“No busquen dioses en los rostros de los hombres”, dice Odiseo, el personaje principal de “La Odisea”. Es una advertencia. A sí mismo, tal vez. A su gente, seguro. A la humanidad, sin dudas. No es que Odiseo sea el personaje principal, Odiseo ES la historia. ¿O es que Nolan, a través de Odiseo nos hace pensar en la Historia? ¿En la Humanidad rota por la Historia? ¿En la posibilidad de recuperar cierta Humanidad en las huellas de lo perdido, en las huellas de lo que nosotrxs mismxs echamos a perder?¿De qué trata, entonces, la historia de Odiseo?
Bueno, esa pregunta es un poco más compleja. La obra, un poema épico de la antigua Grecia compuesto por Homero, relata el regreso de este hombre, el rey de Ítaca, a su pueblo, tras ganar la Guerra de Troya, una guerra que lo había obligado a dejar a su hogar, a su esposa, Penélope, y a su único hijo, Telémaco.
La obra original está dividida en 24 capítulos o cantos para contar esta historia, tan antigua como enorme, uno de los clásicos de la literatura universal. Ahora bien, es imposible, en 3 horas, abarcar una obra que si la leyéramos de corrido utilizaríamos algo así como 10 veces ese tiempo. Como también es muy difícil escribir una reseña que pueda resumir las 3 horas de ese recorte. Lo que el lector leerá acá, entonces, es un intento torpe pero esforzado de hablar de una película que va derecho a convertirse en un clásico y que tiene un olor a Oscar que voltea.

Ya metiéndonos de lleno en lo cinematográfico, hay que decir que Nolan buscó filmar esta película en los últimos 20 años, desde el momento que quedó cerca de filmar “Troya”; en 2004. El éxito de “Oppenheimer” le abrió a Nolan la oportunidad de que apareciera el capital; y el director británico, padre de éxitos de taquilla como la trilogía de Batman, “Memento”, “El Origen” e “Interstellar”, se lanzó a hacerlo, así como Odiseo (interpretado por un brillante Matt Damon) se lanzó a al mar para pelear, ganar la guerra y emprender el duro camino a casa. Si uno tuviera que resumir de qué trata la película, hay que decir que él elige contar la contradicción de un héroe mientras encara el arduo camino a casa, con el deber cumplido. El mito se pone en cuestión en la boca del héroe mítico: ofrece una interpretación histórico-política de las razones para conquistar el territorio de Troya. Una interpretación que le da actualidad (como hace con otras cosas) a la idea de “guerra”, sobre la que gira buena parte de las reflexiones de Odiseo sobre la historia. O sea, no todo fue la belleza de Helena. Las razones fueron diversas y las consecuencias, aún más.
Una guerra, un hombre, una idea, un ardid…y ese hombre, es Odiseo. Termina encarando un relato mucho más humanizado de Odiseo que el que nos trae Homero. O quizás no sea necesariamente más humanizado. Nolan explota en diálogos, en palabras, en acciones y reflexiones algo que late muy potente en la fraseología homérica, quizá en un adjetivo, en un epíteto. Pero que en la película se detalla en reflexiones de subjetividades modernas. Nolan versiona y recupera la humanidad de este clásico, en modos de narraciones y personajes de nuestra época, que nos interpelan con nuevas metáforas y abstracciones. Como esa Circe que expone su fabulosa idea sobre la cuestión de la piel humana y lo que los humanos son en realidad.

