
Fui niño durante la década de los 80, post dictadura, cuando la explosión del rock nacional fue prender reflectores en una noche que parecía nunca terminarse.
Mi hermano más grande, alguien más conservador que rebelde, me heredó gustos musicales acordes a los suyos. Se escuchaba The Cure, The Police, Soda Stereo, Virus, Queen y Spinetta, todo eso caía como una ficha gigante en mi cerebro y yo, totalmente abducido por eso, entraba en lo que más me gusta en el mundo: el rock.
No fue hasta que mi otro hermano, un tipo moderado, pero en aquellos días totalmente poseído por el espíritu del hermano del medio, trajo casettes (Si, antes escuchábamos casettes) de Ramones, Violadores y algo muy especial, un grupo llamado Patricio Rey y Sus Redonditos De Ricota, algo muy extraño, pero que enseguida me hizo parar el oído. Ahí había algo, inclusive, para un niño.

No podía procesar esa voz gutural, como de un tipo que se había fumado 100 atados de puchos y desayunaba con whisky, esa caverna sonora que arrojaba mil verdades veladas, verdades imposibles de procesar, palabras raras y un ritmo contagioso, que invitaba a moverse y a pensar.
Así fue que entré al secundario y mi amigo Hernán estaba obsesionado con esa banda. Escuchaba compulsivamente sin parar a Los Redondos y yo, como todo amigo, lo seguía. Aquello que ya conocía se repasaba hasta quedar como una de esas lecciones que si no aprobas, te echan del colegio.
Hernán, un estudiante muy vago, pero inteligente, convenció al padre que si metía todas las materias que evitaban que repita el año, lo tenía que llevar a un recital de Los Redondos. El padre aceptó, presuroso, sin saber donde se metía.
Hernán aprobó todo y se ganó su premio, pero había algo más. Quería que vaya yo, que por medio de mentiras blancas convencí a mis viejos y así partimos a la aventura. Los Redondos presentaban “Lobo Suelto, Cordero Atado” en Huracán (1994). Aquella noche eran ambos discos en el mismo show.
Todavía hoy, con 46 años, repaso aquella noche como un nuevo renacer. El caos total mezclado con una pasión irrefrenable, un torbellino inexplicable que hacía temblar a todo aquel que no perteneciera. Conservo hasta el día de hoy la mirada del Padre que nos llevó, el gran Julio, totalmente superado por la situación y el contexto, imagino, rezando para que no nos pase nada.

Después, la vida me llevó a otras bandas, otras músicas. El tiempo se fue pasando, pero Los Redondos estaban siempre presente en mi discman (Escuchábamos CDs en ese entonces). Eran lo único que nunca cambiaba, la voz de ese tipo era la de un rebelde, un tipo que te invitaba a fumar en el baño, a leer libros prohibidos, a probar ser otro porque, capaz, no estes siendo vos.
Saltamos al año 98, Los Redondos tocaban en Racing. No tenía pensado ir. Tocaban siempre y en todos lados. No veía una situación especial para ir, pero algo pasó. Una chica que me gustaba me dijo que quería ir, yo me jacté de haber ido y le dije que podía llevarla. Ella me dijo que si y que se iba a ocupar de las entradas. Todo era un sueño, cuando llegamos a calle Italia en Avellaneda, la susodicha me mira y me dice: “No tenía plata para las entradas, nos tenemos que colar”. Y así fue, totalmente aterrorizado corrí con un montón de gente formando una avalancha y entrando sin pagar. Adentro la fiesta fue lo mismo que ya conocía: descontrol y felicidad, un mundo que no habitaba, pero que gracias a Los Redondos podía mirar a través de una ventana perfecta.
El próximo salto temporal me llevó al 2008: el Indio presentaba “Porco Rex” (2005), su segundo disco solista en el estadio Único de La Plata. Yo seguía escuchándolo, pero poco más. Mi pareja de entonces me dijo que quería ir a verlo porque nunca lo había visto. Mi grupo de amigos más cercano estaba siguiendo al Indio por todos lados, por lo que conseguir entradas y lugar para viajar hasta allá era viable. Fue una noche inolvidable que me hizo sentir más vivo que nunca y el comienzo de lo que sería algo que nunca abandonaría: Viajar para verlo a él, repetir esta sensación que me causaba hasta el hartazgo.
Y fue así que aquello que nació como cualquier otra cosa se convirtió en un elemento transformador para mi vida: Consumir sin parar su obra, estar habitando el mundo hermético que rodeaba su trabajo, su vida y su presencia.

