Por Tomás Grandinetti

Durante mucho tiempo nos enseñaron a reconocer a los poetas malditos por ciertos síntomas exteriores: el alcohol, la pobreza elegante, las habitaciones húmedas, los manuscritos perdidos, la autodestrucción convertida en estética. La cultura hizo de ellos una especie de santos derrotados. Hombres capaces de incendiar su vida para escribir dos páginas inolvidables.

Pero quizá hubo un error de identificación.

Porque los verdaderos poetas malditos nunca estuvieron solamente en los cafés de París. También estaban haciendo fila en un banco, viajando apretados en un tren a las siete de la mañana o mirando el precio de los alimentos como quien descifra una profecía cruel.

La diferencia es que nadie escribió sobre ellos.

O mejor dicho: nadie los leyó.

Hay algo profundamente literario en la clase media. No por sus gustos culturales ni por cierta nostalgia pequeñoburguesa, sino por la manera en que vive atrapada entre dos fuerzas opuestas: el miedo a caer y la necesidad de imaginar otra vida. Esa tensión produce una forma extraña de alquimia. Personas que trabajan diez horas y aun así conservan proyectos secretos. Gente que vuelve destruida a su casa pero sigue hablando de poner un negocio, mudarse, estudiar algo nuevo, filmar una película, escribir un libro, empezar de nuevo.

No es romanticismo. Es resistencia.

Porque el sistema moderno no necesita solamente el cuerpo de las personas. Necesita colonizar también su imaginación. Convencerlas de que no hay alternativa, de que soñar es inmaduro, de que toda pasión debe convertirse rápido en productividad o desaparecer.

Por eso resulta tan peligroso alguien que todavía imagina.

Incluso agotado.

Incluso humillado.

Incluso después de años.

Los antiguos alquimistas querían convertir el plomo en oro. Los milagritos rotos hacen algo más difícil: convierten salarios insuficientes, ansiedad y cansancio en pequeñas reservas clandestinas de futuro. Sostienen deseos que el mundo considera inviables. Protegen ideas mínimas como quien esconde fuego durante una tormenta.

Y casi siempre fracasan.

O parecen fracasar.

Pero hay una dignidad política en esa insistencia.

La revolución, sospecho, no empieza cuando alguien toma un palacio. Empieza antes. Empieza cuando una persona común se niega a entregar del todo su mundo interior. Cuando decide que todavía merece una vida distinta aunque todas las estadísticas digan lo contrario.

A esos nadie los llama poetas.

Sin embargo, son los únicos que siguen escribiendo algo verdadero sobre esta época.

Los demás apenas administran el idioma.