Alejandro Balbis acaba de volver de una travesía que no se parece a nada de lo que haya hecho antes. Hace poco más de un mes pasó quince días a bordo del Falkor (too), el barco del Schmidt Ocean Institute que exploró el fondo del mar uruguayo en el marco de la expedición Uruguay Sub200.

La misión formó parte del programa del instituto —los mismos que patrocinaron el popular streaming del Conicet en el océano argentino— y llevó a científicos uruguayos a investigar qué hay más allá de la costa de Cabo Polonio. En ese contexto, Balbis se embarcó como parte del subprograma “Artistas en el mar”, una iniciativa que invita a creadores de distintas disciplinas a desarrollar su obra a bordo. Para él, fue una oportunidad única: la experiencia de su vida.

Le montaron un pequeño estudio de grabación equipado con micrófonos de alta gama, en una sala rodeada por ventanales enormes que ofrecían una vista ininterrumpida del océano. Desde ese lugar, una tarde, vio pasar una ballena: esa aparición le disparó la primera de las cinco canciones que nacerían durante el viaje, “Llanura abisal”.

“Los quince días que pasé en el Falkor fueron lo más disruptivo y fascinante que viví —cuenta—. Componer entre delfines y ballenas, bajo cielos increíbles, sin nada que moleste, rodeado de aves marinas, fue el sueño del pibe.” Aclara que no lo movió el dinero: “No cobré un centavo, porque la campaña era sin fines de lucro, impulsada por la Universidad de la República y el Schmidt Ocean Institute”. Lo que lo llevó a embarcarse fue la posibilidad de vivir una experiencia irrepetible y componer en un contexto totalmente ajeno a los escenarios habituales.

Una máquina en medio del océano

Balbis no subió al Falkor con un plan estructurado ni con una lista de temas a desarrollar. “Recién ahora estoy elaborando un análisis más específico sobre lo que pasó allá. Lo que hice en el barco fue dejarme llevar por las situaciones. Eran quince días en los que había que lograr algo: componer.”

Con el correr del tiempo, el recuerdo se fue organizando en su cabeza. “No solo lo que vi de la naturaleza fue inspiración. También la extraordinaria máquina en la que estábamos navegando, la tecnología increíble que vi funcionando, y los equipos humanos, tanto el científico como la tripulación, que eran una máquina de relojería. Había protocolos muy estrictos: no era un crucero de placer. Ni me llevaron a animar las noches con la guitarra, porque allá el descanso y el silencio también eran sagrados. Siempre había alguien durmiendo, se trabajaba en turnos de doce horas. Pero me centré mucho en lo humano, en lo que pasaba entre los equipos.”

Y lo humano no tardó en aparecer. “Nosotros estábamos embarcados, pero la vida seguía girando. A mí me pasó de todo, a mi familia le pasó de todo. Mi mujer tuvo un accidente con un motociclista; nadie se lastimó, pero tuvo que hacer la denuncia, el seguro, todo eso sola con los niños. Después mi hijo más chico, que tiene nueve años y le gusta trepar, se fracturó dos veces: primero el hombro, después el tobillo, jugando en la escuela. Todo eso me lo contaban mientras yo estaba embarcado.”

Pero lo suyo no fue lo único. “Al jefe científico, Álvar Carranza, se le murió la madre en medio de la expedición. Eso elevó la vara de la carga emocional que ya era mucha. Todos los que estábamos ahí nos sentíamos afortunados de vivir esa experiencia, y eso generaba una motivación enorme. Encima, se sumó todo lo que pasaba en tierra. Había una emoción que trascendía los idiomas y las culturas. Había europeos, latinos y asiáticos, y todos sentíamos lo mismo.”

El regreso al origen: Falta y Resto y la murga como familia

De un barco científico al tablón murguero. Balbis prepara su regreso al carnaval con Falta y Resto, la agrupación con la que empezó hace más de cuatro décadas. Lo dice sin dudar: “Volver a la Falta es volver a encontrarme con mi familia. Es como volver a los mejores años de la vida y convivir con gente con la cual yo he compartido desde hace 45 años. Al Pitufo lo conozco desde el invierno del 80; a Raúl, desde el 81; al Zurdo, desde el 81; a Pinocho, desde el 84. Muchos años, mucha vida, muchas cosas. Y todavía nos da mucha felicidad estar juntos.”

Hace una pausa y sonríe. “Eso no quiere decir que nunca pasó nada. Al revés: pasó de todo. Pero también pasaron un montón de cosas hermosas. Volver a juntarse es un puro disfrute. Los ensayos son una fiesta. Es increíble cómo suena.”

