Por Chepo.arts

Tuve un amigo que era mudo. Nunca le escuché decir una sola palabra; no conocía su voz. Sin embargo, fue el amigo con el que probablemente más hablé en mi vida. Tuvimos solo seis años de amistad. Sí, dije «tuvimos», porque ya no está conmigo. Seis años nomás: un Mundial y medio. Me gusta esto de pensar el tiempo en mundiales. No es mucho tiempo si uno saca cuentas. Hay amistades que duran diez, veinte, treinta años o muchos más. Pero este personaje tenía ese raro talento de hacerse querer por todo el mundo.

No necesitó nunca hablar. Tenía esa capacidad que no tienen todos: la de respetar los silencios. Llegaba y, de alguna manera, mejoraba el lugar. Era, sobre todo, muy gracioso, solo con gestos. Era como estar viendo una película de Chaplin. Era muy querido por sus vecinos. Salía a caminar y lo saludaba todo el mundo. Eso era envidiable. Hacerse querer es, creo yo, más que un superpoder. Cada abrazo se sentía real. No apretaba cuando te daba la mano, pero, de todas maneras, se hacía respetar. Sus actividades favoritas, además de hacer compañía, eran salir a correr, jugar a la pelota y comer mandarinas al sol.

Un día de verano empezó a andar distinto, como desganado. No era tan evidente, pero los que lo conocíamos sabíamos, y él también, que algo no andaba bien. Lo acompañé para que lo viera un especialista. Lo revisó con calma. Miraba la pantalla del ecógrafo, ampliaba la imagen. No entendíamos nada; solo notábamos la atención que el especialista prestaba a esas imágenes.

—Esto, lamentablemente, por cómo se ve, no es bueno. Hay que hacer otros estudios para saber qué es realmente —dijo el especialista. Y nos derivó a una colega que iba a despejar más dudas.

Subimos al auto y nos fuimos. Es increíble cómo, a veces, el silencio dentro de un lugar puede volverse casi palpable. Hasta ese momento, uno sigue creyendo que todo va a salir bien. Porque el ser humano tiene esa costumbre hermosa y boluda de negociar con la realidad o de mirarla de reojo. «Seguro que no es nada. Capaz que se equivocó. Hay casos peores». La cosa es que fuimos con la segunda especialista y, con las imágenes y el informe en la mano, nos dijo que había que hacer una punción.

Fue todo, raramente, muy rápido. Cuando estuvieron los resultados de la punción, vino el choque de frente contra el paredón más duro que existe, ese que se llama realidad. Había que operar. A partir de ese día, el tiempo empezó a medirse distinto. Ya no eran meses ni semanas: eran mañanas, tardes, momentos; era cada vez que nos mirábamos. Había algo en su mirada que me desarmaba. No era tristeza ni miedo. Era otra cosa, como si él supiera, como si hubiera aceptado antes que yo lo que estaba por pasar. Yo, en cambio, hacía el ridículo. Le decía que iba a salir todo bien, que pronto íbamos a salir a correr o a jugar a la pelota, que no se preocupara. Y mientras decía eso, me daba cuenta de que estaba intentando convencerme a mí mismo. Él seguía mirándome con esa paciencia infinita, como quien acompaña a un amigo que todavía no está listo para despedirse.

El día que se fue entendí algo. Pasamos toda la vida creyendo que somos nosotros los que cuidamos a quienes queremos en esos momentos, pero, a veces, es exactamente al revés. Incluso cuando saben que se les está terminando el rollo. Recién cuando no estuvo más con nosotros, mucha gente me preguntó qué había pasado. Cada uno tenía una anécdota, un gesto, una historia graciosa para contar. Y ahí terminé de entender que seis años pueden ser toda una vida cuando alguien sabe hacerse querer de esa manera.

Mi amigo era mudo, por así decirlo. Nunca dijo mi nombre, nunca me dijo que me quería. Y tampoco hizo falta. Porque Capitán no era un amigo cualquiera: era mi perro. Y si algo aprendí de todo esto es que uno puede engañar a cualquier persona o mentirle: a un amigo, a un familiar, a una pareja. Pero nunca va a poder mentirle a un perro.