Por Fabián Grandinetti
Las costumbres suelen ser tan tercas que sobreviven incluso después de haber olvidado el motivo que les dio origen. En el pueblo de mi abuelo, por ejemplo, había una cuya razón nadie conocía pero era tan autóctona como el polvo de sus veredas. Cada otoño llegaba un carro. No era digno de memoria. Lo tiraba un burro gris, de paso tranquilo, y lo guiaba un hombre cualquiera. Llevaba algunas herramientas de labranza, una rueda vieja atada con una soga y un puñado de papas ennegrecidas. Nunca traía mercancías que valieran la pena, ni noticias de importancia. Sin embargo, los viejos dejaban lo que estaban haciendo para verla pasar. Con solo escuchar el ruido de las ruedas contra el empedrado, aparecía en sus ojos una nostalgia que se confundía con la niñez.
El carretero preguntaba siempre lo mismo: “¿Cuál es el camino al próximo pueblo?” y todos sonreían al escuchar aquellas palabras. Bastaba seguir el sendero, no existía otro. Aun así, alguien se acercaba, se sentaba a su lado y emprendían juntos la marcha. Eso dictaba la tradición. Nunca partía el mismo hombre, nunca volvía el mismo carretero. Desde ese instante era el pasajero quien sujetaba las riendas. Al llegar al siguiente pueblo, recogería a otro desconocido y le cedería el lugar al finalizar el trayecto. Nadie parecía encontrar extraño aquel intercambio.
Con los años advertí que el carro cambiaba lentamente. Una rueda nueva reemplazaba a otra gastada. Una tabla era sustituida por otra. Los clavos cedían al óxido y algún herrero los cambiaba sin ceremonia. Décadas después no debía de quedar una sola astilla del carro que había visto de niño. Sin embargo, los viejos insistían que se trataba del mismo. Solo el burro parecía inmune al tiempo.
Una tarde le pregunté a mi abuelo por qué los hombres aceptaban conducir un carro que no les pertenecía. Tardó en responder. Miró el camino, donde el polvo ya había borrado las huellas. Después dijo, casi para sí: “Nadie lleva el carro”.
Pasó el tiempo, yo crecí y, como tantos otros, me fui del pueblo a probar suerte a la ciudad. Allí no había a la vista ni carretas, ni viejos, ni tradiciones, solo velocidad. La búsqueda del éxito me alejó de mi hogar. Mi abuelo murió. Murieron también los hombres que esperaban al borde del camino. El almacén cerró. La estación perdió los trenes. El molino se vino abajo. Los álamos fueron talados y el pueblo quedó reducido a unas pocas casas que parecían recordar un tiempo más generoso.
Después de muchos años, ya en mi vejez, volví al pueblo una tarde de invierno. Poco encontré de mi infancia allí. Deambulé por las calles ahora decoradas por letreros oxidados, persianas bajas y jardines abandonados, y advertí que de ambos solo quedaban unos pocos fragmentos de memoria. Sin embargo, escuché a lo lejos unos cascos golpeando el empedrado. Era un burro. El mismo burro. El mismo paso. El mismo carro. Las mismas papas negras. El carretero detuvo el animal frente a mí y, con cortesía, preguntó si conocía el camino al próximo pueblo. Sonreí al escuchar aquellas palabras. Le respondí que sí y subí. El hombre se hizo a un lado y mientras tomaba las riendas emprendimos viaje. Al llegar, el hombre se despidió de forma cálida y en su gesto advertí algo que, por pudor o por miedo, nunca he contado. El hombre que descendía del carro tenía el rostro de mi abuelo. No el del anciano que enterramos. Era el rostro del muchacho de una fotografía amarillenta que mi abuela guardó toda la vida. Quise decir su nombre, pero no hizo falta. Me sonrió y echó a andar. Recordé sus palabras y entendí entonces el silencio de aquel viaje. Nadie lleva el carro. El burro retomó su marcha. Yo sujeté las riendas hasta encontrar a un hombre que esperaba junto al camino y le pregunté, con gentileza, cuál era el camino al próximo pueblo. El hombre me sonrió, subió al carro, yo le cedí las riendas y abracé la idea de volver a casa.





