Desde la primera vez, Oasis siempre tuvo una conexión especial con el público argentino. Su debut fue en 1998, en el Luna Park, donde dieron dos shows totalmente agotados durante la gira Be Here Now. En 2001, regresaron para el Buenos Aires Hot Festival en el Campo Argentino de Polo, compartiendo escenario con Neil Young, y volvieron al mismo lugar en 2006 para otro show multitudinario. Su última visita antes de la separación fue el 3 de mayo de 2009, cuando tocaron en River Plate.

Foto: Josh Pressrush

De eso pasaron 16 largos años hasta que, bajo el calor feroz del sábado, la lluvia intempestiva de medianoche y el viento arrollador del domingo, Oasis -con los hermanos Noel (58) y Liam (53) al frente y el Live ’25 Tour como excusa- entregó en Buenos Aires dos conciertos que reafirmaron la profundidad de un lazo que atraviesa generaciones. Entre dedicatorias, hitos históricos y un público extasiado, la legendaria banda demostró que sigue siendo el espejo perfecto para un pueblo que nunca dejó de esperarla.

La antesala de los shows estuvo marcada por dos propuestas muy distintas. El argentino Mariano Mellino, referente local de la electrónica progressive, abrió ambas noches con un set que combinó sutileza y pulso nocturno, consolidando su ascenso desde la escena porteña hacia escenarios cada vez más masivos.

Foto: Oasis
Foto: Oasis

Luego fue el turno del británico Richard Ashcroft, histórico líder de The Verve, quien ofreció un show conciso pero emotivo repasando clásicos como Bitter Sweet Symphony, Lucky Man o The Drugs Don’t Work. Su presencia sumó un guiño directo a la era dorada del britpop, y ofició de previa ideal para el regreso de la banda conformada por: Liam (voz) y Noel Gallagher (voz y guitarra), junto con Paul “Bonehead” Arthurs (guitarra), Gem Archer (guitarra) y Andy Bell (bajo).

Así las cosas, el estadio Más Monumental se transformó en un santuario emocional para recibir el regreso más impensado del rock británico contemporáneo. Dos noches, sábado y domingo, que fueron mucho más que conciertos: fueron una reafirmación de la identidad compartida entre el ADN obrero de los hermanos Gallagher y el corazón popular argentino.

Foto: Oasis

La primera jornada arrancó temprano, a las 20 h, envuelta en un calor que parecía sacado de un verano adelantado. Pero nada opacó el clima festivo: banderas celestes y blancas, pilusos, riñoneras, camisetas de fútbol, coros espontáneos y ese ritual tan argentino de cantar como si fuera un partido contra un clásico rival.

El domingo, en cambio, el viento decidió poner a prueba la paciencia. El show, previsto más temprano, debió retrasarse hasta las 22 h por ráfagas intensas que cruzaban la ciudad. Pero la espera no modificó la atmósfera: apenas sonó Hello, Buenos Aires volvió a encenderse con la misma euforia y el mismo amor incondicional que el día anterior.

Foto: Oasis

Ambas noches tuvieron un denominador común: una comunión real, profunda, casi física. Generaciones enteras—padres con hijos, adolescentes que conocieron a Oasis en Spotify, treintañeros y cuarentones que crecieron con Definitely Maybe y Morning Glory—cantaron como un solo cuerpo. No hubo distancia entre banda y público; hubo un ida y vuelta constante, cargado de emoción, de silencios compartidos antes de cada estrofa y de estallidos que parecían incendiar el aire.

El setlist fue un recorrido por toda la mitología oasisiana: Morning Glory, Some Might Say, Supersonic, Roll With It, Live Forever, Whatever. Cada canción caía como un recuerdo intacto, pero interpretado con la energía de una banda que no volvía para repetir glorias pasadas, sino para demostrar que aún tiene filo, espíritu y vigencia.

Uno de los momentos más potentes llegó con Rock ’n’ Roll Star, dedicada a Diego Armando Maradona, un gesto que tocó fibras muy hondas. No es un secreto que los Gallagher llevan al fútbol en la sangre: hijos de los suburbios, formados entre fábricas y canchas, moldeados por el espíritu trabajador de Manchester. A tal punto que Noel volvió a visitar La Bombonera, reafirmando esa conexión sentimental con una cultura que respira pelota y pasión. Por lo que esa dedicatoria no fue un formalismo: fue un puente.

Foto: Harriet Bols
Foto: Harriet Bols

El cierre, idéntico en ambas noches, fue una explosión emocional: The Masterplan, Don’t Look Back in Anger -con Noel esbozando alguna que otra lágrima-, Wonderwall y Champagne Supernova coronaron dos horas de música con ocasionales fuegos artificiales iluminando el cielo porteño. Difícil que no hubiera garganta que no se quebrara en algún momento. Más difícil que no hubiera quien no sintiera que algo de la historia personal de cada uno estaba siendo devuelto desde el escenario.

Y en ese instante final, cuando los acordes se desvanecían y el cielo ardía, era imposible no recordar el anuncio que Oasis había lanzado en agosto de 2024 para confirmar su regreso al mundo:

“Las armas se han enmudecido. Las estrellas se han alineado. La gran espera ha terminado. Vengan a ver, no será televisado”.

En Buenos Aires, lo que se esperaba se cumplió al pie de la letra. No fue necesaria una transmisión global. Bastaron dos noches, dos estadios repletos y un amor eterno para demostrar que Oasis sigue más vivo que nunca. Así que, tengan cuidado con lo que desean, porque algunos regresos no se miran: se experimentan cara a cara.

Humano. Periodista y conductor radial. Anfitrión oficial de mi grupo de amigos. Me sobra RAM para los datos inútiles. Grababa audios muy largos, pero me estoy rehabilitando.