Hay dolores que no sanan con el tiempo, sino que se habitan. Se transforman en el motor de una marcha lenta pero implacable, con un pañuelo blanco atado al cuello que desafía al olvido. El domingo 14 de junio de 2026, a solo dos semanas de cumplir 96 años, falleció en el Hospital Italiano de Buenos Aires, Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, a quien el país entero y las generaciones que crecieron al amparo de su voz conocieron sencillamente como Taty Almeida. Con ella se despide una parte fundamental de la historia por la defensa de los derechos humanos en Argentina.
Para comprender la magnitud de su transformación y la impronta de su militancia es necesario desarmar el mito y mirarla en su complejidad. Taty no nació militante; su matriz era otra. Nacida en el barrio porteño de Belgrano en 1930, creció en el seno de una familia de estirpe estrictamente militar. Su padre fue un oficial de Caballería y sus hermanos también siguieron el camino de las armas. Ella misma se formó como docente, se casó con Jorge Almeida y crió a sus tres hijos —Jorge, Alejandro y María Fabiana— bajo los valores de un entorno que miraba la realidad desde el orden y las jerarquías tradicionales. Durante mucho tiempo, Taty compartió los prejuicios y miradas de aquel sector. Pero la historia, con su reverso más trágico, golpeó a su puerta antes de que comenzara formalmente la dictadura militar de 1976.

El punto de quiebre absoluto de su vida ocurrió la noche del 17 de junio de 1975. Alejandro Martín Almeida tenía entonces 20 años. Era una madrugada calurosa de febrero cuando nació y sus amigos lo apodaban «El Principito». Trabajaba en la agencia de noticias Télam y en el Instituto Geográfico Militar, mientras cursaba el primer año de la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Aquella tarde de junio, Alejandro le avisó a su madre que al día siguiente no iría a trabajar porque debía rendir un examen parcial. Salió de la casa al anochecer prometiendo que volvería enseguida. Nunca regresó. Alejandro fue secuestrado por la organización paramilitar Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón.

El impacto desmoronó el mundo conocido de Taty. Al principio, recurrió a sus contactos y conocidos dentro del ámbito castrense, convencida de que se trataría de un error o de que sus vínculos familiares le permitirían encontrar respuestas. El silencio que recibió como única réplica de sus pares fue la primera gran revelación del horror. Su mirada sobre el país cambió radicalmente. Entendió que la búsqueda no podía ser individual ni silenciosa. En 1979, venciendo miedos y prejuicios, se acercó a aquel grupo de mujeres que caminaban en círculos alrededor de la Pirámide de Mayo. Posteriormente, tras la división interna del organismo en 1986, consolidó su labor en Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
La reconstrucción del lazo con su hijo tuvo un hito conmovedor cuando Taty encontró una libreta de veinticuatro poemas que Alejandro había dejado escondida. En esos versos urgentes, el joven anticipaba el destino y se despedía con una lucidez desgarradora: «Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga pero honesta / si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero / dejaré en el viento el último aliento para decir te quiero». Esos textos se convirtieron en banderas. A finales de 2025, Taty encabezó la presentación del libro póstumo “Alejandro por siempre amor”, demostrando que la poesía y la militancia compartían una misma raíz de resistencia.

Taty Almeida se caracterizó siempre por un estilo de militancia donde la firmeza no excluía la ternura. Tenía una enorme capacidad para conectar con la juventud y con los trabajadores. En sus discursos no había espacio para el rencor estéril, sino para la exigencia rigurosa de Justicia, Memoria y Verdad. Su figura, siempre lúcida frente a las coyunturas políticas, se mantuvo activa hasta sus últimos meses de vida, acompañando las demandas sociales contemporáneas y transmitiendo el legado a quienes debían continuar la posta.
Se fue Taty, pero queda el eco de sus palabras, los poemas rescatados de Alejandro y la certeza de que las despedidas son, verdaderamente, esos dolores dulces. Y su pañuelo blanco (que también es nuestro) queda suspendido en el aire de la Plaza, custodiando los pasos de los que todavía marchan.
Foto portada: Mariana Eliano
Fotos interior nota: Créditos a quienes correspondan



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