Nolan nos muestra cómo el Yin y el Yan viven dentro del héroe. Un héroe que luce muy humano para ser un Dios y bastante reflexivo y sabio para ser un simple mortal. Odiseo parece estar a mitad de camino entre una cosa y otra, destacando por su fuerza bruta y su ferocidad en el campo de batalla, pero también por su inteligencia e hidalguía para luchar. Mostrando cómo el deber cumplido muta en una culpa que le es casi insoportable. Aunque en la película parece renegar de ellos, tiene vínculo con los dioses. Con Atenea, la diosa más presente en cuerpo, con quién lo une una relación más cercana, vívida, por momentos, incluso, llegando a un diálogo retórico. La presencia -e ira- de Poseidón, dificultando todo el regreso vía mar, Apolo y su rebaño y la advertencia que termina siendo clave en el desarrollo de la película y de la culpa de Odiseo y Zeus, que no aparece nunca y, a la vez, como máxima autoridad entre los dioses griegos, aparece siempre. Está, aún sin estar.
Al mismo tiempo, mientras nos muestra las aventuras del camino de Odiseo a Itaca, y de qué manera ganó la Guerra de Troya con la invención del caballo más famoso del mundo, la película también nos muestra a su mujer y a su hijo, sosteniendo el reino de Ítaca, mientras un montón de “aspirantes” al Trono esperan el día en que Penélope (Anna Hathaway) deje de tejer y destejer -de manera literal- para ganar tiempo y seguir esperando al rey errante y ausente.
En el camino, abusan de su posición, violentan a la corte del rey, comen y beben bebidas y comidas ajenas, aprovechándose de una hospitalidad apoyada en la inquebrantable “Ley de Zeus”. Se trata de un compás de espera que termina siendo demasiado largo, para ellos, así como también para Penélope y Telémaco (Tom Holland). El Rey es omnipresente. Para todos y todas. Mientras el héroe sigue errante su camino de regreso -las aventuras incluyen cíclopes, hombres convertidos en cerdos, la ira de Poseidón, la seducción de Calipso y hasta una visita al Inframundo- en su hogar, en Itaca, la cosa está podrida. Podrida en serio. Por un lado, esperan la decisión de Penélope. Por otro, no sólo buscan la muerte de Telémano. La quieren, la premeditan, la planifican, la organizan. Nolan es explícito y detallado las formas de la traición y de la violencia. También, en un contrapunto muy justo con Homero, es absolutamente explícito en las formas de la lealtad y el amor (amigos, compañeros, familia, esclavos y esclavas emocionan buena parte de la película).

Y, para peor, ya nadie parece tener paciencia para seguir esperando. Nadie en Itaca sabe que ha sido de la suerte de Odiseo. Lo creen muerto, lo creen perdido, algunos pocos lo imaginan regresando y nadie afirma con certeza haberlo visto. Eligen creer y aferrarse a su regreso su mujer, su hijo, su esclavo fiel, Eumeo y hasta su perro, Argos, que vive hasta los 20 años esperándolo. Es en ese momento que Telémaco se despoja de su disfraz de niño y parte de su tierra, a espaldas de su madre (Al menos así es en la película), para ir hasta Esparta a ver si Melenao sabe qué ha sido de él.
Mientras tanto, Odiseo emprende un regreso nada fácil a su casa. En ese camino, va teniendo revelaciones y enfrentándose a lo que sucedió, realmente, en Troya. Y esto es una de las cuestiones más fuertes en términos de innovación en la versión de Nolan: Odiseo, como sobreviviemte, como veterano de guerra (así se nombra a sí mismo), se tortura con las imágenes del final de la guerra, un final que él mismo causó; se tortura con los compañeros que han muerto para lograrlo. Un héroe que explora la culpa, que la enuncia, que la hace explícita. Algo mucho más acorde a nuestro tiempo que al tiempo dónde esta historia fue escrita. ¿Vale para ganar una guerra corromper el Mundo? Es un poco la pregunta que Odiseo se hará durante todo su periplo de regreso a casa. Gozando del favor de los dioses, es el único de sus compañeros de viaje que logra sobrevivir a los peligros que enfrentan mientras vuelven de Troya. Quizás así, los dioses dejan testimonio vivo de la crueldad y la inutilidad de la guerra. Dejando a Odiseo como testigo vivo y vocero de lo que la humanidad es capaz de hacer.
Es a lo largo de la película que Odiseo cuenta cómo se le ocurrió crear el famoso Caballo (idea), y cómo desató el horror al meterlo como un “regalo” (ardid) dentro de la ciudad troyana, cuyas murallas nunca habían sido expugnadas. De esa manera, Odiseo dice haber violado la “Ley de Zeus” para siempre.
Ahora, bien, ¿qué es la ley de Zeus? La Ley de Zeus dice, brevemente, “trata como te gusta ser tratado” y habla de la hospitalidad con los extranjeros, de entregar comida y techo a aquellos que vienen surcando los mares o viajando desde muy lejos. Con el Caballo de Troya, esa ley se rompió para siempre. Porque metidos en el Caballo, engañando a los troyanos, Odiseo consiguió que Troya cayera y, en el camino, aniquilaron a cada hombre, mujer y niño sin un atisbo de piedad y quemaron la ciudad hasta los cimientos.
Lo hecho (y lo no hecho) en Troya acompaña el tormento de Odiseo a lo largo de toda la película, con flashes y momentos que irán cobrando sentido a medida la película avance, como para encajar las piezas del Rompecabezas que termina de armar Odiseo para entender que, tras años en una isla desierta en compañía de la bella ninfa Calipso (Charlize Theron), es momento de volver a casa. Es allí, después de 7 años, que Odiseo recuerda “Una mujer, un hijo, un hogar” y muestra su lado más humano, mientras la culpa primero le nubla la mente y, luego, comienza a carcomerlo.

