
“Bueno, nos quedamos con las ganas de ver a Lionel, habrá que esperar otro partido”, Alejandro Fabbri, comentarista del amistoso Hungría – Argentina del 17 de agosto de 2005 en TyC Sports dejaba la frustración que sentimos todos los que queríamos ver de qué iba el pibe del que se empezaba a hablar en todo el mundo. Apenas unos segundos estuvo en cancha: Lionel Andrés Messi se fue expulsado. ¿Quién iba a decirnos todo lo que vino después no?
El tipo se va contra Benín, ante un Monumental que explotará y llorará por partes iguales. Deja tras de sí la estela que sólo dejan los mejores en lo suyo. Como Diego, Lio también fue el mejor en lo suyo. Incluso, capaz hasta mejor que Diego, pero no viene al caso. Los dos a la final. A los dos los queremos. Los amamos. Y los dos son de acá, de este suelo, a veces tan bastardeado, villipendiado, subestimado y denostado. De este suelo. De la Argentina, carajo. Tierra de Diego y de Lionel.

En fin, se va contra Benín, 89 del ránking FIFA. No importa el partido. Es una excusa. Lo que importa es todo lo que pasó antes, desde aquella expulsión prematura, dorsal 18, camiseta que le quedaba holgada, un look teenager catalán; a este final. Fueron 207 partidos (208 si contamos el último que jugará), un Mundial y cinco títulos. Victorias en Oro Olímpico, en Categoría Sub 20, dos Copas América, una Finalissíma y el tercer beso a la gloria. Lionel Messi fue más que lo que soñamos que podía ser.
Es el rey del fútbol desde que en Barcelona tomó el lugar que le dejó Ronaldinho hasta ahora, que se divierte jugando en Estados Unidos, haciéndole caritas a los yanquees. Messi sigue inventando golazos. Tiene 39 años. Perdió a su padre y, después de jugar su sexto Mundial con esta camiseta, decidió que su tiempo de celeste y blanco, ahora sí, había terminado.

No con la bronca y la impotencia en que dijo “se terminó la selección para mí” en pleno New Jersey, en el año 2016. No. Ahora lo dice como quién habla con la certeza enorme en su corazón: el deber está cumplido. Ya no hay más para dar. Aunque nosotros, desde el amor, el egoísmo y la incertidumbre de lo que viene queramos soñar con que puede jugar un Mundial más. Messi ya dijo que no. Se ha ganado el derecho de irse cómo y cuándo quiera.
Son incontables la cantidad de veces que Messi rescató a la Selección Argentina de las garras de la derrota o la eliminación. También son muchas las veces que no pudo. Es que el tipo, por más que nos empeñemos en creer lo contrario -y convengamos que él mucho no ayuda tampoco- no tiene superpoderes. Es “apenas” el mejor jugador de la historia.
Goles en Alemania 2006, un Sudáfrica 2010 sin goles al lado de Diego, figura excluyente en el primer beso esquivo a la Copa en Brasil 2014, carreó a una Selección que se desangraba a Rusia, le puso respirador vs. Nigeria pero no pudo contra la prepotencia de Les Blues. Cuatro años después, ante el mismo rival, pero en otro contexto, Messi se vengó de Río, de Kazán, incluso, de Ciudad del Cabo: fue campeón del Mundo. La rompió. Jugó un Mundial que creíamos insuperable, hasta que lo vimos más cerca de un superhéroe de lo que estuvo jamás: con 38 años (39 durante la competencia) marcó 8 goles en el Mundial 2026 -su mayor marca- y sólo la buenísima relación que tiene Kylian Mbappé con el gol evitó que terminé el Mundial como el máximo goleador de la historia. Lo fue por un día. 21 tantos en Mundiales es el número final y todo, en medio de una nueva frustración de perder una final y del dolor insondable de estar perdiendo a un padre.
Messi se sobrepuso a su propio dolor para llevarnos a lo más alto otra vez. Su última obra maestra será el duelo ante Inglaterra, cuando ideó un centro que sólo él -y tal vez Diego- hubiesen podido. Un centro milimétrico, para pasar entre las torres-defensores Ingleses y estallar en la cabeza de Lautaro Martínez. Victoria en semifinales contra Inglaterra: cartón lleno. Final de lujo. ¿Qué más se podía pedir? Un segundo Mundial hubiese sido la frutilla de un postre que ya empalagaba de lo dulce.

Las estadísticas tendrán sobradas razones para hablarnos de la grandeza de Messi. Pero Messi con esta camiseta blanca y celeste fue mucho más que números. Y aunque goles, asistencias, partidos jugados, títulos y demás sirven para explicar muy bien a un futbolista, se quedan cortos (muy) para hablar de Messi.

Se nos va un héroe, un tipo que nos enseño a insistir. Así como Diego nos enseñó a luchar por más de abajo que uno venga, Messi nos enseñó a insistir, por más duras fueran las derrotas y las amarguras. Siempre hay que ir a buscar el sueño, el objetivo, la alegría. La copa. Se va Messi, se nos va un reflejo en que nos gustaba mirarnos, el líder espiritual del fútbol de una nación que vive, respira y se regodea -para bien y para mal- en el fútbol. Hoy es un día triste. Se nos termina Messi en la Selección. Y un poco se nos termina nuestro ser futboleros. Ya nada será como era durante Messi, será distinto. ¿Mejor? ¿Peor? Es muy pronto para saberlo, por ahora, distinto. Con todo lo que eso implica.

Pero así como Lionel nos enseñó a perseverar, también debemos perseverar en esta idea. No vendrá otro Messi, pero sí vendrá otro. Porque este suelo, muchas veces olvidado por Dios -y por nosotros mismos- está destinado a la gloria con formato de pelota Nro 5.
Ahora, eso sí, difícil que aparezca otro Messi, otro enano que nos quisieron robar desde España en reiteradas oportunidades y que su amor por la tierra donde nació evitó el saqueo, uno que hubiese sido peor que el que tuvo lugar gracias a Cristóbal Colón y sus amigos navegantes. Messi resistió. Messi siempre se supo argentino. Incluso, es mejor aún: Messi siempre se eligió Argentino.

Y en esa elección está el secreto de todo lo que vino después. La historia de Messi con la Selección Argentina es otra muestra que el amor salva, que el amor mueve montañas, que si no hay amor, que no haya nada. Con Messi tuvimos todo, porque lo que siempre hubo (incluso en momentos de duda) fue amor. Messi nunca dudó de este suelo y varios de nosotros nunca dudamos de Messi. Amor con amor se paga, Lionel. Pasa por caja, ya es tiempo.




Comentarios