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Van Gaal: un carácter con historia

El holandés marcó una época con sus metodos de trabajo y se tomó un descanso del fútbol. ¿Qué relación mantuvo con los jugadores argentinos a su cargo?

La familia es algo que define. Forma, educa, lleva por un lado o trae hacia otro. Alegra,  divierte, entristece o endurece, pero nunca pasa desapercibida. Así, “por cuestiones familiares”, Louis van Gaal se tomaría un tiempo para pensar su retiro con 65 años. Su nacionalidad holandesa y su aura al más puro estilo “Men of Honor”, guardan consigo no sólo 4 países, 5 clubes, un seleccionado y mil historias sino un trasfondo que lo define.

Son muchas las anécdotas que develan el modelo de vivir y trabajar de Lucho van Gaal. Como, por ejemplo, cuando en plena charla táctica en su llegada a Bayern Munich, y bajo lo que Luca Toni definiría como “una locura”, se bajó los pantalones y les hizo saber a todos que si tenía que dejar a alguien afuera lo haría, porque las tenía bien puestas. Claro, en su idea no había nada más primordial que la disciplina. El fútbol, decía, era un juego de conjunto y la puntualidad, la buena alimentación, el cuidado físico y la inteligencia debían ser aristas conjugadas para lograr el objetivo. Si veía que los jugadores tenían predisposición a hablar de fútbol en momentos de fisioterapeuta, se extendía la sesión. Si cada jugador debía conocer al máximo las virtudes y defectos de sus compañeros, los reunía en un círculo, los hacía tomarse de la mano y, sin soltarse, debían hacer alguna actividad conjunta. Si el fútbol es evolución, su esquema atendería al pie de la letra al cambio.

Como jugador supo ser un discreto pero inteligente mediocampista del Sparta Rotterdam. Sin embargo, fue en Ajax donde vivió su apogeo como entrenador: con sólo 36 años, comenzó a coordinar las inferiores del club y, pocos meses luego, se convirtió, primero en entrenador a corto plazo, luego ayudante del DT principal y, posteriormente, en técnico de la primera, generando polémica al principio. Borró a figuras como Dennis Bergkamp, aplicó su código de conducta y estableció pautas estratégicas básicas: su esquema era un 3-4-3, con especial hincapié en que la salida era por abajo, el 5 debía crear juego y el enganche, sacrificarse en la salida del rival y ser el puntapié del pressing. Eso se vería a futuro: luego de ganar Copa UEFA, Liga y Champions, recaló en Barcelona y se topó con alguien que pondría a prueba su idea.

El Barca vivía la peor crisis política de su historia reciente, con un déficit importante y la renuncia de su presidente. Pero en medio de todo eso, la renovada directiva no apoyaba al cuerpo técnico elegido: mientras van Gaal pedía a Mendieta o Kily González, le trajeron a la incipiente figura sudamericana, Juan Román Riquelme, más cercano a ser libre que a atenerse a una conducta táctica particular. Años luego, el ex Boca destacaría su sinceridad: “Fue honesto y me parece bien. De entrada, vino y me dijo que con pelota era el mejor del mundo y, sin ella, jugaba con uno menos”. Todo, después de que el 10 metiera dos asistencias en su debut… El experimento con Román de 8 no funcionó y, aunque hoy lo recuerda con estima, en su momento pasaron un mal trago, con peleas que, aún en estos días, quedan en la intimidad.

Supo elogiar a Ortega (“me encantaría dirigirlo, sabe jugar para el equipo”), a Juan Sebastián Verón (“porque puede mejorar el rendimiento grupal”) y a Mauricio Pellegrino (“es un defensor con gran liderazgo y buen panorama táctico”). Incluso influenció –sólo en lineamentos futbolísticos generales- a uno de los técnicos argentinos de mayor renombre a nivel mundial: Marcelo Bielsa, quien en su obsesión por los videos, el conocimiento ajeno y el fútbol ofensivo aplicó como nadie para ser el mejor discípulo del holandés. Más allá, claro, de que van Gaal decidiera separarse y bromear con: “es más defensivo que yo”.

No obstante, el jugador latino, menos atado al esquema y con más goce de la creatividad en libertad, siempre le ha sido un duro problema no sólo por ese fútbol sino también por su llegada a Europa con indudable estatus de estrellas, una especie de herejía para el método van Gaal. Encontró disputas con Rivaldo, Lucio, Chicharito Hernández, Falcao y Di María. Y sin embargo, fue en europeos como Franck Ribery (“fue una carga y un mal hombre”) o Stoichkov (“Es una basura, un día me lesioné y le preguntó a mi esposa cómo se podía haber casado con alguien como yo”) en quienes encontró críticas más fuertes.

En lo personal, nada le fue fácil. Nació en los ’50, en una familia de posguerra, su padre falleció cuando apenas era un nene y décadas luego perdería a dos de sus hermanos. Le costó como jugador, vivió su manejo comprometido y la polémica en carne propia como entrenador y aun dirigiendo al seleccionado debió soportar embates mediáticos. La vida jamás le guardó regalos. O tal vez sí. Uno en particular, en las inferiores del Ajax. Al principio, una amiga. Un poco después, pareja, soporte y compañera. Al menos hasta 1995, cuando se le detectó lo peor. Un cáncer de páncreas e hígado y la tragedia, como un manto continuo en su vida, le atacó por donde más le dolía. La prensa, las muestras interesadas y ciertas pancartas despreciables en los estadios sumaron para que esa sea la ventana a su nuevo carácter. Y la familia, como en toda su vida, como en tantas de las nuestras, supo ser de influencia definitiva para Louis van Gaal.

Por Julián Giacobbe.