Coberturas

Octafonic atravesó las diagonales con su “Mini Buda”

Octafonic sigue creciendo y llevó "Mini Buda" al Teatro Bar de La Plata para darle rienda suelta a un ritual de baile transgenérico.

Octafonic en acción
Octafonic en acción

“Así es, acá vengo vuelto loco. Flores de loto en mi cerebro; buscando el nirvana, ya sabés, las cosas nunca serán iguales.” advierten las primeras estrofas de Mini buda, tema que da nombre al disco. El ritual estaba pactado para las 21 en El Teatro Bar de La Plata en 43 entre 7 y 8. Octafonic llevaba por primera vez a la ciudad los temas de su reciente disco.

Antes de los ritmos eclécticos y los poderosos sintetizadores, Facecream estrena el escenario sacudiendo al público con sus temas hard rock alternativo de su nuevo EP Plan. Algunos aprovechan para corear en español y calentar motores antes de la llegada de los monjes, luego de tocar 25 minutos la banda agradece la invitación, saluda al público y se retira del escenario.

Rozando las 22:26 se apagan las luces. Un sintetizador comienza a sonar, se corre el telón y Nico Sorín lanza un hello agudo, con delay y efecto de voz. Octafonic da así la bienvenida al ritual con “Welcome to life”. A pocos metros del escenario las sillas quedan vacías y, en consecuencia, la primera fila completa de gente que entra en sintonía con la esencia viajera e inquieta del tema. Los aires jazzeros de los saxos sacuden a la gente. El ritual ha comenzado.

La primera sorpresa de la noche: faltan las túnicas. Esta vez la banda rompió la rutina y subieron de saco negro y corbata. Cirilo y Leo tienen corbatas rojas, el resto corbatas negras salvo Rupolo que sólo lleva puesto un saco y una camisa negra.

La cosa se pone más movida y punchi con la sacudida de cabezas de “Mystifying”. Las luces también siguen un patrón rítmico y hacen que el espectáculo sea también visual. Una vez terminado el tema Nico deja por un momento el inglés para saludar formalmente al público. “Esta es la cuarta vez en La Plata. Muy felices de estar acá”. Y dicho esto arrancan “God”.

Hernán Rupolo termina de entrar en calor y descubrimos que debajo del saco tiene una camisa manga corta negra. En “Plastic” el Tano se suma a los coros poderosos y contundentes. Entre la muchedumbre del pogo, un flaco alto de pelo ondulado y oscuro levanta su puño derecho al aire y canta como si el inglés fuera su idioma natal. La imagen se repita a la izquierda y a la derecha y en casi todas partes donde haya alguien parado. Hacia el final el tema cobra aires “prodanos” con un Nico saltando y gritando con furia “you are so plastic”. Siguiendo con fidelidad el orden del disco viene “Love“, en el que los sintetizadores y el ritmo ecléctico de la batería (mención especial para el Chino Piazza) se combinan a la perfección.

En “wheels” el headbacking del público transforma las cabezas en olas. Nico llama a meditar un poco pre anunciando así el tema que da nombre al disco. La noche entra en su fase más potente, y el cantante lanza las estrofas como puñaladas que obligan al cuerpo a moverse. Nuestras almas a la luz y las luces del escenario, también cumpliendo su rol, se quedan prendidas en los dos momentos en que el grupo cierra los ojos y extiende las dos manos con los dedos juntos. Entre los fieles se repite casi religiosamente la pose, y los cánticos del “Mini buda” resuenan como un eco en todo el lugar. La devoción por el efecto hindú de la voz se traduce en un solo que termina de destruir todos los parámetros. El nirvana genérico.

Nico vuelve a hablar al público, esta vez para presentar formalmente al grupo. De izquierda a derecha Hernán Rupolo, Juan Manuel Alfaro, Leo Paganini, Francisco Huici, Ezequiel “Chino” Piazza, Nicolás Sorín Mariano “Tano” Bonadío, Leo Costa y Cirilo Fernández reciben el aplauso y el afecto de los fans. La banda agradece el reconocimiento de con la divertida “Nana nana”.

Siete de los nueve integrantes dejan el escenario, y quedan Piazza y Rupolo haciendo una zapada bien rockanrollera para que el Peludo descosa la guitarra cuerda por cuerda y se gane un coro al unísono de su apodo. Después de la conmovedora y sentida “TV” el resto de la banda se quita los sacos y llaman al monstruo, líder y emblema del primer disco. Algunos fans habrán escuchado más que otros los temas de Mini buda, pero todos conocen “Monster”. El pogo se activa de forma significativa y el grupo arriba del escenario también: Rupolo se luce de nuevo con un solo potente y virtuoso; Y Nico se pone en director de orquesta despertando aplausos exacerbados, los saxos hacen la suya y le ponen su marca registrada al tema; Piazza hace honores a la tradición bonhamiana, y el resto de la banda se corre del escenario para que el monstruo rítmico se apodere de él y haga con la batería lo que mejor sabe hacer: de todo.

Por si no quedan dudas, Nico avisa: “de acá en adelante se empieza a desvirtuar el show”. En “I’m sorry” la gente caza de inmediato el ritmo del tema y la banda los felicita. Con “Sativa” el grupo entra en un trance rítmico con aires de batucada, en el que Piazza y Bonadío toman el estandarte y el efecto del bajo de Cirilo Fernández como marca registrada. “Ya estamos viejos para esto” bromea Sorín dando a entender que el recital está entrando en su etapa final. “Se viene el apocalipsis” anuncia y da inicio a “Over”.

En “Slow down” las melodías de los saxos sobre una base rítmica se mezclan con cortes pesados y cantos guturales que son un knock-out perfecto para cerrar el disco. Con la balada “That’s ok” el ambiente se relaja y se torna emotivo. Ya con todo listo para terminar Rupolo toca jodiendo dos acordes en ritmo de cumbia, y las palmas marcando el pulso no tardaron en llegar. La situación acaba con los músicos cantando Gilda con sintetizadores y El Teatro convertido en una bailanta, corroborando así que antes que cualquier cosa les divierte lo que hacen arriba del escenario.

El ritual se cierra con el potente grito “Were gonna rip off your head” propio de una trompada a la altura de “What?“. La banda se despide del público que manijea con otra canción más:“Están re loquitos estos muchachos. Eso me cabe” dice Sebastián, que vino a los otros tres recitales en la ciudad.

“Reencarnarse en el paraíso. Sentir demasiado la intoxicación.” El ritual terminó. Transgenérico, movido, pesado, emotivo. La Plata recibió la locura y el frenetismo del Mini buda de la mano de Octafonic. Por supuesto la intoxicación quedará… hasta el próximo encuentro.

Juan Manuel Vera Visotsky

Fotos por Florencia Dakuyaku

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