustín “Búho” Rocino y Lucas “Gato” Hernández— volverá a presentarse el 20 de febrero en el mismo escenario.
Pero no hay discurso de regreso épico. No hay relato de revancha. “Cuentos Borgeanos será por siempre un presente continuo en donde no nos interesa abrazar una continuidad ni tampoco lo veremos como un encuentro o desencuentro”, afirma.
En tiempos donde la velocidad reemplaza a la profundidad y la inmediatez a la reflexión, Cuentos insiste en una ética distinta: la de la fragilidad asumida. No hay cálculo de algoritmo ni voluntad de agradar. Hay obsesión, amistad, oscuridad y una búsqueda que no se disculpa por ser intensa. Si el eterno retorno implica elegir una y otra vez lo mismo, entonces Cuentos ha vuelto a elegirse. No por nostalgia, no por revancha, sino por coherencia. Porque cuando el ruido se apaga y las modas pasan, lo único que queda es aquello que fue verdadero. Y Cuentos —con su complejidad, su oscuridad y su amistad intacta— nunca quiso ser otra cosa.

Foto portada: Andrés Zárate



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