Apuntes sobre libros, cuadros y calles que se niegan a quedarse quietas, por Nerona

El otro día intenté dibujar Buenos Aires.

Empecé con una esquina, seguí con un balcón y abandoné cuando comprendí que también debía dibujar los cables, los aires acondicionados, un cartel de alquiler, dos bolsas atrapadas en un árbol y al señor que había decidido estacionar exactamente delante de mí. Las ciudades tienen problemas para quedarse quietas. Por eso casi nunca salen bien en los retratos.

Durante mucho tiempo se dijo que una historia transcurría en una ciudad, como si la ciudad fuera un decorado: unas fachadas detrás de los personajes, una plaza para que se encontraran, una avenida por la cual escapar cuando la conversación se volviera incómoda. Pero las ciudades no suelen aceptar papeles secundarios. Cambian el modo de caminar, de esperar, de recordar y hasta de llegar tarde.

Sobre todo de llegar tarde.

James Joyce necesitó un solo día para recorrer Dublín en Ulises. Leopold Bloom camina, compra, come, recuerda y posterga el regreso a su casa. No parece el argumento de una epopeya, pero la ciudad convierte cada movimiento en parte de algo mayor. Dublín no acompaña el recorrido: lo produce. Si Bloom hubiese vivido en otro lugar, habría sido otra persona o, al menos, habría llegado tarde a sitios diferentes.

En La señora Dalloway, Virginia Woolf utiliza Londres de otra manera. Las calles reúnen pensamientos que nunca llegan a tocarse; las campanadas ordenan el día mientras cada personaje vive un tiempo propio. La ciudad mantiene a todos cerca sin garantizar que puedan encontrarse. Es una forma bastante eficiente de soledad.

Borges hizo algo diferente con Buenos Aires. En Fervor de Buenos Aires no buscó la ciudad monumental de las postales, sino patios, esquinas, atardeceres y barrios que parecían terminar un poco antes que el mundo. Su Buenos Aires era íntima y, al mismo tiempo, inventada. Tal vez todas las ciudades que amamos sean parcialmente imaginarias. Uno vive en una calle, pero recuerda otra.

Italo Calvino llevó esa sospecha más lejos en Las ciudades invisibles. Sus ciudades pueden estar construidas sobre pilotes, recuerdos, deseos, signos o muertos. Parecen imposibles, aunque después uno sale, toma el colectivo y descubre que la propia ciudad también está construida con materiales poco confiables: horarios, promesas inmobiliarias y la memoria de edificios demolidos.

La pintura entendió esto antes que muchos intendentes.

En Nighthawks, Edward Hopper dejó a cuatro personas dentro de un bar iluminado, rodeadas por una calle casi vacía. El vidrio permite verlas, pero también las separa. Hopper reconoció que, posiblemente sin proponérselo, había pintado la soledad de una gran ciudad. El cuadro no necesita mostrarnos rascacielos ni multitudes. Le alcanza con una esquina, una luz encendida y varias personas incapaces de hablarse. El Art Institute of Chicago conserva la obra y reconstruye su relación con Nueva York.

Quizá por eso las ciudades resultan tan importantes en el arte: porque vuelven visibles cosas que, dentro de una persona, serían difíciles de señalar. Una ventana iluminada puede hablar de compañía. Un departamento vacío, de alguien que se fue. Una avenida llena de gente, de la imposibilidad de encontrar a una persona determinada.

Las ciudades nos prestan su arquitectura para que podamos pensar nuestras emociones.

Buenos Aires, por ejemplo, tiene una relación particular con la espera. Esperamos colectivos, trenes, turnos, mesas y respuestas. Algunos bares parecen haber sido construidos exclusivamente para que una persona mire por la ventana mientras otra no llega. Después llamamos melancolía a lo que quizá empezó como un problema de tránsito.

También es una ciudad que conserva mal sus versiones anteriores. Derriba un cine y mantiene el nombre de la parada. Cambia un negocio, pero deja el cartel viejo detrás del nuevo. Un edificio desaparece y durante años seguimos dando indicaciones con él. “Donde estaba el videoclub”, decimos, y todos entienden. La ciudad física cambia; la ciudad hablada se resiste.

Supongo que de ahí salió una parte de Asterión City.

No de una gran revelación ni de un mapa encontrado en una biblioteca clausurada. Salió de caminar por Buenos Aires y notar que una ciudad puede acumular tantas versiones de sí misma que, en algún momento, ya no queda claro cuál es la verdadera. La Ciudad Imposible exagera algunas cosas. No tantas como me gustaría admitir.

Ahora, cuando encuentro una ciudad dentro de una obra, trato de no mirar solamente sus edificios. Me pregunto qué obliga a los personajes a hacer. Cuánto tardan en atravesarla. Qué lugares evitan. Dónde se sienten a salvo. Qué parte de sí mismos dejan en una esquina sin darse cuenta.

Una buena ciudad artística no necesita ser realista. Necesita tener consecuencias.

Puede llamarse Dublín, Londres, Buenos Aires o Zaira. Puede estar pintada detrás de un vidrio o dibujada en un mapa que se equivoca. Lo importante es que, cuando alguien la atraviese, no salga exactamente igual.

Yo todavía intento dibujar Buenos Aires.

Por ahora tengo una esquina, medio balcón y tres cables que no parecen conectarse con nada.

Creo que voy bastante bien.