Por Marcelo Romano

Ya desde pequeño supe desarrollar una gran habilidad para aislarme del mundo real. Sumergido entre las páginas de algún libro, vivía fantasías increíbles. Fui pirata, explorador, navegante, indio, griego, gigante y tantas cosas más. Conocía el mundo entero; otros planetas también. Viví romances, sufrí traiciones, sentí el terror en carne propia. Busqué a la dueña del zapato, embosqué a Caperucita, viví entre animales salvajes, en un bosque que era mi hogar.

Aún no se habían lanzado con todo el marketing de las princesas Disney, pero tuve amores con casi todas ellas. Supe soportar ser sapo y que el beso salvador no llegara; me encerraron en torres y peleé con arco y flecha.

Muchos años después, sigo nadando entre textos e historias, buscando mi universo propio. Dejo que las páginas me elijan, cierro los ojos y atravieso el papel. Y, por supuesto, guardo una manzana deliciosa para que muerdas si vuelvo a encontrarte.

Confieso, Blancanieves, que el beso realmente me revivió a mí.