por Facundo Barragán
Los Malditos caminan entre nosotros.
Uno puede cruzarse con ellos en una estación, en un bar, en la fila de un banco.
No tienen marcas.
No llevan cicatrices visibles.
No hay ninguna manera de reconocerlos, salvo por ciertas pequeñas cosas.
Llegan tarde.
Siempre llegan tarde.
No porque no sepan la hora, sino porque desconfían de los horarios.
De las coincidencias.
De las puertas que se abren justo cuando uno llega.
De los teléfonos que suenan cuando alguien estaba pensando en llamar.
De las personas que aparecen en el momento exacto.
Los Malditos creen que todo está armado.
O, al menos, sospechan que podría estarlo.
Y esa duda les alcanza para arruinarles la vida.
Aman a quien no deben.
No porque tengan mal gusto.
Porque siempre terminan enamorándose de alguien que parece escrito para ellos.
Y eso los asusta.
Cuando encuentran una mirada demasiado precisa, una frase demasiado oportuna, una coincidencia demasiado perfecta, retroceden.
Piensan:
Esto no puede ser casualidad.
Y se van.
Después pasan años preguntándose qué habría ocurrido si se hubieran quedado.
Los Malditos hacen eso.
Se van justo antes de que empiece la función.
O llegan justo cuando termina.
Nunca consiguen estar en el momento correcto.
Quizá porque fueron los primeros en descubrir que el momento correcto no existe.
Que alguien siempre está detrás de alguna puerta.
Que hay manos moviendo cosas que nosotros creemos que se mueven solas.
Que algunas luces se encienden para iluminar.
Y otras, para esconder.
Los artistas son los peores.
Los actores.
Los músicos.
Los escritores.
Los que pintan.
Los que inventan personajes y después se enamoran de ellos.
Los que pueden mirar una habitación vacía y encontrarle una historia.
Ellos saben demasiado.
Un artista conoce el truco.
Sabe que una lágrima puede repetirse ocho veces en una noche.
Que una muerte puede ensayarse.
Que una canción puede hacer llorar a cien personas aunque quien la escribió estuviera completamente vacío cuando la escribió.
Y, sin embargo, los artistas también son los que más sufren cuando descubren que detrás del telón no hay magia.
Hay cables.
Hay sangre falsa.
Hay maquillaje.
Hay cuerpos cansados.
Hay gente esperando su turno.
Hay alguien contando:
Tres.
Dos.
Uno.
Y entonces todos salen a escena.
Por eso algunos artistas se vuelven perseguidos.
No saben si alguien los observa o si son ellos mismos los que aprendieron a observar demasiado.
Caminan por la calle y miran las ventanas.
Entran a un bar y eligen la mesa desde donde pueden ver la puerta.
Escuchan una conversación ajena y creen reconocer una frase que habían escrito diez años antes.
Ven a dos personas encontrarse y sienten que ya habían visto esa escena.
A veces se preguntan si sus recuerdos son realmente recuerdos.
O si alguna vez fueron solamente espectadores de su propia vida.
Los Malditos no duermen bien.
Las noches son peligrosas.
Durante el día, el mundo consigue engañarlos.
De noche, no.
De noche aparecen las costuras.
Los edificios parecen decorados.
Las calles, escenarios.
Las luces de los autos, señales.
Y las personas dormidas parecen actores esperando que alguien vuelva a gritar:
“Acción”.
Los Malditos también tienen miedo.
Pero no le temen a los monstruos.
Les temen a las explicaciones.
Porque saben que una explicación demasiado perfecta casi siempre esconde algo.
Por eso nunca preguntan solamente qué pasó.
Preguntan quién estaba mirando.
Quién se benefició.
Quién llegó antes.
Quién apagó las luces.
Quién escribió el final.
Y hay algo peor.
A veces tienen razón.
Eso es lo que los vuelve insoportables.
Porque de vez en cuando descubren una puerta detrás de una puerta.
Una conversación que no debían escuchar.
Una verdad escondida debajo de otra verdad.
Un nombre que aparece donde no debería.
Entonces sonríen.
No de felicidad.
De reconocimiento.
Como quien encuentra finalmente el hilo que venía buscando.
Y siguen caminando.
Porque los Malditos nunca dejan de buscar.
Ni siquiera cuando encuentran.
Especialmente cuando encuentran.
Dicen que están locos.
Que exageran.
Que piensan demasiado.
Que deberían relajarse.
Que la vida es más sencilla de lo que creen.
Ellos escuchan.
Asienten.
Y continúan caminando entre nosotros.
Llegando tarde.
Amando mal.
Desconfiando de las casualidades.
Inventando historias para explicar aquello que nadie quiere explicar.
Algunos terminan solos.
Otros se convierten en artistas.
Y algunos pocos consiguen algo todavía más peligroso:
aprenden a fingir que creen.
Esos son los peores.
Porque se sientan en las primeras filas.
Aplauden.
Ríen.
Lloran cuando corresponde.
Se enamoran cuando corresponde.
Dicen las palabras correctas.
Viven vidas perfectamente normales.
Pero cuando las luces se apagan y el telón comienza a cerrarse, miran hacia un costado.
Siempre hacia un costado.
Esperando ver nuevamente aquello que alguna vez vieron.
El hueco.
La sombra.
La mano detrás del escenario.
Y cuando finalmente la encuentran, no sienten miedo.
Sienten alivio.
Porque entienden que nunca estuvieron equivocados.
Solamente habían visto demasiado pronto.
Entonces se levantan.
Abandonan el teatro.
Y vuelven a caminar entre nosotros.
Como siempre.
Como si nada.
Como si no supieran.
Como si no fueran Malditos.





