El prólogo al poema de la Balada del álamo Carolina de Haroldo Conti rezaba un anónimo japonés:

“Ciruelo de mi puerta: si acaso yo no volviera, la primavera siempre volverá. Tú, florece”.

Para algunos era Jorge. Para otros, Julio. Para tantos, cercanos y lejanos, López. “Tito”, para su familia, “Gallego” o “El Viejo”, para los amigos. Nació en General Villegas en noviembre de 1929. Creció con cinco hermanas mujeres y un benjamín varón al que le llevaba veinte años. Estudió hasta sexto grado y dejó la escuela para ayudar en su casa con las tareas rurales. Cuando cumplió la mayoría de edad le tocó cumplir con el servicio militar obligatorio en Junín de los Andes, donde vivió una de esas historias que sí le gustaba contar: fue parte del Proyecto Huemul -iniciativa trunca de un científico austríaco que prometía generar energía mediante fisión nuclear- que le valió un premio económico y la felicitación en persona de Perón y Evita.

Después de la colimba, la juventud transcurrió en Elordi -pueblo al norte de las afueras de Villegas- entre el trabajo en el tambo familiar, los bailes en el club del barrio, los partidos de fútbol y las salidas a los pueblos vecinos sulqui a bordo y tirado por la yegua que él bautizó “La Machona”. Es que López se prendía en todas: la gauchada le decía “sal gruesa”, porque no faltaba en ningún asado. Vivió allí hasta que tuvo que irse, como pasó tantas veces, en todo el país, consecuencia de la persecución al peronismo después del tercer golpe de Estado, en 1955. El comisario de Elordi, papá de su amigo Cacho, lo avispó: “tomate el piojo, que se viene una patota de militares al pueblo y se están llevando a todos”. Entonces se fue. Pero en lugar de irse afuera, encaró hacia adentro (cualquier valiente falta de semejanza con la realidad, no es mera coincidencia).

Se instaló en la zona de Los Hornos, en La Plata, donde trabajó en las quintas, hasta afianzarse como albañil de oficio calificado. Así, de a poco fue agrandando la casita de 140 y 69, que pudo comprar con Irene, la mamá de sus hijos, Gustavo y Rubén. Casi al mismo tiempo, Montoneros llegó al barrio y abrió la unidad básica Juan Pablo Maestre. Un espacio de barrio, para el barrio, donde López empezó a participar. Porque eso fue, ante todo, López: un militante barrial. Vecino de sus vecinos. Un Don, que doblaba en edad a sus compañeros, al que todos escuchaban, porque tenía la inteligencia práctica del campo, arreglaba las veredas, las calles, los postes, y llevaba a los pibes a jugar a la pelota, como dijo en una de sus últimas declaraciones.

Fue secuestrado durante la última dictadura cívico militar en octubre de 1976, por un grupo de tareas de la Policía Bonaerense a cargo del comisario general Miguel Osvaldo Etchecolatz, y llevado a los centros clandestinos de detención conocidos como Cuatrerismo y el Pozo de Arana. Después de ser torturado durante años y ser trasladado a las unidades 4.ª, 8.ª y 9.ª, fue puesto en libertad después de ser blanqueado por la junta militar, en junio de 1979. La precisión de sus vivencias y detalles, fueron reconstruidas por su capacidad de orientación geográfica y conocimiento técnico en la construcción, como demostró en su diario de memorias, titulado “Archivo negro de los años en que uno vivía, a donde termina la vida y empieza la muerte”. Más de cien hojas divididas en tres carpetas. A la hora de describir cada espacio, su disposición, ubicó la estancia La Armonía, en Arana, antes de llamarse Pozo; los aromas del criadero de chanchos de abigeato, los sonidos de las avionetas que despegaban, aterrizaban o se estrellaban. El llanto y la súplica de sus compañeros. Los fusilamientos que explotaron en su retina. El horror, con nombre y apellido.

Escribía para recordar, decía. El sonido que albergó su silencio. Como pudo, al salir, no volvió a hablar del tema, prácticamente, durante dos décadas. Ni en su casa, ni en el trabajo. Apenas en el barrio, siquiera. El mismo barrio que lo había visto arreglar las veredas en silencio. Se guardó todo hasta que consideró que fuera el momento preciso. Aunque también, en silencio -como ocurren más de la mitad de las cosas más importantes en la vida- ofició de detective de su propia vida y tomó nota, con la excusa de sacar a los pibes a jugar a la pelota, una vez más, de los lugares donde había sido secuestrado, sus traslados, los oficiales que intervinieron y todavía seguían en funciones. Quiénes salieron. Y quiénes no.

