Con la misma paciencia con la que alguno arma la montañita para el mate, Juan Román Riquelme fue el orfebre este presente de Boca. Por supuesto, no es que todo es mérito y Román es un monje shaolín, no. Riquelme se equivocó: mucho y grosero. Debió superar varias pruebas, chocar contra varias paredes (no Leandro, no) y errarle muy fiero para llegar hasta acá. Van casi 3 años de gestión y Román sostuvo técnicos que no debían jamás ser DTs de Boca, dejó ir jugadores jóvenes por no saber blindarlos y, durante su gestión, el escándalo mediático estuvo a la orden del día. Pero en este 2026, luego más de cinco metido en la vida política interna del club y siendo quién maneja el fútbol profesional, Román parece haber entendido algunas cosas.
La primera, y quizás, la más importante: Boca siempre necesitó un DT al máximo de sus facultades, no improvisados, títeres o personas que no estuvieron al 100%. En el caso de Miguel Ángel Russo, se entiende que Riquelme no pudo hacer por otra cosa: por códigos, por mandato y por amor. Pero sostener a Úbeda, amparado en esos mismos lineamientos sí que no hacía falta y sí que le hizo mucho daño a Boca. Con Úbeda, gran parte de este plantel que hoy deslumbra y que parece que no perderá jamás, quedó eliminado en fase de grupos de la Copa Libertadores ante el poderorísimo -es ironía , eh- Universidad Católica de Chile. Con otros DT que Riquelme sostuvo por encima de lo que debía hacer, Boca vio dos años por TV la Copa Libertadores. Un estadío en el que hoy parece estar River, aunque por otros motivos.

Lo que sí hizo bien Riquelme es en sostenerse en la importancia que los pibes tengan protagonismo. Mientras en River se habla del “AgroRiver” por la faceta agrícola de su actual DT-Bombero, y se ironiza con “brotes rojos y blancos”, los verdaderos brotes están en La Boca. Brotes azules y amarillos. Hoy, este equipo del Vasco, encontró en los pibes del club el sostén y marco ideal para rodear a su líder espíritual: Leandro Paredes. Ojo, Riquelme también debió entender que el equipo debía tener un líder que sea coreado y vivado en la cancha y en la calle y que eso no afectaría su propia idolatría. Es más, si sale bien, la va a potenciar. Le costó a Riquelme entender que Boca necesitaba una mega estrella y que eso no iba a opacarlo a él. Con Paredes, no sin roces, parece que lo logró.
Pero volvamos a los brotes, es imposible entender a este Boca sin los Flores, Aranda, Di Lollo, Jagger Herrera y algunas firmas más que todavía no están consolidados, pero ya asoman como por ejemplo, el chico Satas. Lo que hoy es esta realidad, en el pasado también estuvo y Riquelme no supo cómo sostenerlo: Boca tenía a Valentín Barco, Equi Fernández y Cristian Medina no hace mucho. A los tres los perdió. Sí, dejaron plata, algo así como u$s 50 millones, pero Boca no pudo retenerlos. Y se fueron en escándalo. Ahí a Riquelme le faltó, quizás, algo más de Muñeca.
Alejado del saco y la corbata, y más amigado con el jogging, la gestión de Juan Román Riquelme parece haber entendido que los pibes de Boca necesitan un tipo como Arruabarrena, al que no le guste nada de lo que hace esa generación para divertirse y los tenga cagando. No un padre o un cómplice, un líder, un tipo que los guíe y los haga tronar si es necesario. De esa manera, el vestuario de Boca tiene dos líderes fuertes: El de pantalón corto, que es Paredes y el que está detrás de la línea de Cal, que es Arruabarrena. Con esos dos puestos definidos y claros, un equipo es otra cosa. En River pasó durante mucho tiempo con Marcelo Gallardo afuera y, adentro, Leo Ponzio, Enzo Pérez o Franco Armani. Era claro. Ahora, eso se desdibujó y River la está pasando mal.

