DE ERIKSEN A MUSIALA: LOS DESMAYOS EN EL FÚTBOL

El desvanecimiento del futbolista alemán pone sobre la mesa una problemática que afecta de forma recurrente a los jugadores.

El fútbol mundial volvió a entrar en estado de shock cuando Jamal Musiala, una de las grandes figuras del Bayern Múnich, se desplomó sin aviso en plena pretemporada de agosto de 2026. Dos desmayos consecutivos en un lapso de apenas tres días no solo lo dejaron fuera de la Supercopa de Alemania, sino que reabrieron un interrogante urgente en el deporte de alto rendimiento: ¿Por qué cada vez vemos a más futbolistas de élite caer sin conocimiento en el campo de juego?

Aunque la imagen de un deportista cayendo desplomado remite de inmediato al fantasma de los paros cardíacos, el caso del volante alemán expuso que el cuerpo humano tiene distintas formas de interrumpir su funcionamiento ante la exigencia. Desde el departamento médico del club bávaro confirmaron que el jugador fue diagnosticado con una disfunción neurológica episódica que le provoca crisis de ausencia breves. Los profesionales aclararon que se trata de alteraciones temporales en la actividad eléctrica cerebral que, si bien resultan alarmantes en plena competencia, responden favorablemente al tratamiento médico y no dejan secuelas graves.

Sin embargo, el susto de Musiala es solo el capítulo más reciente de una serie de episodios que vienen conmocionando a las canchas del mundo, obligando a repasar cada caso para entender la naturaleza de estos colapsos.

Andrés Felipe Román (Febrero de 2021/Junio 2025)

El lateral colombiano vio frustrado su pase a Boca Juniors luego de que los chequeos médicos obligatorios detectaran una sospecha de miocardiopatía hipertrófica, una alteración en la que el músculo cardíaco se engrosa de manera anormal. Aunque posteriormente fue habilitado para jugar bajo estricto control, Román volvió a encender las alarmas en junio de 2025 al sufrir un mareo y desplomarse en pleno partido entre Atlético Nacional e Independiente Santa Fe. Si bien los estudios electrocardiográficos de urgencia descartaron fallas cardíacas graves, el susto reabrió el debate sobre la prevención.

Andrés Felipe Román en Millonarios de Colombia.

Christian Eriksen (Junio de 2021/Junio de 2026)

El caso que marcó un antes y un después en la toma de conciencia global ocurrió durante la Eurocopa. El mediocampista danés se desplomó en el partido ante Finlandia tras sufrir un paro cardiorrespiratorio provocado por una fibrilación ventricular. Morten Boesen, médico de la selección danesa, explicó que el jugador estuvo clínicamente muerto y que la reanimación con desfibrilador en el minuto dos le salvó la vida. Tras regresar a la competencia con un cardiodesfibrilador implantado, Eriksen volvió a sufrir un desmayo en junio de 2026 durante un amistoso entre Dinamarca y Ucrania. Aunque el propio jugador llevó tranquilidad aclarando que su dispositivo respondió correctamente para protegerlo, el nuevo episodio obligó a suspender el partido.

Christian Eriksen jugando para Dinamarca.

Sergio Agüero (Octubre de 2021) 

El delantero argentino sintió un malestar en el pecho y mareos durante un partido del Barcelona frente al Alavés. Los estudios posteriores revelaron una arritmia ventricular originada por una pequeña cicatriz en la pared del corazón, posiblemente secuela de una infección o miocarditis previa no detectada. Su cardiólogo, el Doctor Roberto Peidro, explicó que la exigencia física extrema activaba ese foco eléctrico anómalo. Ante la imposibilidad de garantizar que el episodio no volviera a repetirse a máxima intensidad, la recomendación médica responsable fue el retiro definitivo del fútbol profesional.

Sergio Agüero en Barcelona.

Javier Altamirano (Marzo de 2024)

En medio del partido entre Estudiantes de La Plata y Boca Juniors, el futbolista chileno comenzó a convulsionar sobre el césped, generando dramatismo inmediato. Sin embargo, su diagnóstico demostró que no todo colapso es de origen cardíaco. El parte médico oficial detalló que el cuadro se debió a una trombosis del seno longitudinal superior, es decir, la formación de un coágulo venoso en el cerebro. Al fallar el drenaje sanguíneo cerebral, el sistema nervioso reaccionó con una descarga eléctrica anormal que desencadenó la convulsión.

