No.

No está sucediendo.

No es verdad.

La negación es un mecanismo de protección ante una certeza irremediable. Nunca la muerte nos agarra suave, más bien nos agujerea, nos estruja, nos escurre el corazón como una tripa vibrante. Se multiplican telegramáticamente los mensajes para anular la mufa y desterrar una realidad que no existe. No.

Es solo el vaivén del tiempo y el llanto en grito que marca el viraje. Se concentra en el pecho el principio del fin, el epílogo de la negación que empieza a disiparse. Lo que no queremos que sea inunda el torrente de la sangre para informar el estrepitoso y contundente crack que hace la parte del cuerpo inmaterial de una que se va, que se escinde del caudal y del todo. Esta mañana será de las que se recuerdan hasta el final: dónde estábamos en el momento exacto en que la flecha atravesó el epicentro propio, ya inerte, e hizo crack.

Cuerpo a cuerpo, el dolor y el enojo sin destinatarios lo toman todo. Y nace un día muerto, fuera del tiempo. Hay un gris en el cielo que solo enmarca el humor de las partículas. Avanzan las horas etéreas, el sentido es un prófugo en las calles del conurbano. ¿Dónde van los peregrinos que no tienen norte, ni rumbo? Escribo para hacer algo con este dolor. Solo me sale llorar y a medida que oscurece, también escribir. Y hacerlo de lo único que se puede, de este dolor inédito y punzante, que se anida como para toda la eternidad. La amenaza de la muerte, su arenga y coqueteo, se hizo fatídicamente verdad. El Indio se murió.

Foto: Edgardo Kevorkián KVK

¿Qué hacen las palabras con el dolor? ¿Lo diluyen? ¿Lo anestesian? ¿Pueden? Desolación.

Parece que lo que se dice y lo que duele beben de la misma copa, porque al leerla viene agazapada e inmediata la sensación de habitar un desierto o un lugar como Epecuén, tierra arrasada, desolada. Así parece que se sentirá el mundo sin él.

Desamparo. No hay a dónde ir. Ni una fecha en el calendario, ni un recuerdo vivo con una posibilidad estéril pero esperanzada de repetir una experiencia vital, como peregrinar y llegar y entregarse. El silencio que queda después de un derrumbe.

Soledad. Como el nombre propio que sacudió con poesía y visiones del mundo construidas como compartidas. Una sensación como paradoja para alguien que hizo de la fraternidad un modo de entrelazarnos con personas desconocidas para siempre.

Como por una rendija, la luz en medio del dolor entró a modo de superstición. “Se ha muerto el último chamán”. Y confluyen las muecas y las frases y los sentidos. Porque sus ternuras, tanto o más que sus palabras, nunca fueron de este mundo. Y porque solo a una entidad que conjura fuerzas de otras dimensiones, miles de almas le ofrendamos, en esos días y cada día, para que se coma todo nuestro dolor. Y él ahí: estoico, gracioso y valiente.

Gracias, Indio. Sos para siempre.

Nota: Marcela Garavano
Foto: Edgardo Kevorkián KVK