Recién en los ‘90, junto a otros dos sobrevivientes, Rufino Almeyda y Nilda Eloy, decidió hablar. En La Plata se armaron los Juicios por la Verdad, que no tenían consecuencias penales pero sí apuntaban a la obtención de información.

Tres décadas después, se constituyó como querellante en la primera causa luego de anuladas las leyes de impunidad. Aportó datos centrales para lograr la primera condena de Etchecolatz, como Director de la División de Investigaciones, responsable del operativo recordado como la “Noche de los Lápices” y del funcionamiento de los 21 centros clandestinos de detención ubicados en la Provincia de Buenos Aires -de los que cabe destacar que fueron los que produjeron la mayor cantidad de detenciones y desapariciones del país- y mano derecha directa del jefe de la Policía Bonaerense, Gral. Ramón Camps, por quien lleva su nombre todo este “circuito”. Su testimonio fue clave en el esclarecimiento del paradero de otros compañeros desaparecidos y en la imputación de al menos otros 62 militares y policías involucrados.

En total fueron nueve, las cadenas perpetuas que recibió Etchecolatz, por delitos de lesa humanidad. La primera de ellas, en la que López fue clave, se logró por primera vez que se reconociera que los crímenes se dieron en el marco de un plan sistemático, planifiado y organizado por la junta militar para ejercer el terrorismo de Estado. Por primera vez la figura jurídica que condenó, fue genocidio.

La noche anterior al 18 de septiembre de 2006, López acomodó su ropa en la silla del comedor de su casa para ir a escuchar los alegatos, antes de lograr aquello por lo que tanto había luchado. Acordó con su sobrino Hugo que lo pasaría a buscar temprano por la casa. 

Según consta en el expediente judicial, entre las 0:00 y las 7:00, López fue desaparecido. 

La última vez que se lo vio, fue parado en la calle 66 “entre la verdulería y el local de Edelap”, dijo un vecino suyo, frente a la casa de una mujer policía, Susana Gopar, quien había trabajado para Etchecolatz durante la última dictadura.

Al mismo, su jefe, que se le encontró un cuaderno en el penal de Marcos Paz, donde esperaba detenido la primer sentencia. En él, subrayaba, entre otras cosas, pedir a su abogado una fotocopia del testimonio de López. Más adelante, también, decía “hay que lograr que un testigo se desdiga”. Porque eso querían, al plantar pistas en dirección opuesta, sobre la salud mental de López: que el testimonio perdiera credibilidad, porque no hay nada más contumaz que los hechos.

Al principio, no se quiso creer (admitir) que se tratara de una desaparición forzada. Aunque no fuera la primera, sino la segunda, y en democracia. Dijeron (quisieron instalar) que era un viejito que se perdió. O que podía estar tomando el té en la casa de su tía (sic, dijo el por entonces Ministro del Interior de la Nación). Lo trataron de loco. También asomó la alevosía de prueba, en una recordada frase, desafortunada y muy dolorosa: que se atreva a asomar, se empezó a escuchar. Un año se tardó en que se abandonara la hipótesis de la búsqueda hasta que se admitiera la desaparición.

López no sólo era el testigo clave del juicio. También era el principal querellante. 

Y no era cualquier juicio. Era el primero después de la reapertura. Y lo desaparecieron. Otra vez.

Fue una derrota. Lo sigue siendo. Una derrota política del pueblo argentino. Un fracaso de la democracia, de sus representantes, de la división de poderes y también de la sociedad en su conjunto. 

El mensaje de los militares fue claro: nunca se fueron, y hasta acá llegaron, quisieron decir (dijeron). Y en parte, lo lograron. La investigación no avanzó más. Seguimos sin saber dónde está López. Como seguimos sin saber dónde están los 30.000 desaparecidos. Y los archivos de la dictadura, siguen sin abrirse.

Las desapariciones en democracia nos obligan a pensar.

¿Cuánto queda de la dictadura, en nuestras vidas cotidianas?

¿Cuáles son los mecanismos de impunidad que persisten en el Estado, en la sociedad, en la cultura?

Así como, en la búsqueda de la verdad, descubrimos que 9.000 policías de la Bonaerense aún en funciones, habían prestado servicio durante el genocidio, debemos seguir el rastro de las cadenas que aún buscan arrebatarnos nuestros derechos, día a día.

Las ausencias son heridas abiertas. No dejan de sangrar, pero enseñan. Aprendamos.

Todavía hay preguntas sin responder.

La memoria es nuestra mejor herramienta.

López fue, es y será, un ejemplo y un emblema. A pesar de los enormes infiernos que tuvo que atravesar, su inclaudicable lucha por una sociedad más justa quedará latente en cada uno de nosotros, cada vez que nos preguntemos dónde está.