En algún punto del relato que le hace a Calipso (en el mito no es a ella, es a los Feacios), que le ofrece olvidarse de todo, la inmortalidad y quedarse con ella, Odiseo comprende que lo único que le queda en el mundo por hacer es volver a esa mujer, a ese hijo, a ese hogar y hacerse cargo de lo realizado, para así sí poder poner todo en orden. Para que al menos en Itaca, la Ley de Zeus pueda seguir reinando. Calipso acepta la decisión de Odiseo y le advierte que lo único que debe hacer es dejar su inteligencia de lado, arrojarse al mar y confiar en Poseidón. Ya no puede hacer nada más: sin barcos, sin hombres, sin tripulación, sólo puede entregarse al mar y sus designios. Y, también, a la voluntad de Poseidón. Es así que Odiseo logra encallar en una costa que primero no reconoce y luego la sabe su hogar.
Regresado a Ítaca, Odiseo elige ser cauto y no darse a conocer de inmediato, por miedo a sufrir una recepción poco amistosa, algo que le advierte Agamenón (Hermano del Rey Melenao, el esposo de Helena, quién desató involuntariamente la Guerra) que al volver a su hogar fue recibido con honores para luego ser asesinado por su esposa. Claro, él había hecho algo terrible antes de embarcarse en la batalla: había asesinado a su propia hija para contar con buenos vientos para zarpar hacia Troya. El llamado “Sacrificio de Ifigenia” hizo que su esposa Clitemnestra, la hermana de Helena, se vengara de él al volver de la Guerra. Alertado de esto en una charla con seres del Inframundo, dónde Odiseo habla con el espíritu de Agamenón, decide que al llegar a su hogar no le dirá a nadie quién es. Lo que ocurre después forma parte de lo que el espectador descubrirá a lo largo de las 3 horas que dura el film, quizás el más pretencioso de la historia de Nolan.
El fin que Nolan le da a la historia no es el mismo que el del libro, pero sí redondea la historia de este recorte. Un héroe que pasó de marchar a una guerra que no era suya, volverse despiadado al ganarla y poder asumir sus culpas por lo sucedido. Le queda un último acto de salvajismo y, luego sí, el exilio y, con él, los últimos días de su vida. De todas maneras, esto último es una presunción, ya que en la película esto no está claro.
En la película se muestra la constante contradicción que habitan en Odiseo, sobre ser un héroe de Guerra y entender que la Guerra no es el camino. La contradicción entre ser el que tuvo la idea del ardid que significó el Caballo de Troya y sentirse responsable por el horror que desató dentro de la Ciudad. La contradicción entre ser un héroe de Guerra y el haberse convertido en un ser despiadado para lograrlo. Su regreso simboliza la lucha entre el bien y el mal y la construcción de este héroe en la Guerra de Troya y su deconstrucción en el regreso a Ítaca, que también es su retiro del campo de batalla. Una vez fuera de ese lugar y esa obligación, Odiseo consigue razonar y evaluar en su justa medida las consecuencias de sus actos. Abraza la culpa que le generó lo sucedido en Troya y acepta que el exilio es la muerte del héroe que él elige. Navega hacia el Oeste desconocido para honrar a sus hombres, honrar a sus compañeros muertos, honrar a los que no supieron cómo, ni pudieron volver a su casa. Quizás así hace las paces con su culpa. En su humanidad imperfecta, en su inteligencia superior, en la culpa humana que le marca el camino del regreso Nolan apoya su versión de Odiseo.

