Hay artistas que, después de un cierre, no eligen el silencio sino la vibración que queda flotando cuando todo parece haber terminado. No esperan que el eco se apague: lo afinan. En noviembre de 2023, Acorazado Potemkin dio su último show en Niceto Club y Juan Pablo Fernández, su voz y guitarra, se despidió diciendo: “Esto no es una despedida”. Aquella noche marcó el final de una etapa y, sin saberlo, el comienzo de otra.
Menos de un año después, Fernández volvió a escena con Los Techistas del Apocalipsis, una nueva formación nacida casi de la intemperie: un ensayo en plena tormenta, un techo que gotea, amigos que se reúnen sin plan, pero con hambre de canción. El resultado no fue una continuación ni un corte, sino una metamorfosis: el mismo pulso interior, ahora amplificado por otras manos y otros climas. “Hay Ruidos Arriba”, su primer disco, es la crónica de ese tránsito —una obra que respira humedad, electricidad y humanidad, como si en cada acorde se escuchara todavía la lluvia cayendo sobre la chapa.

Bajo un mismo techo
En una época donde la música parece reducirse a la velocidad de los lanzamientos y las plataformas, Juan Pablo Fernández elige otra temporalidad: la del ensayo compartido, la del sonido que se cocina con paciencia y sin manual. Los Techistas del Apocalipsis son, antes que nada, una forma de amistad. Su nombre nació de un ensayo bajo lluvia, cuando el agua caía sobre el techo de la sala del fondo de su casa y el grupo decidió tapar las goteras sin dejar de tocar. Ese gesto —hacer canciones mientras todo gotea— se volvió símbolo de un modo de estar en el mundo: reparar, resistir y seguir cantando.
RNB – Después de tantos años en proyectos colectivos fuertes, ¿qué te movió a armar otro grupo en lugar de seguir un camino estrictamente solista?
JPF – Esto tiene un poco de las dos cosas. Somos Juan Pablo Fernández y Los Techistas del Apocalipsis, así que me guardo, como solista, la dirección hacia dónde ir: cuándo grabar, dónde tocar, con qué músicxs, productorxs o técnicxs quiero trabajar. Pero al mismo tiempo hay un espíritu colectivo muy fuerte en cómo hacemos cada una de esas cosas. Las decisiones se toman entre todos y eso siempre las mejora. Y lo mejor es que siempre se hace con alegría.
RNB – Los Techistas del Apocalipsis tienen una formación inusual, sin batería y con dos bajos. ¿Qué buscabas al elegir ese formato y qué te devolvió en el sonido?
JPF – Cuando en noviembre de 2023 dejamos de tocar con Potemkin, algunos amigos me preguntaron qué iba a hacer y me dijeron que contara con ellos. No eran muchos: el Topo Vergara, Pipa Dellamea y Mateo Baudino. Les dije: “Vamos, juntémonos, somos nosotros”. Eran amigos míos que no se conocían entre sí, así que armé una playlist en Spotify con 35 temas que había tocado durante la pandemia en formato solo set. Por eso terminamos siendo dos bajistas y dos guitarristas: éramos los que estábamos.
Nos sentamos en cruz, empezamos a tocar y que sea lo que Dios quiera. Salió algo hermoso e inesperado, o hermoso justamente por lo inesperado. Ya tenía la idea de formar un núcleo central de músicos y que haya invitadxs que entren y salgan de ese nudo interior. El sonido nos devolvió una trama de guitarras y bajos donde, por un tiempo, sentimos que no hacía falta una batería ni un beat al frente.
Después invitamos a Pablo Olivera a colaborar en percusión para grabar, y terminó quedándose. Nos dio algo en esa dirección, tipo The Velvet Underground, como decía el Topo, y nos cambió todo. Es como si estuviéramos armando la banda con la cocina abierta: todo se comparte entre nosotros y con la gente que viene a vernos. El sonido da una vuelta y vuelve también por ahí.

RNB – Desde el nombre hasta la mezcla de instrumentos, hay algo de resistencia y de humor en esta nueva etapa. ¿Sentís que la banda también nace como una forma de seguir creando en medio de la intemperie?
JPF – Sí, totalmente. Hay mucha conciencia entre nosotros de dónde estamos y de qué queremos hacer, a pesar de las limitaciones económicas, técnicas o sociales. Y lo hacemos igual, sin esperar más que darnos ese abrigo entre nosotros. Por eso me gusta la idea de la intemperie que decís: hay algo de tozudez que me encanta, y también de diversión. Somos cinco cabezas duras, pero eso también nos mantiene vivos.
La continuidad de una historia
Cada proyecto de Juan Pablo Fernández parece responder a la misma pregunta: cómo seguir siendo uno mismo sin repetirse. Desde la sofisticación tanguera de Pequeña Orquesta Reincidentes hasta el filo eléctrico de Acorazado Potemkin, su recorrido está hecho de mutaciones más que de cortes.
