Primero fue necesario el llanto, después, un instante de silencio. Ahora, a intentar amalgamar en un puñado de líneas lo que nos pasa por el cuerpo, la mente y el alma con esta noticia trágica, no sé si inesperada, porque el Indio estaba enfermo. Hace años que lo veíamos solo por hologramas o videos y habíamos perdido la esperanza de verlo arriba de un escenario.
O tal vez no. Tal vez todavía teníamos un gramo de ilusión que el Indio pueda vencer al alemán que, como dijo en la antesala de aquel show en Tandil en el año 2016, le estaba pisando los talones. Diez años después, el alemán alcanzó al Indio, se llevó a Carlos, pero no podrá borrar los recuerdos ni matar en nuestra alma al Indio, y mucho menos a Patricio Rey.
Hablar sólo de lo musical no le hace justicia al tamaño de la pérdida. Hoy se murió una parte grande la cultura y la contracultura de la Argentina. El Indio grabó discos, escribió himnos, reventó estadios, predios y descampados, sí, pero, además, bautizó bebés, pintó banderas, trazó tatuajes, y como un orfebre estuvo presente en cada uno de los momentos de nuestra vida, a los que él le puso una banda de sonido.
Primero, con Los Redondos. Después con Los Fundamentalistas. Siempre, desde que me acuerdo de elegir yo la música que escuchó, hubo un hilo musical de él acompañando algún momento nuestro. El Indio también se hizo bandera, se afincó en la piel, se multiplicó en múltiples formas para perpetuarse como una marca, un sello. Como el “10” de Maradona, el “PR” de Patricio Rey también es un símbolo que excede, por mucho, lo que simboliza.

Hoy estamos tristes todos, porque todos nos sentimos más solos. El Indio explicaba el mundo, nuestro mundo. El Indio sanaba el mundo, nuestro mundo. No nos faltará sólo música, nos faltará una voz. Una guía. Una barrera de contención para estos tiempos de mierda que corren. Un faro que nos ilumine ante cada acontecimiento nefasto que nos atraviese -que lamentablemente son muchos- El Indio no sólo construyó -junto a Skay– una banda de rock perfecta. Una banda de Rock que no tuvo ambiciones expansionistas, sino más bien, bien argentinas. El Indio no buscó conquistar el mundo, quiso conquistar la Argentina. Y lo logró. Nadie puede decir que Los Redondos no es la banda “1” cuando de rock argentino se habla. Y va más allá de si gustaba o no su música, es una cuestión del mandato popular. ¿A cuántos Patricio conocen que deben su nombre al héroe mitológico, el alter-ego, el alma de Los Redondos?
Es difícil escribir algo que tenga sentido, hilo, alguna idea cerrada. Porque las lágrimas afloran y no aflojan. Porque igual que cuando se fue el 10, todos nos sentimos un poco huérfanos. Así como Diego se edificó en un hombre-cultura desde la potencia de un balón de fútbol, el Indio lo hizo desde la potencia de su lírica y su voz, inconfundible, única e irrepetible. Ellos dos son nuestra cultura. Por eso estamos todos tan tristes, porque sin duda, más allá que como cantó el propio Indio, dónde hay dolor habrá canciones. Hoy sólo hay dolor.

Lo que también debe haber es agradecimiento. Haber sido contemporáneos al pogo más grande del mundo, al rock que cambió el rock, al movimiento popular más grande la música argentina, no es sopa. El Indio se convirtió en leyenda porque tuvo qué decir y encontró a quién hablarle. Y aunque esos quiénes han crecido y aunque él mismo ha mutado, nunca dejaron de elegirse como interlocutores. Han sido contadas con los dedos de una mano las últimas apariciones del Indio, siempre con poca luz, casi en las tinieblas, pero la voz firme, presente, cristalina.
Ahí estaba todo. En una de sus últimas notas, a la hora del brindis, el Indio dijo “Graciosos y Valientes”, fue un deseo. También fue un mensaje. Cuando yo no esté, ustedes sean “Graciosos y Valientes”. Con ese tema que rápido escaló a nuevo himno llamado “Encuentro con un Ángel Amateur”, el Indio también nos dijo que todo ya estaba hecho, que acá no quedaba mucho más que saber “la fecha y el lugar” y que allí iba a ir cantando. “No se preocupen por mí, me voy cantando”, nos dijo. Y nos conquistó. Y nos emocionó. Y recuerdo la primera vez que escuché ese tema, creo que fue en un show en Epecuén, en Pandemia, llorar al oírlo. Porque era su despedida. O eso sentí en aquel momento.

Será muy difícil encontrar otro Indio Solari. Porque no se trata solamente de un poeta, un buen cantante, una estrella de rock. Se trata de un hombre-cultura. Un intérprete de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestros dolores, pasiones y temores. El Indio fue el escriba de muchas generaciones de argentinos. De entidad peronista, de corte luchador, él dijo: “Yo tuve bandas de combate, no para entretener” y Los Redondos no entretenían, educaban. No buscaban fans, consiguieron adeptos. No fueron solo una banda de Rock, fueron una escuela de vida. Patricio Rey, el ser mitológico-imaginario que forma parte de ese universo, nunca morirá. Es más, con la partida de Carlos Solari, goza de más buena salud que nunca. El Indio nunca dejó de hablarnos, ni aun cuando ya no podía hacerlo como siempre. Siempre nos marcó el camino, en una de sus últimas canciones, expresa: “Que en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”. O sea, resistan. Luchen. Eso es hidalguía. Eso es estar a la altura.
Se fue el ser de carne y hueso. Carlos Alberto Solari, 77 años, víctima de Parkinson. Eso dirá la necrológica fría del diario o los obituarios. Nosotros sabemos que el Indio sigue acá, latiendo más que nunca, y que será imposible que alguien pueda borrarlo de nuestra mente y nuestra alma. Ha calado tan hondo, tan profundo, se ha encarnado tanto en nosotros que es imposible que no esté vivo para siempre. “La vida tiene que estar expuesta, la vida es decidir estar vivo”, dijo el Indio hace muchos años. Hoy, cuando ya su tiempo terrenal terminó, empieza su otra vida. La de la leyenda. La del hombre-Cultura. Murió Carlos, viva el Indio.



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