Por Gastón Drunday
Estaba yo, como casi todos los jueves, en el Newcastle, cuando noté dos cosas. La primera fue que, en el mismo momento en que el argentino que juega de diez en el Barcelona de Ecuador se sacó dos tipos de encima, la clavó en el ángulo y siguió caminando indiferente, como queriendo ser olvidado, como queriendo no ser recordado, en los parlantes del bar una voz cantaba: “I wanna be forgotten and I don’t wanna be reminded”. La segunda fue que la chica que se viste muy bien, la que un rato después comenzaría a tener un nombre para mí, el primero de muchos, estaba con una amiga, fumando y tomando cerveza industrial, en una de las mesas de afuera a las que alzaba la calefacción.
Prefiero los bares con nombres de ciudades. A igualdad de condiciones, siempre opto por entrar en el que se llame Lisboa o Laredo o Freetown —que es, por cierto, un gran nombre para un bar—. Quizás quienes los eligen ya lo saben y por eso hay tantos. Podríamos decir (aunque es mentira) que quizás por eso entré por primera vez al Newcastle. Esa noche rompía mi propia marca de jueves consecutivos asistiendo; por eso, cuando la moza con el pelo de colores se acercó a llevarse mi vaso vacío, dejé de escribir un instante y le dije “Llevo catorce jueves seguidos acá”, y ella dijo “Yo llevo más, pero no llevo la cuenta”. Lo que sí llevaba era una bandeja con una cerveza de litro y una tortilla babé para la chica que se viste muy bien y su amiga. Puedo reconocer el punto de la tortilla solo con verla y la tortilla babé del Newcastle es una de las tres razones por las que vengo hace seis años. La chica que se viste muy bien sacó una foto, dividió las porciones y pringó un pancito en el plato. Luego empezaron a comer. Yo busqué una hoja en blanco (casi no me quedaban y las ideas nuevas las requieren) y escribí.
INT. DORMITORIO. NOCHE. Ella y él entran en la habitación, besándose. Taché. Escribí abajo. Ella y él entran en la habitación. Se besan. Escribí algo sobre los botones de la camisa y volví a tachar. La música del bar cambió repentinamente y en una mesa numerosa todos lo celebraron. Continué. EXT. CALLE. NOCHE. Ella y él caminan por la calle, tambaleándose, borrachos. Cada cierta cantidad de pasos se detienen para besarse. Lo hacen torpemente, como si no supieran. Respiran torpemente, como si no supieran. Se refugian en el umbral oscuro de un negocio abandonado. Continúan besándose. Él lleva la mano bajo su falda. Luego lleva sus dedos entre sus bocas. EXT. RESTAURANTE. DÍA. Vemos un primer plano de una tortilla. Un cuchillo la corta. La yema cae derritiéndose hasta mojar el plato. Ella humedece un pancito allí y lo come. Otro hombre está en la mesa. Le habla, pero ella lo ignora detrás de sus anteojos oscuros y su trago rojizo.
En ese momento, la moza con el pelo de colores regresó con mi vaso. El diez de Barcelona de Ecuador salió reemplazado. Siempre hay fútbol en los televisores del Newcastle, y esa es una de las tres razones por las que vengo hace seis años. La banda anunciada para las once comenzó la prueba de sonido en el escenario improvisado del fondo. El cantante se pasó largos minutos saludando. A veces sucede eso, viene una banda y su público se mezcla con nosotros, la fauna autóctona. Una mesa tuvo un dilema de espacio y ofrecí mi silla de sobra a cambio de que vigilaran mis cosas mientras fumaba. Lloviznaba. La chica que se viste muy bien improvisó una capa con su abrigo. Yo me alejé unos pasos, contemplando la estación de trenes, el edificio más lindo de la ciudad, pese a sus luces rotas y sus paredes descascaradas. El cantante también salió a fumar. Saludó por cortesía e hicimos algún comentario del bar, del clima y de la estación, hasta que nos interrumpieron dos mujeres muy rubias, muy bronceadas, muy interesadas en llamar su atención. Me aparté lentamente. Volvió el compilado del bar y la chica que se viste muy bien, signando el destino de mi personaje aquella noche, como si Dios ya no la aguantara quieta, comenzó a bailar en su silla con mucha gracia. Terminé mi trago y, como estaba previsto en la trama, pasé detrás de su silla cantando, como estaba haciendo ella, que había que colgar al DJ, que había que colgar al DJ, que había que colgar al DJ.
Volví a mi mesa. Pedí otro trago y la cuenta. Busqué renglones, márgenes vacíos y anoté algunas ideas que luego descartaría, en hojas que ya fueron fuego. Escribir es la respuesta. Escribir para olvidar. El partido terminó. La banda comenzó a tocar. Un relámpago hizo que todos miraran hacia afuera. Debió ser una gran foto. La lluvia se presentó con la intensidad con la que suele hacerlo en verano. La gente empezó a entrar con sus cosas y de pronto el bar quedó chico. El cantante, muy carismático, invitó a que todos se acerquen al fondo. No quedó nadie sentado; todos obedecimos. Y, seguramente, esto ya lo suponen, pero la chica que se viste muy bien y su amiga quedaron paradas a mi lado. Sentí por primera vez su perfume, el que no puedo exorcizar. Mi personaje no sabe bien qué hacer con sus manos, entonces bebe, porque le encanta beber, pero también porque necesita sostener un trago. La música que sonaba muy fuerte, el humo, el calor, el movimiento de sus brazos cerca de los míos, todos esos detalles que no incluyo por inverosímiles. La banda se despidió y volvió la música, y la música del Newcastle es —es fácil adivinarlo— la tercera de las razones por las que sigo viniendo. Salimos. La chica que se viste muy bien se encontró con que su encendedor estaba mojado; entonces le convidé fuego, mientras cantaba, premonitoria, junto a la voz en los parlantes: “You stole my heart and that’s what really hurts”, y supe en ese instante que pasaría a tener otro nombre para mí, el segundo de muchos. Nos despedimos. Emprendí el camino a casa, sin saber si Maggie May se había convertido en la cuarta razón para venir al Newcastle o en la razón para no volver a hacerlo.





