La filosofía del hambre, por Tomás Grandinetti
Cumpliré, en la medida de lo posible, la única condición que el viejo me impuso antes de comenzar su relato. No escribiré su verdadero nombre. Ignoro si lo hizo por prudencia, por vergüenza o porque, después de tantos años, había llegado a creer que un hombre termina siendo menos su nombre que la historia que otros recuerdan de él. También me advirtió que desconfiara de las fechas, de los lugares y aun de las personas. “La memoria”, me dijo mientras acomodaba el anzuelo con una paciencia casi litúrgica, “es una excelente narradora y un pésimo archivo”. De modo que no sabría afirmar si los nombres que siguen son los auténticos o apenas aquellos que el tiempo tuvo la delicadeza de conservar.
Recuerdo que el mar estaba calmo aquella mañana. El viejo pescaba con la naturalidad de quien ya no espera grandes capturas. Permaneció largo rato en silencio, observando el movimiento casi imperceptible del hilo sobre el agua. Cuando finalmente habló, no pareció comenzar una historia sino continuar una conversación que acaso llevaba décadas sosteniendo consigo mismo.
—Si tengo que elegir un comienzo —dijo sin apartar la vista del mar—, diría que todo empezó cuando conocí a Los Chacales.
Hizo una pausa.
—Tendría quince o dieciséis años. A esa edad uno cree que el mundo todavía puede explicarse.
Sonrió apenas.
—Después descubre que apenas puede recorrerse.
Volvió a guardar silencio.
—Vivíamos en un asentamiento levantado a las afueras de Puerto Bruma, en la isla de Orfeo. Mis padres habían abandonado el campo seducidos por ese viejo espejismo que cada generación bautiza con un nombre distinto. En aquella época lo llamaban progreso. Las fábricas crecían junto al puerto como si fueran catedrales de hierro y prometían una vida nueva para cualquiera que estuviera dispuesto a trabajar. Lo único que encontraron fue otra forma de la pobreza.
El viejo retiró lentamente la línea del agua. El anzuelo regresó vacío. No pareció decepcionarse.
—Mi padre consiguió empleo como marinero. Era un hombre silencioso, de esos que parecían hablar mejor con las manos que con la boca. Pasaba más tiempo en el mar que en casa y, cuando regresaba, traía el olor del océano mezclado con el carbón de las calderas. Mi madre… —calló unos segundos—. Bueno, ya hablaremos de ella. Hay personas cuya historia exige paciencia.
Volvió a lanzar el anzuelo.
—No teníamos casi nada. A veces la cena consistía en una sopa tan transparente que uno podía ver el fondo del plato. Sin embargo, mis padres insistían en enviarnos, a mi hermano menor y a mí, con los misioneros de la Nueva Iglesia. Decían que el conocimiento era el único equipaje que ningún ladrón podía quitarnos. No sé si tenían razón, pero gracias a ellos aprendimos historia, filosofía, navegación, algo de lengua antigua y demasiadas preguntas para una edad en la que bastaba con aprender a sobrevivir. Éramos, si se quiere, muchachos instruidos rodeados de un mundo que apenas sabía leer.
El viejo rió por lo bajo.
—Es curioso. La inteligencia suele ser un lujo entre los ricos y una necesidad entre los pobres.
El viento cambió apenas de dirección.
—Conocí a Los Chacales una tarde de invierno. Yo regresaba de la iglesia con un libro bajo el brazo cuando un muchacho flaco, descalzo y ágil como un gato se cruzó en mi camino. Tendría mi misma edad. Me miró como si ya me conociera. “Vos sos el que siempre anda con curas”, me dijo. Respondí que sí. Entonces me preguntó si sabía guardar un secreto y contesté que dependía del secreto. Se echó a reír. Así conocí al Comandante.
Según él, Los Chacales no eran una banda ni una pandilla. Eran, simplemente, los hijos que la ciudad había olvidado reconocer. La mayoría eran huérfanos. Los demás vivían como si lo fueran. Dormían donde podían, robaban lo indispensable y compartían todo con una naturalidad que jamás volví a encontrar entre hombres respetables. Vestían harapos, estaban siempre cubiertos de tierra y olían a humo, a puerto y a lluvia. Sin embargo, había en ellos una dignidad extraña, difícil de explicar, como si la miseria hubiera terminado por volverlos inmunes a ciertas humillaciones.
—Esta noche vamos a entrar a las fábricas del puerto —me dijo el Comandante—. Vení con nosotros.
Le pregunté para qué y me respondió con una frase que tardé muchos años en comprender.
—Para recuperar un poco de lo nuestro.
Aquella noche no fui. Todavía creía que el mundo podía dividirse con claridad entre el bien y el mal. Pero pocos días después regresaba a casa cuando vi una escena que nunca me abandonó. Los encontré sentados en medio del asfalto, alrededor de un pequeño fuego improvisado con cajones rotos. Asaban pichones de paloma que habían cazado entre los galpones del puerto. Reían, discutían, se burlaban unos de otros y compartían la comida sin contar las porciones. No había odio ni resentimiento en ellos. Había hambre. Y el hambre, comprendí esa noche, posee una filosofía que los libros rara vez se atreven a estudiar.
Los misioneros me habían enseñado que la revolución era un episodio de la historia, un cambio de gobierno o un conflicto entre ideas. Aquellos muchachos, sin saber leer a los filósofos que yo admiraba, me ofrecieron otra definición. Me enseñaron que la revolución nace mucho antes de las banderas. Nace cuando un grupo de chicos descubre que el orden del mundo considera más valiosa una máquina que el estómago de un niño. Todo lo demás, las proclamas, las guerras, los héroes y los mártires, no es más que la larga consecuencia de esa primera injusticia.
El viejo dejó de hablar. La boya se hundió apenas. Con una serenidad adquirida tras toda una vida frente al mar, recogió la línea y extrajo un pez pequeño, casi insignificante. Lo observó unos segundos antes de devolverlo al agua.
—Supongo —dijo mientras seguía con la mirada los círculos que el pez dejaba en la superficie— que esa fue la primera vez que entendí que existen hombres capaces de entregar la vida por un tesoro y otros capaces de arriesgarla por un pedazo de pan. Tardé demasiados años en descubrir cuál de los dos era yo.
Muchos años después, cuando el nombre del capitán era repetido con la misma naturalidad con que se nombran los vientos o las constelaciones, su tripulación llegó a ser conocida en todos los puertos bajo un nombre singular: Los Chacales. Nunca tuve el valor, o la indiscreción, de preguntarle por qué lo había elegido. Acaso fue un simple capricho, acaso existían otros Chacales antes de aquellos muchachos de la villa, o acaso, y esta es la conjetura que prefiero, el viejo decidió concederles la única forma de eternidad al alcance de los hombres: conservar sus nombres cuando ya se han perdido sus rostros.
Me gusta pensar que, cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Los Chacales con temor o admiración, sin saberlo rendía homenaje a un grupo de muchachos hambrientos que una noche cenaron pichones de paloma sobre el asfalto y le enseñaron a un futuro capitán que las revoluciones no comienzan cuando un hombre empuña una bandera, sino cuando un niño descubre que el mundo ha decidido olvidarlo.





