Para toda una generación que creció esperando la carta a los once años, la saga cinematográfica de Warner fue el pase de entrada al mundo mágico. Sin embargo, con el paso del tiempo y las relecturas, el amor por la historia le cedió terreno a una realidad evidente: apretar novelas de ochocientas páginas en pelis de dos horas dejó un tendal de vacíos argumentales. Por eso, el desarrollo de la flamante (y ambiciosa) serie de Harry Potter creada por HBO, concebida para dedicarle una temporada completa a cada libro, vuelve a encender la ilusión de ver la historia adaptada con la profundidad que merecía desde el principio.
El gran valor de este formato de largo aliento no radica únicamente en frenar el ritmo vertiginoso que imponía el cine, sino en la posibilidad real de profundizar el lore original. Subtramas enteras que fueron reducidas a meras alusiones en la pantalla grande encontrarán ahora un espacio natural para desplegarse. Entre los reclamos históricos que la producción busca saldar se destacan: la historia de los Merodeadores, el trasfondo de Lord Voldemort (acaso el gran merecedor de una serie para él mismo) y el desarrollo de los personajes secundarios el poltergeist Peeves y el profesor Cuthbert Binns.

Es que reemplazar caras que habitaron el imaginario colectivo durante más de dos décadas no es tarea sencilla. Y si bien el fandom de esta saga es bastante gauchito, tampoco es para que HBO se abuse, pues la (buena) elección de los jóvenes intérpretes para encabezar el proyecto —Dominic McLaughlin como Harry Potter, Arabella Stanton en el papel de Hermione Granger y Alastair Stout interpretando a Ron Weasley— intenta solucionar un problema estructural que sufrió la franquicia en el cine que fue el desacople entre el crecimiento real de los actores y los tiempos del calendario escolar. Por eso, es posible que un plan de rodaje continuo permita que la madurez de los personajes acompañe de manera orgánica la evolución de la trama.
Por último, pero no por eso menos importante, están el cuerpo docente y los roles adultos, las elecciones de casting reconfiguran el perfil de figuras clave: John Lithgow asume el papel de Albus Dumbledore aportando la jerarquía y el peso dramático necesarios para el director de Hogwarts, mientras que Paapa Essiedu toma el relevo de Alan Rickman (el cual dejó la varita muy alta) con la propuesta de construir un Snape sobrio, de fuerte presencia teatral, para los papeles de Minerva McGonagall y Rubeus Hagrid, les tocará a Janet McTeer suceder a Dame Maggie Smith y por su parte a Nick Frost tomar el rol del guardabosques Hagrid para imprimirle la calidez y el humor característicos del personaje.

Los craneos de HBO tienen en sus manos la oportunidad única e irrepetible de generar un gran consenso en torno a una adaptación de la historia del mago más famoso del mundo. Aunque claro, como suele ocurrir con las producciones de este calibre, la recepción en redes sociales mostró posturas divididas: mientras que un sector de la audiencia manifiesta resistencia a cualquier modificación respecto a la estética noventera y el diseño visual fijado por las películas desde 2001, otra gran parte del fandom celebra la oportunidad de ver una versión que no responda a los condicionamientos del cine y se mantenga fiel a la prosa original.
Así las cosas, el éxito de esta nueva etapa no dependerá únicamente de apelar al factor nostálgico o el billete destinado a la producción de cada temporada, sino de sostener el tono de misterio, disputa de poder y la riqueza del mundo mágico entremezclada con la del mundo real que convirtieron a los libros en un fenómeno cultural perdurable. Que convirtieron a Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint en el Trío de Oro. Que convirtieron a JK Rowling en mucho más que una escritora, la convirtieron en la madre del Niño que Vivió.



Comentarios