Coberturas

Octafonic en Niceto: los budas no mueren; continúan

Para cierta porción del budismo, la realidad final está libre de todo tipo de preconceptos: si debiera ser en inglés o en castellano, si es ensamble o banda, si es eléctronica, jazz, rock o pop… Octafonic continuó como el Gran Buda y las nociones le fueron esquivas en Niceto.

Octafonic
Octafonic

Para una extensa fracción del budismo, Nirvana es sinónimo de libertad: es el objetivo a alcanzar. Paralela a Nirvana, viaja irónica la única verdad capaz de superarle: Nirvana no es un lugar alcanzable y, menos que menos, un objeto que se pueda poseer.

Su propia existencia es la misma que la sostiene en su inmensidad y la opaca. Occidente piensa en Nirvana y le asalta un dolor de cabeza aguijoneador. Desde el pedido por una mera definición ya se alza el forcejeo: Nirvana no existe para que lo intentes definir… pero se desvive en hacerte cambiar de parecer.

Pareciera estar conformado por una sumatoria de opuestos que conviven y se nutren entre sí: vivir o morir, ser o no ser, ir o venir, tener o no tener, definir o no definir. Aunque, en realidad, no es nada de eso. ¿Ves? Un despelote.

Nirvana puede ser visto como la eliminación de todos los puntos de vista; de todas las percepciones equivocadas. Estas nociones o ideas sirven como base para el mal entendimiento y sufrimiento del budista quién, mediante el ejercicio de la observación profunda e introspectiva, buscará ser “conducido al Nirvana” y hacia la totalidad o realidad final. En ella, espera alcanzar la tan ansiada libertad que lo ampare (para siempre y por completo) lejos de las ataduras del miedo: principal opositor de la felicidad plena.
img_3786Octafonic respira hondo y se le ensancha el pecho. Es “todo a pulmón” como define Nicolás Sorín (voz, sintetizadores). Octafonic está encima, detrás, a los costados y cerca del escenario y no puede evitar sonreír ante la respuesta inequívoca del público: aplausos. Toda banda busca esa gratitud y esta sabe que ha dado con el fiel secreto que le permitirá seguir vital en su avance y de cara al futuro.

Ocho pequeños budas sueñan con la grandeza de estar vivos para sentir la iluminación en su rostro. Dado el devenir trascendental de Mini Buda” como título de su segundo disco, Octafonic se plantea la excusa perfecta para desligarse de los preconceptos propios que carga desde su génesis como grupo. ¿Por qué cantan en inglés? ¿Por qué no mejor en castellano? ¿No es demasiado electrónico? ¿No es demasiado rock para una banda de jazz? ¿No son muchos para una banda? ¿Qué género hacen?

Luego de un año de lo más afortunado (y con perlitas tales como su invitación al aniversario por los diez años del Konex o su propio Vorterix, entre otras), Octafonic cierra confiado este capítulo para retomarlo en 2017.

Cercanas las diez en punto de la noche del último sábado que osa abandonarnos, una vocecita distorsionada e infantiloide barre con el silencio y acerca a los individuos desperdigados por todo el interior de uno de los colosos de la Avenida Coronel Niceto Vega en materia de espectáculos musicales.

Octafonic enciende la pólvora y su brillo recién se tornará difuso al palpar la medianoche. Suenan “Welcome to Life”, “Mistifying” y “God”. Niceto le sienta hipnótico al grupo, al igual que sus contrastes: la solvencia y sobriedad en sus cuerpos por el uso de trajes formales finaliza en uno de los íconos patentados del rock: las zapatillas.
img_3876Chispean los tintes de Octafonic y sus decisiones son acertadas. Agregarle visuales a su espectáculo y perderse el ambiente jazzero que recrea la característica pared de ladrillo de Niceto (la cual ha servido y servirá de espalda para tantos que vengan a ofrecer sus melodías) sería casi tan inviable como que procedieran a removerle los espejos horizontales que abrazan al público por los costados.

A Leo Paganini (saxo tenor) y Francisco Huici (saxo barítono) se los ve en la línea de fuego en Plastic”, codo a codo con el bajo y la guitarra, preparados para comerse la canción. Los héroes detrás de los vientos sortean inconvenientes en los que el público no depara debido a su nivel de técnica y profesionalismo como músicos. Sus instrumentos proporcionan menos notas de las verdaderamente disponibles y las faltantes yacen como restos en el suelo y crujen bajo sus pies. A pesar del remolino, no flanquean y la gente agradece, una tras otra, ejecuciones óptimas.

“Love”, “Whisky Eyes” y “Mini Buda” son festejadas de formas diversas: con un mudra (posición de las manos para despertar canales energéticos dentro del cuerpo, por ejemplo, unir la punta del pulgar con la del dedo mayor), las primeras señoritas sobre los hombros de sus amigos o parejas o con un certero movimiento de cabeza hacia adelante y hacia atrás en busca de los ritmos del Chino Piazza.

Octafonic es una onda: por momentos, intensa y, de a ratos, suave y elegante. Wheels” y TV “desembocan en el comentario de Hernán Rupolo (guitarra): “mi vida es un infierno”. Harto de pelear con la correa de su instrumento, encuentra el apoyo del público y conversa con la banda que, entre voces con efectos y el choque que produce poder ver las caras de quiénes las generan, hacen más hilarante el mal trago.
img_3917¿Qué más podría decirse de la versatilidad de Octafonic que no se haya dicho ya? De repente, Leo Costa (sintetizador) pareciera retirarse al camarín en busca de una respuesta. El grupo lo nota y, para alentarlo en su regreso, improvisa una cumbia que el público aplaude con ahínco. Vuelve Costa y vuelve el setlist: Nana Nana”, “Monster”, “I’m Sorry”, “Fool Moon” y “Sativa”.

Los músicos no parpadean ante los cambios de tempo y finales que pudiese marcar Sorín sobre la marcha. La gente frente a compases que pudiesen resultar “inusuales” o la “temida” barrera del idioma… tampoco. Este público responde a You can take”, Over”, Slow Down” y That’s OK” sin inconvenientes.

Dicen que “en boca cerrada no entran moscas” pero con Hernán Rupolo es una premisa imposible de sostener. Sus solos sobre las seis cuerdas son atrapantes y no te permiten digerirlos de a poco.

Para cerrar la noche, el encore está dedicado al próximo presidente de los Estados Unidos. “Este es un tema político y quién mejor que Tito (Fuentes, de Molotov) para esto… Solo voy a decir: ¡chinga tu madre!” Octafonic se fue con What”.

En el budismo, todos los puntos de vista son puntos de vista equivocados. Tanto es así que Buda no murió… continuó. Continuó hacia su encuentro directo con la realidad, producto de la observación profunda. Octafonic ha visto a su alrededor y ha formado un producto mixto e indefinible como Nirvana y tal vez su riqueza se halle en que balancee sus opuestos y derribe los preconceptos, para desligarnos del miedo a lo nuevo y así alcanzar la plenitud. El Gran Buda siempre buscará ser más sabio.

Fotos de Sofía Garay

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