Por Lnn
De chico, él creía que las latas de masitas tenían masitas. No había mucha ciencia. Si una lata decía masitas, adentro tenía que haber masitas. Era una verdad sencilla, de esas que todavía no necesitan explicaciones.
Una tarde vio una lata arriba del mueble de la cocina, redonda, colorida, con dibujos de masitas en la tapa.
La miró desde abajo como se miran las cosas que uno desea cuando todavía es chico y todo parece estar un poco más alto de lo que uno puede alcanzar.
Esperó. Miró a su alrededor. Nadie.
Arrastró una silla. Se subió. Estiró el brazo, la bajó y sostuvo contra su pecho.
Le parecía hermosa. Hasta le pareció que podía sentir el olor de las masitas antes de abrirla.
La llevó a la mesa y levantó la tapa. Metió la mano. Entonces sintió el pinchazo. Una aguja se le clavó en el dedo. Gritó, soltó la lata.
La sangre apareció enseguida, chiquita, redonda, perfecta. Miró la aguja. Después miró las masitas.
No había masitas. Había hilos, botones, alfileres. Cosas de coser.
Cosas que no había pedido, cosas que podían lastimar. No volvió a meter la mano en una lata sin mirar nunca más.
Pero el problema no fue ese. El problema fue que tampoco volvió a meter la mano en nada sin mirar.
Aquella tarde aprendió algo que nadie le había enseñado: que las cosas podían mentir. Que una tapa podía prometer una cosa y guardar otra. Que algo bonito podía esconder una punta. Que el deseo podía terminar en sangre.
Y esa idea se le metió adentro como la aguja.
No salió más.
De grande se volvió un tipo oscuro, amargado, medio insoportable. De esos que encuentran el defecto antes que la belleza. Si una noche prometía algo distinto, él ya estaba esperando la parte en que todo se iba a ir al carajo.
No era pesimista. O eso decía.
Era realista. Había aprendido.
Él sabía cómo funcionaban las cosas.
No había masitas, había agujas.
Siempre había agujas.
Y así se fue cagando la vida.
No porque no quisiera nada. Quería.
Ese era el problema. Quería muchísimo.
Pero cada vez que algo le gustaba, aparecía la lata. Cada vez que sentía ganas de arriesgarse, aparecía la aguja.
Se quedó afuera de amigos, de amores, de fiestas. De oportunidades
Se volvió gris para no tener que llamarse cobarde. Porque decir “no quiero” era más digno que admitir: Tengo miedo de que me duela”. Entonces construyó una personalidad alrededor del miedo. Se volvió ácido. Desconfiado. Inteligente de una manera triste. Tenía una explicación para todo, y casi todas terminaban mal.
La gente pensaba que era un tipo profundo.
Él sabía que no. En el fondo seguía siendo aquel chico sentado frente a la lata, con el dedo pinchado, mirando la sangre. Esperando entender qué carajo había pasado. Porque nadie le había explicado todavía que una lata de masitas no era una promesa. Que una lata de masitas era solamente una lata. Que algunas cosas podían salir mal sin que eso significara que todo iba a salir mal.
Pero él no aprendió eso. Aprendió otra cosa.
Aprendió a no meter la mano.
La gente lo veía oscuro. Un tipo sin ilusiones.
Y quizá esa era la mentira más grande de todas.
Porque él sí esperaba. Todavía esperaba
Cada vez que veía una lata de masitas, aunque fuera durante un segundo.
Volvía a arrastrar la silla.
Volvía a estirar el brazo.
Volvía a sentir la felicidad absurda de creer que adentro había algo dulce esperándolo. Y después aparecía la aguja.
Ese era su verdadero infierno.
No que las cosas salieran mal.
Sino haber aprendido a sentir el pinchazo antes de meter la mano.





