En menos de 24 horas, River sabrá si jugará la final del Mundial de Clubes o no. Si es contra el Barcelona, no. Todavía faltará. Aunque es algo que se descuenta. La participación de River también debería descontarse, pero no. Algo pasa. Y ese algo es el segundo semestre de este equipo. Pobre desde el juego, pensando todo el tiempo en estos 20 días que pasará en tierras niponas, a miles y miles de kilómetros del Monumental.
River llega a Japón ostentando algo que ni el mejor Boca de Bianchi logró: las tres Copas del continente en fila. Y eso pasó por algo, por el Muñeco, Marcelo Daniel Gallardo, claro. Pero también porque encontró una base, una base que ya sale de memoria: Barovero; Mercado, Maidana, Balanta/Funes Mori, Vangioni. Con esos cinco (seis, si se lo cuenta al Melli) River edificó un equipazo que, adelante, mutó bastante.
Hay un hecho que lo pinta tal cual es. La defensa que saltará a la cancha vs el sorprendente Hiroshima Sanfrecce es la misma que ganó el primer torneo local con Ramón Díaz, la primera gema de esta cadena de gloria que River construyó desde junio de 2014 hasta diciembre de 2015. Adelante, eso sí, ya no están ni Carbonero, ni el Lobo Ledesma, ni Rojas, ni Teo, ni Cavenaghi, ni Manu Lanzini. Nadie. En su lugar, están Sánchez, Ponzio, Kranevitter, Pisculichi, Mora y Alario. Y más allá que es obvio que, a distintos nombres, distinto juego, lo cierto es que River mantiene la misma idea que tenía con Ramón: Ser protagonista.
Hace 4 años, River estaba conociendo lo dura que era la B Nacional. En 4 vueltas al sol, el mismo club, conquistó América, ganó Sudamericana, se llevó la Recopa y, ya que estaba, venció al Sevilla en Buenos Aires y fue a Japón y goleó para traerse la Suruga Bank. Imparable, sólo flaqueó ante Racing en el ámbito doméstico y ante un prolijo Huracán. Pero, en este segundo semestre, es donde concentra gran porcentaje de las derrotas del ciclo Gallardo. Por eso hay preocupación. Por eso y porque River jamás pudo reemplazar a Ariel Rojas, el motor del equipo hasta que decidió estar.
Mañana, ante los japoneses, Gallardo plantea un 4-4-2 mentiroso, ya que será 4-3-1-2, con Piscu de enganche. ¿Y por la izquierda? Vangioni, haciendo todo el carril, yendo y viniendo en un mano a mano con el croata Mikic, el lateral derecho de ellos que, ante los africanos, demostró que también le gusta ir. Pisculichi se correrá para enlazar a Mora y Alario, y Ponzio y Kranevitter se repartirán el medio. Sánchez, como siempre hizo en River, será arma mortífera. Por su dinamismo, por su capacidad de sorpresa y porque el uruguayo, como ninguno, llega a posición de gol.

A River, además, lo van a acompañar cerca de 17 mil hinchas. 17 mil locos que cruzaron -literal- el mundo para estar “de la mano del Muñeco en Japón”. La noche de Osaka no puede entender que sus puentes tengan las banderas que domingo a domingo flamean en el Monumental, intentan entender que canta esa gente mientras sonríe y, si alguno logró entender, después se preguntará, quizás lo consultará con la almohada, ¿cómo es que viajaron dos días para un partido y una posible final? Y es que el hincha de River no entiende razones.
River vuelve a esta instancia tras, casi, dos décadas. Muchos de los que están en tierras niponas van por una experiencia inédita, otros van para tomarse revancha de la dopada Juventus. Y, algunos, los menos, van a revivir aquel golazo de Alzamendi y soñar con que Mora sea su heredero. La fe está intacta. Porque más allá del nivel, River está en el Mundial de Clubes. Y no viene a pasear. Eso se traduce de lo que dice Gallardo, lo que dicen los jugadores y lo que siente la gente.Es la oportunidad que River esperó casi 20 años y, porque no, toda una vida. Poder llegar a tener enfrente al mejor equipo de la historia, ganarle y así generar un batacazo tan fuerte como lo fue perder la categoría. Sin duda es el sueño máximo, pero también es muy difícil.
Pero River va, embanderado en su historia, con una memoria reciente de muchas gestas que al principio parecían difíciles, habiendo eliminado a Boca dos veces en seis meses, con una multitud inédita para estos torneos en Japón, con aviones que aún en estas horas están surcando los cielos para llegar, puntuales, a Osaka.
“Hace dos días que no duermo y ahora me voy al banderazo. ¡Vamos River!”, me escribe desde Japón un amigo que llegó hace horas a tierras niponas. Y sí, el sueño no es necesario cuando lo que se está viviendo se le parece bastante. Y River ahí anda, tratando de convertir sus sueños en realidad. Tratando de volver a tener, como en 1986, el mundo a sus pies.
No hagan mucho ruido, no los despierten. River sueña, con jet lag, con 12 horas de diferencia, con un presente inmediato no muy alentador, pero River sueña. Y en sus sueños, se escribirá, quizás, la página más dorada de toda su historia. Shhh, no lo despierten.



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