El pasado sábado 30 de agosto, mientras el cielo en Tigre amagaba con romperse en mil gotas, dentro del gimnasio del Club Náutico Hacoaj pasaba algo distinto: una calma vibrante, una noche donde la música funcionaba como refugio. Afuera, la tormenta se acumulaba en el horizonte. Adentro, Hilda Lizarazu le cantaba a Charly García y nadie parecía tener apuro por irse.

Foto: Archivo propio

El show —parte de los festejos por los 90 años del club y exclusivo para socios— tuvo algo de reunión familiar, algo de homenaje sagrado y mucho de disfrute simple, llano, honesto. Apenas entré, -gracias a la gestión de Laura Couto y el departamento de Prensa del Hacoaj, obtuve un asiento en primera fila- supe que iba a presenciar algo especial. No era un show de estadios, ni de luces deslumbrantes ni de escenografía desmedida. Era un espectáculo con lo justo, pero hecho con pasión y oficio. De esos que no necesitan alboroto para emocionar.

Foto: Diego Rabin | Gentileza del club Hacoaj

Sobre el escenario, Hilda con su voz intacta, clara, vibrante. A su lado, Lito Vitale —director musical del proyecto— marcando los tiempos con esa solvencia que ya es marca registrada. La banda, sólida y precisa, sonó como si tocaran juntos desde siempre. Y quizás no sea tan descabellado pensarlo así: Jano Vitale en guitarra, el hijo de Lito; en coros, Mía Folino, la hija de Hilda. El legado, literalmente, en acción.

Foto: Archivo propio

Además de los clásicos teclados, bajo, guitarra y batería, el ensamble se completaba con un violín, un chelo y una flauta que aportaban texturas nuevas a las canciones de Charly, sin desvirtuarlas. Más bien las reimaginaban, las resignificaban. Cada arreglo parecía decir: esto no es una copia, es una lectura amorosa.

Foto: Diego Rabin | Gentileza del club Hacoaj

La atmósfera era tan íntima que, de a ratos, se desdibujaban los bordes entre artistas y público. Algunos chicos jugaban en el piso, justo debajo del escenario, como si esa fuera su forma de acompañar la música. En un momento, la gente se levantó de sus sillas y fue hacia adelante a bailar. Nadie lo pidió. Nadie lo impidió. Fue natural, como si las canciones de Charly tuvieran ese poder de convocatoria espontánea, incluso décadas después.

El repertorio fue un viaje por los momentos más entrañables y vibrantes de la carrera de Charly, con canciones como “Los dinosaurios”, “Rezo por vos”, “No bombardeen Buenos Aires” y “Seminare“, que resonaron con fuerza entre el público. También dijeron presente “Bancate ese defecto” y “Tu mente un tapiz”, ese clásico que siempre parece cobrar nueva vida en cada interpretación. La mezcla entre rock, poesía y melodías que tanto caracterizan a Carlos Alberto García Moreno estuvo presente en cada acorde, llevándonos por esa montaña rusa emocional que sólo su música sabe provocar.

Foto: Diego Rabin | Gentileza del club Hacoaj

Y para culminar con broche de oro, el show concluyó con “La máquina de ser feliz”, un último acto que no sólo reafirmó el homenaje, sino que dejó en el aire esa sensación de esperanza y celebración, justo cuando afuera la tormenta parecía querer irrumpir. Fue un cierre a la altura de la noche, intenso y luminoso.

Foto: Diego Rabin | Gentileza del club Hacoaj

Sobre el final, antes de los últimos aplausos, las autoridades del club hicieron entrega de carnets de socios ilustres a Hilda (61) y a Lito (63). Fue un gesto breve pero simbólico: dos referentes de la música nacional se volvían parte de esa comunidad que celebraba 90 años de historia. El aplauso fue largo. Merecido.

Foto: Diego Rabin | Gentileza del club Hacoaj

Cuando el show terminó, muchos se quedaron en el predio —Hacoaj está dentro de un barrio cerrado—, otros ya tenían mesas reservadas fuera del predio, y algunos, como yo, emprendimos la retirada antes de que finalmente la lluvia decidiera caer. Unas 2500 personas compartimos esa noche. No hubo pogo, ni gritos desaforados. Pero hubo algo mejor: la sensación de haber sido parte de algo irrepetible, sencillo y necesario.