Su libro “Peluca“, editado por Vanina Steiner en 2020, le permitió revisar tres décadas de escritura y descubrir que las canciones, incluso las más lejanas, dialogaban entre sí como si formaran parte de una misma trama. Esa lectura retrospectiva lo llevó a reinterpretar viejos temas con nuevas herramientas y a recuperar, desde el presente, una sensibilidad que se rehúsa a clausurarse.
RNB – Cuando retomás canciones de Pequeña Orquesta Reincidentes o de Acorazado Potemkin, ¿lo hacés para volver a visitarlas o para transformarlas por completo?
JPF – Las dos cosas. No se pueden transformar del todo, porque las originales ya son de la gente, y los músicos que las hicieron son irremplazables. Pero cuando hice el libro Peluca, reconecté con todo eso. Vi que había muchas líneas que continuaban de un proyecto a otro: formas de escribir, de cantar.
Cuando tocaba solo con la viola, esas canciones podían convivir perfectamente, y con Los Techistas logramos algo así como una traducción a una lengua nueva, hecha con las mismas viejas palabras. Es hermoso ver ahora temas de treinta años junto a los nuevos, y un cover de Tussi con “La Encandilada”. Ese repertorio nos sirvió como excusa para encontrar una forma de trabajo nueva, una forma propia con la que podemos encarar algo distinto.
RNB – Tus bandas anteriores tenían una identidad muy marcada, tanto en el sonido como en el discurso. ¿Qué hereda Los Techistas de esas experiencias y qué deja atrás?
JPF – Ojalá heredemos eso que decís: una identidad, un discurso y una forma de trabajo muy personal, con una intimidad amorosa y a la vez profesional. Eso me gustaría mantener. Lo que se deja atrás son los bloqueos, los encierros o las cosas que no supimos resolver como grupo. Pero eso no es lo que queda. Lo que queda es la obra y una manera de trabajar, que seguimos mejorando cada año.
A mí me gusta tocar con músicos de personalidad fuerte; nunca busco músicos de acompañamiento. Eso puede generar roces, discusiones o egos, pero también empatía, desafíos, nuevas perspectivas. De ahí sale la identidad y el discurso. Y cuando todo eso se junta, la potencia y la alegría que genera es hermosa.
RNB – Después de tres décadas de música, ¿te sigue pesando la comparación con el pasado o ya sentís que todo forma parte de una misma historia?
JPF – No, para nada. Me da orgullo mi pasado. Hicimos cosas hermosas. Y sí, siento que todo forma parte de la misma historia, incluso de una historia más generacional y horizontal con músicxs de otras bandas.
Entre la ciudad y el margen
El mapa sonoro de Fernández no pertenece a ningún género fijo. Su voz se mueve entre la aspereza del rock, la cadencia del tango y la respiración del poema. En su música conviven el paisaje urbano y el silencio interior, la electricidad y la nostalgia. Su formación como cantante cambió radicalmente durante la pandemia, cuando el aislamiento lo obligó a enfrentarse a su propio instrumento, sin muros que lo contuvieran.
RNB – En tus canciones conviven el rock, el tango, la poesía y cierta melancolía rioplatense. ¿Cómo se equilibra ese cruce sin que se vuelva una fórmula?
JPF – Creo que soy todo eso que decís. Y siempre le tengo miedo a la fórmula, a la repetición, al estilo entendido como cliché y no como sintaxis. Es un desafío constante. Durante la pandemia, después de un año intenso con Potemkin, me metí en el Taller de Composición del Conservatorio Manuel de Falla, con Laura Antonelli y Edgardo González. Tuve que trabajar la voz como instrumento, sin banda, sin guitarra, sin letra. Solo sonido. Me explotó la cabeza.
De ahí salió The Ivonne Van Cleef Orquesta, una banda instrumental de Santa Fe con un sonido inclasificable. Grabamos dos discos y vamos por el tercero. Ese trabajo me enseñó a cantar distinto, a intervenir sin invadir. Fue un ejercicio de desnudez y humildad que me cambió mucho.
RNB – Algunos te definen como un músico “de los márgenes”, otros te ven como parte de una tradición urbana muy argentina. ¿Dónde te ubicás vos en ese mapa?
JPF – Me siento un bicho raro, así que prefiero ubicarme dentro de la tradición urbana argentina, o porteña, mejor dicho. Hago cosas personales, no experimentales ni de vanguardia, pero terminan siendo inclasificables.
Por eso ahora trato de armar shows largos, con canciones de distintas épocas, para que la gente que nos escuche pueda meterse en un mundo con su idioma y su forma, y haga el viaje con nosotros.
RNB – ¿Qué entendés hoy por “rock argentino”? ¿Todavía te sentís dentro de esa etiqueta o preferís pensar tus canciones como algo más abierto, sin género fijo?
JPF – Está buena la pregunta, porque marca una tensión, y ahí es donde me gusta pararme. Creo que Manza, Palo, Bochatón, Gabo, Bléfari, Flopa… son gente que trabajó desde una forma propia, rara, y aun así eso es rock argentino. Me siento parte de esa generación: músicxs que construyeron su mundo fuera del radar de las grandes discográficas, de Fito, Charly o Spinetta. Ser parte de esa generación, tan deudora del rock nacional y a la vez tan original, me parece la única frontera donde me gustaría quedarme.