Balbis, que fue testigo de las transformaciones del carnaval uruguayo desde los ochenta, tiene una lectura histórica precisa: “En todo este tiempo, el carnaval sufrió muchos cambios. Cada época tuvo sus artistas que marcaron una tendencia. En los cincuenta fueron Pepino y Cachela; en los setenta, Pepe Veneno; en los ochenta, Raúl Castro, José Morgade, Catusa Silva; en los noventa, Contrafarsa; y en los 2000, la Catalina. Fueron oleadas artísticas que encontraron cosas nuevas y marcaron una época.”

Pero, más allá de los estilos, hay algo que no cambia: “El carnaval uruguayo sigue teniendo el mismo espíritu. El contenido de lo que se canta, los reclamos populares del momento, eso sigue igual. Ahí está la inteligencia del que hace carnaval: del que escribe, del que capta lo que pasa en el pueblo y lo pone en el escenario de manera inteligente.” Y define una diferencia clave con el resto del mundo: “El carnaval uruguayo no tiene nada que ver con la idea internacional del carnaval como un aquelarre de cuatro días, una desobediencia colectiva. Acá no es dejarse llevar, es pensar, es construir. Es una fiesta que reflexiona”.

El camino solista: del humor a la melancolía

Durante décadas, Alejandro Balbis fue una de las voces más reconocibles y respetadas de la murga uruguaya. Arreglador, compositor y cantante, su firma marcó el sonido de conjuntos históricos como Falta y Resto, Contrafarsa y A Contramano.
 Pero en un momento decidió cambiar de escenario: dejar el coro para buscar su voz. Esa búsqueda lo llevó a desarrollar una carrera solista en la que la murga siguió latiendo, pero transformada en canción.

Desde entonces, su obra viaja entre la nostalgia, el humor y la melancolía, con discos como El gran pez, Sin remitente, Márgen interno y Amor en lo alto. Un recorrido que lo consolidó como uno de los cantautores más personales del Río de la Plata, capaz de unir la emoción popular de la murga con la intimidad del formato canción.

A más de veinte años de su disco debut El gran pez, Balbis sigue prefiriendo la espontaneidad al cálculo. “Cada momento es distinto y cada uno es distinto en cada momento. Por eso, no me preocupa mantener una coherencia estética. Cada disco se impone con su propio clima.”

Dice que la composición le llega donde sea. “No sé si he puesto en palabras todo eso que me preguntás, pero trato de dejarme llevar. Escribir me puede agarrar en cualquier lugar. A veces en medio del campo, y no pasa nada. Y a veces, en un monoambiente en el medio de la ciudad, pasa todo. Escribir no depende del paisaje más allá de que experiencias como las que viví en el mar son plenamente transformadoras”.

Entre dos orillas: la vida rioplatense

Vivir entre Argentina y Uruguay es, para Alejandro Balbis, mucho más que cruzar un río: es habitar un mismo pulso con dos acentos. Montevideo le da el silencio, la calma y el horizonte del mar; Buenos Aires, la intensidad, el vértigo y la energía del público. En ese vaivén construyó su manera de mirar y de escribir: un artista rioplatense en el sentido más profundo del término, con un pie en la nostalgia oriental y otro en la pasión porteña.

Balbis reparte su tiempo entre el silencio del mar y el ruido de la ciudad. “No he hecho un análisis muy profundo sobre cómo influye ese cambio de paisaje —dice—, pero trato de dejarme llevar. La composición me agarra en cualquier lado.”

Respecto a la diferencia de públicos la respuesta es muy clara. “Son distintos los públicos porque son distintos los pueblos, son distintas las formas de ser. A veces es difícil analizar eso sin que suene a mejor o peor, y no es mi intención ponerlo en esos términos”, algo que explica con naturalidad: “Del público uruguayo me gusta la escucha. A veces parece que no les está gustando, pero no, están escuchando. Son menos vociferadores, menos de exteriorizar lo que les pasa. Y eso también configura una sociedad más pacífica. Si todos estuviéramos todo el tiempo expresando lo que sentimos, nos terminaríamos matando entre todos.”La sonrisa vuelve cuando habla del público argentino: “Acá es al revés. Es una energía heavy metal, una empatía gigante. Te devuelven todo lo que les das.”

De las profundidades del Atlántico al ensayo murguero, Alejandro Balbis sigue cantando lo mismo: la vida, con su mezcla de tragedia y ternura. En el Falkor descubrió que la emoción no necesita traducción. “Fue una experiencia profunda e intensa como el mar”, repite, y suena a confesión y declaración de principios al mismo tiempo, porque al final, lo suyo sigue siendo eso: un viaje a las profundidades humanas, donde arte y ciencia, silencio y coro, Montevideo y Buenos Aires se tocan, como dos olas del mismo río.}

ALEJANDRO BALBIS se presenta en GALPÓN B este sábado 11 de octubre 2025 – 20:00 hrs. Entradas en Passline.