En una fecha como la de hoy, finales de abril, principio de mayo, es difícil no pensar en los quiebres. El segundo bimestre del año en la historia de la música popular no es solo un período neutro: suelen concentrar decisiones que cambian trayectorias enteras. En ese mapa de rupturas, el recorrido de George Harrison dentro de The Beatles aparece como uno de los más silenciosos, pero también de los más decisivos.

Mientras el mundo todavía procesaba el impacto de la banda más influyente del siglo XX, Harrison ya estaba en otro movimiento interno (hoy podría decirse que “estaba en otra”). No el del ruido externo —ese seguía orbitando alrededor de The Beatles—, sino el de una incomodidad creciente con el lugar que ocupaba dentro de esa máquina de hits y billetes.

(Foto: créditos a quien corresponda)

Durante los últimos años del grupo, especialmente en la etapa de “Get Back” y lo que luego sería el proyecto de “Let It Be”, filmado entre enero y mayo de 1969 y estrenado en 1970, Harrison aparece en un punto de tensión evidente. No es todavía la figura central, pero ya no es posible seguir leyéndolo como un músico secundario. Algo muta, se transforma, se reorganiza.

Ese desplazamiento tiene dos direcciones. Por un lado, musical: empieza a consolidarse como compositor con una voz propia, capaz de firmar canciones que ya no dependen del marco Lennon-McCartney para justificarse. Por otro, más profundo, una búsqueda personal que lo aleja progresivamente del centro de la escena.

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En ese mismo período, la industria vive otro momento clave: en abril de 1968 se formaliza Apple Corps, el intento de The Beatles de controlar su propio destino creativo. Lo que en teoría era un proyecto de libertad, en la práctica se vuelve en una cárcel de la evidente fricción interna. Harrison observa ese proceso con una mezcla de participación y distancia, como si ya estuviera midiendo cuánto de ese sistema le pertenece y cuánto no.

Su corrimiento simbólico del centro no ocurre de un día para el otro. Es gradual, casi imperceptible para el gran público. Pero cuando el grupo se disuelve en 1970, el cambio ya está consumado. Lo que para muchos es un final abrupto, para él funciona más como confirmación de un camino previo. Es una canción que conoce a fondo. La sorpresa, entonces, termina siendo una espectadora de lujo (puertas adentro, claro).

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Ahí aparece uno de los giros más importantes de su carrera: en lugar de intentar ocupar el vacío que deja la banda, lo abandona. Y lo hace con un disco que no suena a transición, sino a declaración de principios: “All Things Must Pass”. Publicado en 1970, el álbum no busca competir con el legado de Los Beatles, sino instalar otra lógica: la de un artista que ya no necesita justificar su lugar. George ya no precisaba a Harrison.

Ese gesto se entiende mejor si se mira lo que venía ocurriendo en paralelo. Entre abril y mayo de 1970, el mundo asiste al cierre público de la historia de The Beatles. Paul McCartney anuncia su salida, el grupo deja de funcionar como unidad creativa dando vida al mito, a la leyenda. Pero en el caso de Harrison, ese mismo momento no se vive como colapso, sino como liberación. Él no quiere replicar lo que dejó atrás, él busca componer sin apelar a la nostalgia.

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Así las cosas, su acercamiento a la espiritualidad oriental, su relación con la música india y figuras como Ravi Shankar, no funcionan como una etapa decorativa, sino como una herramienta de salida. En un contexto donde la beatlemanía lo empuja hacia la exposición constante, él empieza a trabajar en sentido contrario: reducir el ruido, desplazar el ego, cambiar el foco. Tomar una distancia prudente y segura de John, Paul, Ringo y George (sí, también de esa parte de él mismo).

Esa tensión entre visibilidad y retiro atraviesa todo lo que hace después. El “Concert For Bangladesh” en 1971 es un ejemplo claro. Organizado en plena expansión de su carrera solista, el evento no responde a una estrategia de posicionamiento, sino a una necesidad concreta de intervención humanitaria. Es uno de los primeros conciertos benéficos de gran escala del rock, pero también una señal de que entendía cuál era su lugar dentro de la industria y cuál era el lugar de la industria dentro suyo.

(Foto: créditos a quien corresponda)

Con el tiempo, esa lógica se vuelve aún más evidente. Su relación con el cine y el humor, especialmente con Monty Python, o su participación en proyectos colectivos como los Traveling Wilburys junto a Bob Dylan, refuerzan una idea constante: la de un músico que prefiere los márgenes de la fama antes que su núcleo.

Lo llamativo es que esa decisión no lo aleja del reconocimiento, sino que lo redefine. Harrison no se esfuma; se reubica. Y en esa reubicación construye una obra que no depende ni de los flashes ni de la estridencia, sino de la coherencia entre el sentir, el pensar, el ser y el hacer. Una obra a su altura, íntima, sin segundas intenciones.