Porque más allá de tener dinero para gastar -Boca ha gastado menos que River- a veces es una cuestión más de ordenar lo que ya hay. En Boca eso parece haberse hecho carne y, además, se le sumó que en este mercado encontró a Leandro Lozano, complemento ideal del también “outsider” Lautaro Blanco. Así como también apareció Santiago Ascacíbar, un jugador que se disputó con River y que terminó siendo el completemento ideal para Paredes y Delgado. Así, Boca fue armando una estructura que, incluso, excede a los 11 jugadores. Los errores del pasado en el Mercado de Pases (que fueron varios) pueden sostenerse si, como diría el Bambino Veira, la base está.
Por supuesto que también están los Edinson Cavani, uno de los negocios que Riquelme hizo pensando en la marca Boca y no en el equipo, que hoy puede compararse con Enner Valencia, aunque parece que el ecuatoriano, al menos, sí puede jugar seguido aunque sea un puñado de minutos. También Riquelme volvió a buscar a Sebastián Villa, en algo que fue leído como un error o prepotencia de su parte: gran parte de los hinchas no querían saber nada con el colombiano, acusado por violencia de género y que se fue de Boca haciéndole juicio al club: Riquelme no sólo lo perdonó, si no que pagó 7 millones de billetes verdes estadounidenses por él. Tres menos de que los que erogó por Alan Velasco, que recién ahora parece haberse amoldado un poco a la camiseta de Boca. Es que claro, Riquelme también tiene caprichos. ¿Cómo no los va a tener?

El perfil “booooooooca” de Riquelme y los suyos, contrasta fuertemente con el saco, corbata y lujo que hay en el Monumental. No es que lo de River no sirva, es que lo de Boca, después de mucho tiempo, está funcionando. Y así como a la dirigencia de River muchas veces parece faltarle el olor del césped recién cortado una mañana de invierno a 5 grados, a la Boca a veces le falta la malicia, estrategia y frialdad de un perfil más empresario.
Porque también es cierto que mientras la estela de Gallardo se desvanecía, Demichelis chocaba el auto y Coudet naufragaba, el club de Núñez no para de crecer: Estadio casi a nuevo, techo por venir y una máquina de ingresos que funciona muy bien, más allá del fútbol. Funciona tan bien, que en River parecen haberse olvidado del fútbol como corazón y motor que sostiene todo. En cambio, recién ahora Boca parece que sí va de manera decidida por la ampliación de su estadio, una vieja demanda de socios e hinchas que quieren ir a ver a su equipo y que han penado con el “Ránking” y las categorías como “adherentes”. Todo lento. Al ritmo de Juan Román Riquelme jugaba, mucho más cerebral que vertiginoso.
El año que viene hay elecciones en Boca. Este fin de 2026, pinta para que al menos Boca gane 2 títulos. En la Copa Argentina quedó a un partido contra Banfield y otro contra Atlético Tucumán o Platense de consagrarse, en la tabla anual marcha segundo, con 50 puntos, a dos de Independiente Rivadavia y en la Copa Sudamericana también está en instancias de semifinales.
Un año redondo, mientras que a River sólo le queda el torneo local y está muy necesitado de ganar seguido para asegurar su lugar en Playoffs y tener una esperanza en la anual. El contraste agranda más el éxito de este año de gestión azul y Oro. Una gestión que ya lleva casi 3 años y que sólo pudo festejar un puñado de Superclásicos. Pero ahora sí, ahora parece que todo se alineó y que las bases que sostuvo, predicó y prometió Juan Román Riquelme ahora sí están firmes para que sea momento de cosechar lo sembrado.

Esto es fútbol y todo puede pasar aún. Incluso, puede ser que en Núñez terminen festejando y en Boca lamentándose. Pero algo es innegable, este 2026 se pareció mucho más a lo que Riquelme siempre dijo que su Boca sería. Presencia fuerte de Boca Predio en el equipo titular, una Bombonera que ahora sí parece encaminarse para la ampliación y un eje puesto en el fútbol bien claro, sostenido por líderes fuertes adentro y afuera de la cancha.
Le costó a Riquelme. Aprendió Riquelme. Pero ojo, porque el Propio Riquelme, también puede ser la persona que desarme todo como si de un castillo de arena o de una montañita de mate se tratara. Ese es el riesgo de ser él. Ese es el riesgo de su idolatría y su poder. Mientras Riquelme entienda que es el presidente pero uno más para el éxito del club, Boca irá bien. Cuando Riquelme crea que todo pasa por su aura, ahí, Boca va a volver a resentirse. Parece que este año sí aprendió la lección.




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