El pasado viernes 28 de noviembre, en el Microestadio Municipal de Garín, tuvo lugar una noche destinada a no morir en el olvido: adentro, una calidez humana e intensa, afuera, un cielo amenazante que prefirió callarse. Las Pastillas del Abuelo, banda que desde comienzos de los 2000 encarna el alma del rock barrial —mezclando rock con murga, reggae, candombe, chacarera, jazz, country— volvió a demostrar por qué su música resuena en toda una generación.
En Garín, el microestadio se transformó en una caldera emocional. La transpiración, la euforia, el goce colectivo, la música: todo se fundió. Durante cerca de dos horas —sin pausas ni respiros— la banda soltó tema tras tema con una polenta arrolladora. No hubo descansos, ni silencios incómodos; hubo entrega. Esa manera de tocar que parece decir: “somos uno con ustedes”.

El repertorio —pensado para una velada íntima, pero estimulante— recayó sobre clásicos de vieja escuela (y no tan vieja), esos que forman parte de la historia compartida. Canciones como: “Rompecabezas de amor”, “Rocanrol n’ n’ n’”, “Enano”, “Viejo Karma”, “Ojos de dragón”, “Ama a quien llora por ti”, “Azúcar impalpable“, “Otra vuelta de tuerca”, “Tantas escaleras” y “Loco por volverla a ver”, regalaron ese tinte nostálgico que solo quienes crecieron escuchando la banda conocen. Fue un setlist cargado de memorias, de himnos que no necesitan presentación.
Y en ese clima, en un momento claramente especial, Piti Fernández -sosteniendo una remera con una imagen de Maradona- hizo una pausa breve, pero cargada de emotividad: “Elegimos muy bien nuestro suelo”, dijo antes de que comenzara “¿Qué es Dios?”. Una frase que no llamó a grandes discursos, ni arengas políticas; fue un guiño sencillo, orgulloso, de pertenencia. Un reconocimiento profundo a esas raíces que hicieron de Las Pastillas un fenómeno más allá de la música: una identidad construida en el tiempo, un barrio de puertas abiertas, una comunidad organizada alrrededor de la fiesta pastillera.


El clima afuera amenazaba: nubes grises, humedad, algún viento intermitente, promesas de lluvia. Pero adentro, ese calor tan particular —que se siente más en la piel que en el termómetro— copó cada rincón del lugar. En un espacio cerrado, con la banda tocando de corrido, se creó una atmósfera de comunión. Pero la duración no importó: lo que valió fue la intensidad del momento, la proximidad, el sentido de pertenencia en estado puro
Porque, a casi 23 años de su nacimiento en los barrios porteños, Las Pastillas del Abuelo no solo siguen vigentes —ya son una fuerza colectiva que transforma escenarios en living de barrio, que convierte canciones en himnos de calle, que transforma cada nota en un puente entre la gente.
Esa noche, en Garín ocurrió algo más que un show: fue un reencuentro, un recordatorio de lo que significa ser parte de algo grande, de lo que puede hacer la música cuando late en el pecho de un pueblo. Una noche al calor del rock barrial, con reminiscencias de fernet y charla en la vereda, y guitarras rasgando. Con risas, recuerdos, nostalgias compartidas y la certeza de que, cuando tocan Las Pastillas del Abuelo, no importa el lugar: importa vivirlo con fuerza, locura y libertad.




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