La búsqueda del capitán, por Tomás Grandinetti
Muchos años después, cuando el puerto de La Desatamundos ya había desaparecido de los mapas y el mar había reclamado los pilotes, las tabernas y los nombres de quienes lo habitaron, todavía se contaba la historia del capitán que persiguió un tesoro hasta quedarse solo. Algunos aseguraban que el tesoro existía; otros, que era una invención de un cartógrafo borracho. La diferencia es menor. Hay hombres para quienes una mentira perseguida durante demasiado tiempo adquiere la solidez de una verdad.
Al principio tuvo una tripulación numerosa. Había entre ellos navegantes, asesinos, desertores y hombres honestos, que son los más raros de encontrar en el mar. Con el paso de los años comenzaron a desaparecer. Algunos murieron durante la búsqueda. Otros comprendieron que el tesoro exigía sacrificios que ya no estaban dispuestos a ofrecer. El capitán continuó. Perdió barcos, amigos y puertos seguros. Perdió también la capacidad de distinguir entre el deseo de hallar el tesoro y la necesidad de seguir buscándolo. Cuando llegó a La Desatamundos sólo quedaba una persona a su lado: Nico.
Quienes la conocieron la recuerdan como una mujer temida en tres archipiélagos. Había atravesado motines, tormentas y guerras sin vacilar. Sin embargo, las leyendas suelen omitir que el valor y la tristeza frecuentan las mismas habitaciones. Durante años había amado al capitán con la obstinación con que otros aman una patria o una fe religiosa.
Se encontraron al anochecer, junto al último muelle. El barco permanecía inmóvil en el agua oscura. Parecía abandonado por los hombres y esperado por los fantasmas.
—Entonces era cierto —dijo ella.
El capitán asintió.
No hacía falta preguntar qué era cierto.
Los dos sabían que aquella sería la última conversación.
Durante un rato contemplaron el mar. Hay silencios que no nacen de la falta de palabras sino de su inutilidad.
—Todos se fueron —dijo finalmente Nico.
—Todos.
—Y aun así vas a continuar.
—Sí.
Ella observó el horizonte. Tal vez comprendía que la respuesta ya había sido pronunciada muchos años antes, cuando él eligió por primera vez la búsqueda. Hay decisiones que parecen ocurrir en un instante y sin embargo gobiernan el resto de una vida.
—A veces pienso —dijo ella— que nunca buscaste un tesoro.
El capitán sonrió.
—¿Y qué buscaba entonces?
—Una razón para seguir alejándote.
Él no respondió. Recordó algunos rostros. Un contramaestre muerto en aguas del norte. Un amigo abandonado en una isla durante una epidemia. Un muchacho que había perdido una pierna por una ruta que terminó siendo falsa. Recordó también noches enteras junto a Nico, en puertos cuyos nombres ya no existían, imaginando un futuro que ninguno de los dos alcanzaría.
Entonces ella desenvainó. El gesto no tuvo violencia, fue casi ceremonial. Los viejos marineros afirmaban que los duelos importantes no se libran entre enemigos.
El capitán sacó su espada y pelearon.
Ninguno de los relatos coincide acerca de los movimientos, pero todos concuerdan en el desenlace. Nico lo hirió. Algunos dicen que una vez. Otros, tres. Otros aseguran que la espada apenas lo rozó. Tales diferencias carecen de importancia. Lo cierto es que el capitán cayó de rodillas y que ella permaneció frente a él mientras el crepúsculo borraba lentamente las formas del puerto.
—Todavía podés volver —dijo.
El capitán miró el mar. Pensó en el tesoro, en ella, pensó en la extraña manera en que los hombres confunden el destino con sus propias obsesiones.
Comprendió entonces algo que acaso había sabido siempre: el tesoro ya no importaba. Lo que importaba era la búsqueda. Había dedicado tantos años a perseguir una imagen que ya no podía existir sin ella. Renunciar habría sido una forma de muerte. Continuar también.
—No —respondió.
Nico cerró los ojos. No parecía sorprendida. Quienes aman de verdad suelen conocer la respuesta antes de formular la pregunta.
Luego se inclinó y apoyó una mano sobre su rostro. El capitán pensó que aquella caricia contenía más tiempo que todos los años transcurridos. Después ella se alejó por el muelle sin volver la vista atrás.
El capitán observó cómo la figura se volvía cada vez más pequeña hasta confundirse con la niebla. Entonces comprendió que acababa de perder aquello que ninguna leyenda menciona cuando habla de tesoros: la posibilidad de compartirlos.
No se sabe si encontró lo que buscaba. Algunas versiones afirman que murió en el mar. Otras, que alcanzó una isla donde el oro cubría las playas. Personalmente sospecho que ambas son ciertas. Después de todo, cada hombre termina encontrando aquello que persigue. La tragedia consiste en descubrir, demasiado tarde, el precio exacto que estaba dispuesto a pagar.





