Por Tomás Grandinetti
Hay obras que no nacen de la necesidad de contar una historia, sino de la necesidad de volver a mirar una historia que ya estaba ahí. El trabajo de Magalí Agnello puede leerse desde esa tensión: la de una persona que regresa a sus propias imágenes del pasado para descubrir que, en ellas, existían señales de algo que todavía no podía nombrar.
En Síntoma, la fotografía deja de ser un simple registro de momentos vividos. Las imágenes funcionan como fragmentos de un archivo personal que adquiere nuevos significados con el paso del tiempo. Una fotografía tomada años atrás no cambia físicamente, pero cambia la mirada de quien la observa. La persona del presente vuelve sobre la persona que fue y descubre una distancia imposible de eliminar: la de alguien que era ella misma, pero que todavía no conocía todas las dimensiones de su propia historia.
En este sentido, el trabajo de Agnello dialoga con la obra de Annie Ernaux, quien convirtió la memoria en una forma de investigación sobre la identidad. Para Ernaux, recordar no significa recuperar intacto un pasado perdido, sino comprender cómo ese pasado se transforma cuando es observado desde otro momento de la vida. Las fotografías de Agnello funcionan de manera similar: no muestran solamente lo que ocurrió, sino aquello que ahora podemos interpretar que estaba ocurriendo.
También existe un vínculo con Roland Barthes y su reflexión sobre la fotografía en La cámara lúcida. Para Barthes, una imagen posee algo que excede la información visible; un detalle puede atravesarnos y revelar una verdad emocional que no estaba explícita. En Síntoma, las fotografías tienen esa cualidad: son huellas que esperan ser leídas. No dicen únicamente “esto sucedió”, sino algo más inquietante: “esto estaba sucediendo, aunque todavía nadie pudiera comprenderlo”.
Desde una perspectiva más literaria, la obra de Agnello plantea una pregunta cercana a Borges y Pessoa: ¿cuánto de nosotros existe antes de que podamos reconocerlo? ¿Somos una identidad estable que atraviesa diferentes etapas o somos una sucesión de versiones de nosotros mismos intentando encontrar un hilo común?
La potencia de su trabajo está justamente en no reducir la experiencia al diagnóstico. El trastorno bipolar aparece como parte de una historia, pero no como la totalidad de una persona. La obra se resiste a la idea del artista definido por su sufrimiento y propone otra lectura: la creatividad no nace de la enfermedad, sino de una mirada capaz de transformar la experiencia en lenguaje.
Así, las fotografías de Magalí Agnello pueden entenderse como una arqueología íntima. Una búsqueda donde el sujeto excava en sus propios recuerdos y descubre algo extraño: que la persona que fue dejó señales para la persona que sería.
El pasado no cambia. Lo que cambia es la mirada que finalmente aprende a leerlo.