El Indio se transformó en un eje central de mi vida musical.
Sin saberlo, se disparaban mil soluciones para los problemas por venir. En Carlos encontré los refugios más insólitos y las curaciones más efectivas a los dolores que la vida adulta me propinaba sin parar.
En el ir y devenir conocí mi país siguiendo su rastro, provincias, ciudades y gente. El Indio nos obligaba a hacer turismo interno. Seguirlo era desafiar todo. Buscar el paraíso, uno que duraba lo que duraba el evento. Un recital que solía empezar 48 horas antes y terminaba 24 horas después, una ciudad en movimiento, un ejercito de nómades. Algo de religioso y mucho de amor, ferviente amor.
Y así fue hasta el trágico Olavarría en 2017, donde todo se terminó de manera abrupta y sin aviso. El Indio dejaba de ser un artista ecléctico y pasaba a ser un artista maldito. Un señalado por los poderes hegemónicos, un tipo que con su trabajo había causado todo aquello. Era un derrotero injusto e innecesario, pero el enemigo siempre había sido muy poderoso y no perdonaba. Lo que no pudo con la trágica muerte de Bulacio o la suspensión en Olavarría durante los 90 de un show redondo, cobraba ahora su venganza. Lo condenaban juiciosos y felices, habían volteado, en sus mentes, al gran poeta.
¿Por qué escribí todo esto sobre mí? ¿Por qué me pongo en el centro de la escena si el homenajeado es otro? Porque quiero que sepan que el Indio no fue solo un artista perfecto, no fue solo un poeta maldito, fue un creador de mundos, de realidades, un tipo salvaje que nunca hincó la rodilla por nada ni por nadie. Que nunca dejó que le digan lo que tenía que decir o hacer, nunca le dio de comer a ningún empresario con su obra, siempre defendió su soberanía artística y su independencia económica. Al igual que Diego, al Indio lo odiaban los que no podían explicar cómo alguien tan genuino pudo volar hasta el sol y no quemarse en el intento.

El Indio cambió la República Argentina para siempre. Es más importante que presidentes, escritores, deportistas, médicos y cirujanos, científicos con un Nobel o gente mundialmente reconocida por algún logro. El Indio habló y cantó para el que quisiera escucharlo y vaya si lo escucharon. Fue por él que los márginales se sintieron importantes, que aquellos que estaban bajo una pátina de miedo y rechazo pudieron ver el sol. Todo eso lo hizo sin buscarlo, tal como ocurren los milagros. El Indio fue e hizo uno: En sus palabras, en su música, en su postura y hasta en sus silencios, en su particular encierro y hermetismo, marcó a todo aquel que se acercó al fogón de su obra.
Es hoy el día que nos deja físicamente, tal vez, uno de los días más tristes que me toca atravesar después de la partida de Diego. No es casual, no se va más que su cuerpo, pero queda flotando sobre nosotros un aura imposible de borrar, es una luz que recorre nuestro cuerpo cuando así lo creamos necesario. Son expresiones de una vida atravesada con su voz en nuestros corazones, momentos de todo tipo impregnados por su música.
Mirá si fue importante su legado que acercó la literatura, el cine y hasta las artes plásticas a gente que capaz no leía, ni tenía ese tipo de consumos. El Indio metió la poesía en el corazón de la gente sin que la misma gente entendiera de qué se trataba eso. Un letrista poderoso, con un vuelo literario que podría igualarlo con Borges, Sabato, Marechal, Pizarnik o el mismísimo Roberto Arlt y que, además, cantaba, con una voz única, de esas que no se pueden aprender en ninguna clase de canto.
Nos vamos a tener que acostumbrar a un mundo sin el Indio, no nos queda otra. Todavía estamos procesando uno sin el Diego. Sin dudas no será el mismo, será mucho más berreta y flaco de ideas, pero nos dejaron ambos un refugio en común, un legado que respetar y enarbolar, una identidad siempre a respetar.
Solamente decirte gracias de esta simple manera, con un puñado de letras infames que no le hacen justicia, pero que me alivian, me hacen sentir no tan solo: Tu música en mi cabeza, tus letras en mi corazón, en mi hablar diario, en mi sentir cotidiano.
Te digo querido Carlos lo mismo que le dije a Diego en mi cabeza cuando se fue “Me importa poco lo que hiciste con tu vida, solo quería agradecerte lo que hiciste con la mía” y, parafraseando a Riquelme, le aseguró algo que nada podrá cambiar “Poder es que la gente te quiera” y, ahora, vas a ver cómo te queríamos Indio querido. Y lo vas a disfrutar, vaya si lo vas a disfrutar.
Graciosos y valientes para siempre Indio, te amo, gracias por todo.



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