Por Marcelo Romano

Él se tomaba el ómnibus todas las mañanas rumbo a la zona céntrica de la ciudad. Algunas mañanas su viaje coincidía con el de ella. Su sonrisa lo derretía. A pesar de que no cruzaban palabras, él sentía que sus ojos le decían que sí a todo. Alguna sonrisita, provocada por los violentos movimientos del transporte, creaba una extraña complicidad.

Una mañana de viernes decidió jugarse el todo por el todo. Él sabía que los miércoles y los viernes viajaba ahí.
—Hoy voy a hablarle —murmuró.

Tras ducharse y afeitarse, pasó largos minutos arreglando su cabello. Se puso su camisa más nueva, los pantalones planchados y sus zapatos recién lustrados. Ensayó varias veces su sonrisa, capaz de convencer a un usurero, y salió silbando hacia la esquina donde se subiría al ómnibus cuando este pasara.

Llegó el momento. Subió con la frente en alto, sonriente, galán, y la ubicó enseguida. Ella estaba sentada en el tercer asiento. Él se arrimó sin disimulo y se paró a su lado. Buscó su mirada con urgencia y suspiró con aire triunfal.

Fue entonces cuando escuchó las palabras más terribles que pudieron haber sonado. Mientras ella lo miraba fijamente a los ojos, dijo:
—Siéntese, abuelo.