Esta tarde, a eso de las tres y media, se nos fue el mítico Negro Rada tras un mes de darle pelea a una neumonía bilateral. Y cuando una figura de ese tamaño abandona este plano, resulta muy difícil encontrar las palabras para decir algo al respecto. Sí, se calló el tambor.
Viniendo de muy abajo, curtió el cuero desde el pie. Su raíz venía de la dignidad de su madre brasileña, Carmen Silva, quien se puso el hogar al hombro y le transmitió el amor por la música, y de las veredas del Barrio Sur y Palermo, donde aprendió a esquivar el racismo de la época a fuerza de talento, carisma y los tambores de las comparsas de su infancia.
Cabe destacar que a Rubén le quedaba chico el rótulo de músico. Ya que el tipo fue un showman total porque hacía reír en la televisión cuando aparecía en pantalla, actuaba, conducía y entretenía tanto a los grandes como a los más chicos en obras infantiles. Pero si algo le dio sentido a su tramo final de vida fue subirse a los escenarios con lo que más quería: la banda que armó junto a sus tres hijos —Lucila, Matías y Julieta—.
Es importante mencionar que Omar Rubén Rada Silva inventó algo que no existía cuando mezcló la percusión del barrio Sur con el groove del rock y del jazz. Tuvo la visión con El Kinto, el estallido con Tótem y la sutileza con Opa. Pero más allá del sonido y de su voz colosal, lo que te dejaba marcado era su presencia. Bastaba con que agarrara un tambor o soltara una risa de las suyas para que cualquier teatro se volviera un patio de vecinos sin prejuicios ni broncas.
A este lado y al otro del Río de la Plata lo quisimos como a uno de la casa. Fallece la persona, pero queda vivo su legado en sus hijos, su prolífica obra, el repique jodón en la calle y el ritmo con el que amó y nos invitó a amarnos, seamos quiénes seamos, vengamos de dónde vengamos, vayamos hacia dónde vayamos.



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