La forma humilde de la inmortalidad, por Tomás Grandinetti
Tuve la fortuna de nacer en un tiempo y en una geografía donde las fronteras entre la realidad y la ficción jamás fueron del todo respetadas. En otras regiones del mundo, según me han dicho, los hombres construyen sus ciudades sobre piedra, leyes o mercancías. Nosotros las construimos sobre relatos. Los mitos no son aquí una superstición del pasado sino una parte discreta de la arquitectura del presente. Nadie se sorprende demasiado cuando una leyenda se vuelve verdadera o cuando un hecho cotidiano adquiere, con el paso de los años, la dignidad de una fábula.
Acaso por eso la verdad ocupa entre nosotros un lugar modesto. No es una montaña ni un reino. Es apenas una pequeña brújula. Un instrumento frágil cuya utilidad no consiste en revelarnos el mundo sino en medir, con mayor o menor precisión, el orden secreto que lo sostiene. Los hombres cambian, los imperios desaparecen, las certezas se corrompen; sin embargo, esa brújula persiste, girando silenciosamente hacia un centro que nadie ha visto.
Fue en ese mundo donde conocí al capitán. Yo era joven entonces, aunque la memoria, que es una forma particularmente creativa del olvido, insiste en corregir los detalles. Tal vez era joven. Tal vez sólo lo era en comparación con él. Lo encontré en una isla cuyo nombre he olvidado o prefiero olvidar. Ambas posibilidades son igualmente válidas. Vivía en una cabaña humilde levantada frente al mar. No había allí rastros de gloria, tesoros ni aventuras. Había una mesa gastada, una silla, algunos libros húmedos por la sal y una ventana desde la cual podía contemplarse el horizonte. Recuerdo haber pensado que los grandes hombres suelen terminar pareciéndose a los lugares que habitan.
El capitán era entonces un anciano. Sus manos conservaban algo de la antigua firmeza y sus ojos parecían mirar siempre un punto más allá de las cosas visibles. Hablamos durante varios días. O durante varias semanas. La diferencia es irrelevante; el tiempo, cuando se recuerda, abandona sus medidas habituales. Fue allí donde escuché su historia. O mejor dicho, escuché una de sus historias. Porque sospecho que ningún hombre posee una única historia. Cada vida es una biblioteca escrita por distintos autores. Algunas páginas pertenecen a los hechos. Otras a la nostalgia. Otras al arrepentimiento. Otras, finalmente, a la imaginación, que suele ser la más fiel de todas las memorias.
Lo que voy a contar no pretende ser exacto. La exactitud es una aspiración de los archivos y de los contables. Los recuerdos obedecen otras leyes. Conservo fragmentos de aquellas conversaciones. Una tarde iluminada por un sol amarillo y antiguo. El sonido de las olas golpeando contra las rocas. Una pausa demasiado larga antes de pronunciar el nombre de Nico. El modo en que sus ojos se detenían en el horizonte cada vez que el relato se acercaba a ciertos acontecimientos. Nada más. Y sin embargo sospecho que esos fragmentos contienen una verdad más profunda que cualquier cronología.
Los años han deformado aquellas palabras. Las han simplificado, embellecido y acaso traicionado. Lejos de lamentarlo, encuentro en ello cierto consuelo. La memoria no es un espejo; es un artesano. Elimina, corrige y recompone hasta que los hechos alcanzan una forma que los vuelve dignos de ser recordados. Por eso le pido al lector cierta indulgencia. Lo que sigue no es la historia del capitán, es la historia que quedó de él. Y acaso toda historia sea, al final, exactamente eso.
Ignoro en qué tiempo le ha tocado nacer a usted. Ignoro cuáles son los mitos que organizan su mundo, qué sueños lo empujan hacia adelante o qué pérdidas lo acompañan en silencio. Tampoco sé si vive en una época que todavía concede algún valor a los relatos o si habita una de esas edades desdichadas que confunden la información con la sabiduría. Sea como fuere, le deseo una cosa: le deseo una historia. No necesariamente una historia feliz. Ni siquiera una historia justa. Los dioses, si existen, rara vez se interesan por tales detalles. Le deseo una historia que merezca ser contada.
Y, sobre todo, le deseo encontrar a alguien dispuesto a escucharla. Porque los hombres olvidamos ciudades, fechas y nombres. Olvidamos incluso nuestros triunfos y derrotas. Pero mientras exista alguien capaz de narrar una vida y alguien dispuesto a recibir ese relato, una parte del mundo permanecerá a salvo de la oscuridad. Quizás sea ésa la forma más humilde y más perdurable de la inmortalidad.