Javier Altamirano en Estudiantes de La Plata.

Juan Izquierdo (Agosto de 2024) 

El defensor uruguayo colapsó en el Estadio Morumbí durante un encuentro de Copa Libertadores entre Nacional y São Paulo. Su caso representó la cara más dolorosa de esta problemática, una arritmia ventricular desencadenó un paro cardíaco durante su traslado al hospital, provocando una falta prolongada de irrigación sanguínea al cerebro que derivó en un daño neurológico irreversible y su posterior fallecimiento.

Juan Izquierdo (1997 – 2024).

Edoardo Bove (Diciembre de 2024) 

En pleno partido de la Serie A frente al Inter de Milán, el joven volante italiano de la Fiorentina cayó desvanecido sin haber sufrido ningún impacto. Tras su traslado de urgencia, los médicos determinaron que sufrió un síncope por una alteración eléctrica momentánea en el miocardio. Al igual que con Eriksen, la rápida intervención en cancha logró estabilizarlo, y posteriormente se le implantó un cardiodesfibrilador automático para prevenir futuros episodios mortales.

Edoardo Bove en Fiorentina.

Jamal Musiala (Agosto de 2026)

El caso más reciente sumó una perspectiva neurológica a la discusión cuando el jugador del Bayern Múnich sufrió dos desvanecimientos seguidos en pretemporada. A diferencia de las arritmias cardíacas que ponen en riesgo inminente la vida, el diagnóstico de crisis de ausencia expuso cómo el estrés físico y la sobrecarga metabólica también pueden provocar cortocircuitos temporales en el sistema nervioso central.

Jamal Musiala jugando para Alemania.

La respuesta detrás de la problemática: el límite de la biología humana

Al analizar estos episodios de manera integral junto con los testimonios médicos, surge un consenso claro, no estamos presenciando una epidemia de deportistas enfermos, sino las consecuencias directas de llevar la máquina humana a su límite biológico absoluto.

La razón principal detrás de esta aparente frecuencia radica en la combinación de una exigencia física sin precedentes y la saturación de los calendarios competitivos. El fútbol moderno impone ritmos de juego, aceleraciones y distancias recorridas que superan cualquier registro histórico, todo coordinado dentro de una agenda asfixiante que reduce al mínimo los tiempos de recuperación biológica. Esta sobrecarga crónica somete al organismo a un estado de fatiga constante que desgasta tanto el sistema cardiovascular como el nervioso, disminuyendo el margen de tolerancia que el cuerpo tiene ante cualquier pequeño desbalance.

A esta presión extrema se suma el hecho de que la intensidad de la competencia actúa como un catalizador imparable. Muchas afecciones cardíacas eléctricas o genéticas, así como ciertas predisposiciones neurológicas, permanecen absolutamente asintomáticas durante el reposo o la vida cotidiana. Sin embargo, cuando un atleta somete su cuerpo al rendimiento máximo, esas anomalías silenciosas quedan expuestas de forma abrupta, detonando arritmias o síncopes en plena cancha.

Por otro lado, la percepción pública de que estos episodios ocurren con más frecuencia también está moldeada por el avance de la tecnología médica y la hipervisibilidad mediática. En décadas pasadas, muchos desvanecimientos leves se catalogaban simplemente como deshidratación o cansancio, mientras que hoy la medicina preventiva utiliza mapeos eléctricos y resonancias de alta precisión que detectan fallas imperceptibles y fuerzan el retiro de un jugador antes de una tragedia. Sumado a esto, las transmisiones en alta definición y la inmediatez de las redes sociales hacen que cualquier colapso le dé la vuelta al mundo en segundos.

En definitiva, la sucesión de estos casos revela una tensión inevitable entre las exigencias de la industria del entretenimiento deportivo y los límites infranqueables del organismo. La verdadera victoria de la medicina moderna en este contexto no pasa por evitar que el cuerpo humano se agote, sino por la efectividad de los protocolos de emergencia y la presencia obligatoria de desfibriladores en cancha, herramientas que están logrando salvar vidas allí donde la biología del atleta dice basta.