Por Pau Kessler

En el deseo de morir descubro, día a día, el arte de vivir. La sonrisa se vuelve trinchera hasta que, en un instante, desaparece. Y ahí, donde no queda nada a qué aferrarse, se encienden las alarmas de aviso. De ausencia, de duelos inconscientes por atravesar, de resignación y aceptación. De almas evanescentes que imprimen memoria en el cuerpo y pasillos en la mente.

Siempre me sentí una extremista emocional, habitando polaridades. Cuando perseguimos el reloj de la vida mundana, evitamos detenernos a sentir. La rueda sigue girando, las responsabilidades, el tiempo; tal vez como mecanismo de defensa para no dar lugar a esas voces que nos replantean la existencia. Cuando la muerte es un tema tabú para nuestra sociedad, uno no se atreve a darle lugar al pensamiento o siquiera a nombrarlo. Tristeza, depresión. Tenés todo, así que no es posible que haya lugar para esos sentires en una vida “normal”.

Hasta que un día el universo desencadena sucesos en los que la vida conocida desaparece. Ya no hay normalidades. Pierdo todo lo que creía que era mi sostén en el mundo material. Como obra del destino, perderlo todo y desapegarme del mundo mundano abrieron la puerta a la sombra. La noche oscura del alma necesita ser iluminada para no vivir eternamente creyendo que solo existen las nubes negras, para encontrar respuestas a una mente suicida cuando el botiquín de recursos auxiliadores se va limitando. Y en esas constantes visitas al inframundo descubrí la Virgen Desatanudos, mi lado espiritual.

Esa intensa voz que me llamaba constantemente al suicidio, en realidad, era mi alma melliza guiándome. Su misión era recordarme lo que ya existía en mí. En la búsqueda incesante de respuestas, llegué a despertar los lenguajes simbólicos que mi alma ya conocía.

La niña de ojos tristes, que siempre sintió un vacío en el corazón, hoy vuelve a sonreír. Elijo vivir y aferrarme a mi sentir.

La paz la encuentro en el limbo. Abrazando el cielo para estar cerca de él, con los pies en la tierra porque acá tengo mi raíz, mi sol, mi niño abuelo. Él no lo sabe, pero el pensamiento no pasó a la acción gracias a mi autoexigencia de ser un diez en la maternidad.

Él no lo sabe: le debo la vida y mil perdones.