
Escena 1: Domingo de sol. Barrio de Núñez, son las 17 y, en el Santiago Bernabeú acaba de empezar el partido entre el Real Madrid y el Barcelona buy metoclopramide online cheap metoclopramide online purchase. Metoclopramide farmacia bello reggio calabria Metoclopramide 10 mg . Metoclopramide . Se van acercando las almas rumbo a la cancha. Ataviados con sus camisetas, algunos con los gorros piluso, bandera y comentando la detención de la barra. Otros con los auriculares puestos, pendientes a lo que pasa del otro lado del oceáno. Sí, el clásico español siempre interesó, pero nunca como en los últimos años. Es que no había un Lionel Messi que nos hiciera estar pendientes. Y, de pronto,mientras uno camina las cuadras que separan Libertador de Alcorta, el partido pasó del 0-1 al 2-1. Así es el fútbol allá: con goles y emociones. ¿Acá? Y acá hay que ganar y después ganar en La Boca. Por ahí anda la tesitura en Núñez.
Escena 2: “¿Cómo va el Barcelona?”, pregunta alguien, con la camiseta de River, a otro que tiene auriculares puestos, también con la camiseta de River. Ambos saben que, en España, el Madrid gana 3-2 , que Messi hizo un gol y asistió en el otro y que CR7 también hizo el suyo. Todos datos que, años anteriores, no hubiesen importado o al menos no hubiesen sido motivo de una cuestión en una tribuna de fútbol, mientras se desarrolla un partido.
Es que ahí. A metros de ahí, apuntando para abajo, River y Lanús protagonizan un desabrido partido de fútbol que, no parece, ni loco, que el Millo pueda ganar. Y ellos son de River. Y este River, a veces, obliga a tener la mente ocupada en otra cosa para no cercenarse las venas. Y además está Messi, claro. Ese extraño objeto de fascinación que nos subyuga, nos encandila, nos hace soñar y ni una sola vez lo vimos jugando en alguna de nuestras canchas, con la camiseta de alguno de nuestros equipos. Cosa rara, Messi.
La escena se da en la San Martín Alta. En plena tribuna de River, mientras el equipo de Ramón Díaz intenta que el Lanús de los Barros Schelotto no haga el gol que insinúa y merece. Y mientras aquel canoso se agarra la cabeza, no pudieron entender como River espera en su propio estadio, otros apelan a Messi. Un poco por necesidad, otro poco porque Messi nos demuestra que otro fútbol es posible.
De pronto, mientras Gimnasia amarga a San Lorenzo, Sergio Ramos baja a Neymar en el área, Undiano Mallenco pita penal y Lio, mientras el Madrid se deshace en protestas estériles, anotará el tercero. La gente en la ilustre Platea San Martín sonríe, comenta, se codea, hablan en voz alta ‘qué bestia este pendejo’. Otro grupete, más allá, ríe y elogia a Messi. Habla de la amargura de “El portugués ese” y, como volviendo en sí mismo, arroja un insulto al aire porque Maidana revolea la Argentum a cualquier lado.
River y Lanús siguen la tesitura del fútbol argentino. Chato partido, “esperando el Milagro” como dicen “Las Pelotas”. El milagro en forma de gol. En España, en cambio, Messi sigue aumentando su leyenda. Ya tiene dos goles en el partido y el 3-3, igualmente, al Barsa no le sirve. Ancelotti, con Sergio Ramos afuera, no arriesga. Queda todo en manos del equipo del Tata writing essay service . En Núñez, todo parece hacerse a voluntad de Lanús. River no aprieta, ni ahorca, apenas deambula en el Monumental. El equipo Granate no gana porque no es efectivo y River no gana, porque no llega. Entonces, más entretenido lo que pasa en el Bernabeú, donde ya hay seis goles y va a haber más.
Mientras, abajo, en el verde césped, Carbonero intenta, sin éxito, alcanzarle la pelota a un estático Cavenaghi, mientras un nene aúlla a su padre para que le compre uno de esos patys, con queso, a veces con cebollita, que salen más caros que jugar con línea de 3 en Santa Fé. El partido sigue, pero acá no pasa nada. Es un sopor soporífero. Ramón camina a metros de la línea de cal y Cavenaghi, clavado, espera que alguien se acuerde de darle una pelota, más o menos redonda.
Mientras, en medio de un 0-0 típico de nuestros tiempos, alguien anuncia, como quién porta noticias de fuste: “Penal para el Barcelona”. Y sí hay penal para el Barcelona hay casi gol de Messi. De pronto, que abajo Lanús y River disputen un partido clave para el futuro de ambos en el torneo, no es importante. Sólo importa lo que esa Pulga haga con esa pelota. Porque si es gol es el tercero, y lo pasa a Distefano, y lo amarga a Cristiano y el Barcelona sigue en carrera y nada, es un genio. Y toda la atención viaja a través del Atlántico hacia Madrid. La del Monumental y la de millones en casas, departamentos, bares y computadoras. Hay penal para el Barcelona y el partido está 3-3. Messi y su leyenda tienen una nueva oportunidad de seguir creciendo.
Y va Messi y sí, Gol. Y se grita. Se grita, eh. Se sonríe, se celebra y, de pronto, River sale del fondo. Quedan cinco minutos en España y el Barca, con un Valdés y un Mascherano flojos necesita controlar a un Madrid que ahora sí va, porque el 4-4 le sirve. Sí, 4-4, cuando en River parece que no van a hacer un gol nunca más. Y quedan dos, y queda uno, y quedan segundos… Abajo, Daniel Villalva mata el pelotazo-pase de Mercado, ensaya un sombrerito delicioso, y deja a Cavenaghi de cara al gol. Sí, gol. Y de River. Y golazo. Sí, un golazo de otro partido, de otra liga, de otro país. Festejo. Abrazos “y vamos Gordo, la puta que te parió” y, cuando el temblor del gol propio pasa, la pregunta: ¿Terminó el Barsa?. Sí, terminó. Y ganó. Y Messi hizo tres goles. Y ya es el máximo goleador de los clásicos y ya tiene 374 goles y es Leyenda. Es el más grande. Y juega para Argentina. Mientras, Lanús no entiende lo que pasó y los hinchas de River saludan a su suerte, por el golazo de Cavenaghi.
A Víctor Hugo, el final del partido en España, le cortó el relato del gol de River
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