Nolan le da vida a esta historia con todo el peso de la ley de Hollywood. Efectos grandilocuentes, una película que entretiene de principio a fin y un elenco que reúne a todas caras muy conocidas y reconocidas en Hollywood: Damon, Hatthaway, Holland, Theron, Zendaya (Atenea), Jhon Leguizamo (Eumeo), Robert Pattinson (Antinoó). Y un detalle, Helena, la mujer más bella del Mundo y por cuyo secuestro se desató la Guerra de Troya, es interpretada por Lupita Nyong’o, una actriz Negra que en 2014, para la Revista People, fue considerada “La mujer más bella del Mundo”. Por eso, Nolan la eligió para interpretar a Helena de Troya, cuya belleza justificó su secuestro y, luego, el horror que desató. Con ese reparto, la ambición de filmar la película en una cámara IMAX y las escenas en altamar que se llevan toda la espectacularidad posible, Nolan cuenta su propia versión de “La Odisea”, la cual imaginó durante dos décadas: “Llevo veinte años con la imagen de ese caballo hundiéndose en la arena”, dijo.
En definitiva, ¿de qué nos habla esta Odisea de Nolan? De las historias que nos cuentan. La odisea data del Siglo VIII antes de Cristo. Es una de las primeras obras de la literatura occidental. Su peso y vigencia hacen que intentar abarcarla sea una tarea compleja, imposible de dejar conformes a todos. También, luego de verla, se entiende que la Odisea no habla más que de las cosas que todos los humanos atravesamos. La vida, los mandatos, la culpa, la lucha contra lo que debemos ser y lo que queremos ser. La vida es como el canto de las sirenas -ver la película para entender esta referencia- y nosotros somos quienes oímos, a veces encantados, a veces atormentados.

La película explora la supervivencia, la culpa, el crimen y el castigo. La flexibilidad y fragilidad de las relaciones humanas, las distintas formas del amor y también de la traición. ¿Cuántas veces te sentiste atravesando una Odisea? ¿Cuántas veces te sentiste lejos simbólicamente de quien sos? ¿Cuántas veces sentiste culpa, tristeza y hasta enojo por tus actos? Son algunas de las preguntas que podrías hacerte después de ver esta historia, que está tan ridículamente vigente a 30 siglos de su creación. ¿Por qué? Porque habla también de nosotros, de los humanos, de quiénes somos y en quiénes nos vamos convirtiendo con nuestros actos y sus consecuencias. Duele lo conseguido, duele lo perdido, duele lo que tenés y lo que no tenés. Todo, en algún punto, en algún momento, por alguna circunstancia, nos duele. Ahí quizás radica la fragilidad del ser humano.
Y ud, querido lector/ lectora…¿En qué momento pudo regresar a Ítaca? ¿Alguna vez se fue o se sintió lejos? ¿O, por el contrario, sigue perdido en Troya buscando volver?




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