Hay ruidos arriba
El nuevo disco de Juan Pablo Fernández y Los Techistas del Apocalipsis, mezclado por Manza Esain y grabado en la sala del fondo de su casa, condensa el espíritu de este tiempo: lo casero convertido en manifiesto, lo imperfecto como estética y la necesidad de hacer de la fragilidad un territorio fértil. Su lanzamiento fue más una celebración comunitaria que una estrategia de mercado: un show en La Tangente, un corto documental filmado por Loreley Unamuno, y la convicción de que la artesanía todavía puede competir con la velocidad.
RNB – El disco combina temas nuevos con versiones de distintas etapas. ¿Qué te hizo decidir que era el momento de reunir todo eso en un mismo álbum?
JPF – Desde el principio trabajamos con un repertorio muy amplio. Grabamos ensayos para fijar arreglos y escucharnos, y quedamos tan felices con el resultado que terminó siendo un disco.
Las versiones que quedaron afuera eran insalvables, pero el entusiasmo nos llevó a grabar y subir todo el material. Nos quedó un álbum largo, con canciones de distintas etapas, pero con mucho para decir desde lo sonoro.
Había algo en la forma de cantar —más adelante, menos rítmica— que flotaba sobre las texturas de las cuerdas. Por eso, cuando le pasamos el material a Manza Esain para mezclar, queríamos que hubiera capas, ruidos, atmósfera. Y él hizo magia: delays, paneos, reverberaciones. Escucharlo en auriculares es un viaje. Todo eso tiene que ver con los “ruidos”: con lo que está afuera de la música, lo que suena arriba, lo que late sobre la sala de ensayo.
RNB – Elegiste publicarlo de una manera casi artesanal, sin grandes lanzamientos digitales. ¿Qué valor tiene para vos esa forma más íntima de presentar la música?
JPF – Artesanal es siempre. Como dijo Lucy Patané el otro día en Vorterix: “Todo está hecho con las entradas de ustedes”. Y acá es igual. No hay una estructura detrás, ni productoras, ni sellos. Somos nosotros, con presupuestos chicos, pero ideas enormes.
Presentamos un corto documental sobre la grabación, filmado por Loreley Unamuno, y lo acompañamos con un show en La Tangente. Fue nuestro recital más importante y salió increíble. A nuestra escala, estar en todos lados al mismo tiempo —con disco, video y show— fue un paso enorme.
—El título “Hay ruidos arriba” sugiere algo que perturba, que se cuela desde otro lugar. ¿Qué simboliza para vos ese ruido: una amenaza, una señal o simplemente el pulso de seguir creando?
JPF – Es eso: las cosas que no podemos controlar, las que nos devuelven a la intemperie de la incertidumbre, incluso estando bajo techo. Así vivimos: endeudados, asustados, alertas, desconfiados. Afuera están los golpes, los gritos; acá adentro hay intimidad, silencio, escucha, vida. Hay ganas de compartir y de seguir haciendo cosas. Es el ruido que nos recuerda que todavía estamos despiertos.
Hay un ruido que atraviesa toda la obra de Juan Pablo Fernández, pero no es el de los amplificadores ni el de los aplausos: es el zumbido persistente de un país que nunca se apaga del todo, esa vibración mínima que recuerda que incluso en el caos hay latido. Hay ruidos arriba no sólo nombra un disco: nombra una manera de estar en el mundo, una estética nacida de la precariedad y la fe, de la certeza de que hacer música sigue siendo una forma de resistencia íntima, un modo de conservar humanidad cuando todo alrededor parece volverse procedimiento.
En su trayectoria, Fernández siempre supo que las canciones no pertenecen al tiempo que las vio nacer, sino a quienes las vuelven a cantar cuando ya todo cambió. En Los Techistas del Apocalipsis, ese principio se vuelve experiencia: lo que se filtra, lo que vibra, lo que amenaza con caerse, termina siendo también lo que sostiene. En lugar de pulir el sonido hasta hacerlo perfecto, lo dejan respirar; en vez de borrar las grietas, las vuelven textura.
Y en esa obstinación —la de ensayar mientras gotea el techo, la de grabar en la sala del fondo, la de seguir adelante cuando nadie espera nada— hay una declaración política y emocional a la vez.
El ruido, en este caso, no interrumpe: protege. Es la prueba de que la vida, como la música, todavía sucede en los márgenes, entre los cables cruzados y las conversaciones que se mezclan con el eco. Fernández lo sabe y lo asume: bajo ese mismo techo que alguna vez se llovía, las canciones siguen cayendo como gotas, una detrás de otra, contra todo pronóstico.
Juan Pablo Fernández y los Techistas del Apocalipsis tocan el próximo viernes 28 de Noviembre a las 21:00 hrs. en Galpon B (Cochabamba 2536 – CABA). Entradas en Passline.



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