Opinión

Ojalá hoy sí hablemos de lo que pasó en Cromañón

Se cumplen 12 años de la Tragedia de República Cromañón que se llevó la vida de 194 pibes e instaló en la sociedad y en la opinión pública la "Riverbocarización" del Rock. O estás con Callejeros o sos anti. Detrás de eso, los elefantes desfilan y aseguran la injusticia por siempre.

Se cumplen 12 años de la Tragedia de República Cromañón. Ya es hora de abordar el tema en serio. De hundir el cuchillo en lo que pasó y preguntarnos nombres, motivos, cargos, vistas gordas. A todo eso ponerle nombre y apellido. Saber. Conocer. Realmente investigar lo que pasó.

A 12 años, el dolor sigue siendo el mismo, o incluso más, ya que viene tamizado de la posibilidad latente que el olvido se haga presente y retrase, aún más, la búsqueda real de verdad y Justicia. Dos de los ejes claves para intentar conseguir algo de paz y sosiego en medio de tanta muerte, locura e incredulidad que sobrevino el 30 de diciembre de 2004 y que cada 30 de diciembre se renueva.

¿Por qué todos saben el nombre de Patricio Rogelio Santos Fontanet y los otros 7 implicados de Callejeros y nadie sabe -o peor aún- ni siquiera se preguntó el nombre del bombero que firmó la habilitación, el nombre del inspector que dio el ok?

Cromañón, año a año es una reducción de nosotros mismos. Somos una sociedad amante de las dicotomías, Riverbocarista hasta la médula, todo es un Superclásico, para todo hay dos lados de la mecha únicamente, queremos resultados y no importa cómo se llegue a eso. En Cromañón aplicamos la misma fórmula. Nos encanta ponerle calificativo de “fan” a todo aquel que entienda que Callejeros no debe estar “preso”, nos encanta decir que “si vos creés que la banda no es culpable, te cagás en el dolor de tanta gente”, algunos, incluso, van más allá y dicen que hubo “justicia” porque los músicos están presos, Chabán muerto y un par de funcionarios públicos de aquel entonces cumplen penas rídiculas de un fallo aún más rídiculo. Así somos.

Ojalá este 30 de diciembre, en que la década ya empieza a alejarse y, muy de a poquito, asoma otra, nos pongamos el objetivo, la necesidad y la hidalguía de hablar de verdad de lo que pasó en Cromañón: ¿Por qué el plano aprobado no era el real? ¿Por qué las salidas estaban con candados? ¿Por qué donde debía haber extractores había una cancha de fútbol? ¿Por qué la mediasombra no era la correcta? ¿Por qué los matafuegos estaban vacíos? ¿Por qué no había agua en los baños? ¿Quién fue el responsable de todo eso? ¿Qué tiene que ver el SAME en la pésima atención post tragedia de esos minutos? ¿Qué policía, bombero y funcionario público firmó la habilitación? ¿Por qué nadie la revisó? ¿Por qué mientras algunas familias empezaban a llorar sus muertos y otras abrazaban a sus sobrevivientes, Aníbal Ibarra se reunió con los empresarios de la noche? ¿Por qué días después de la tragedia empezaron a clausurarse teatros, cines y otros lugares? Preguntas hay miles, pero ávidos de respuestas parece que somos pocos.

Gran parte de la sociedad careta en la que vivimos, capaz de aplaudir hasta el hartazgo la condena de papel por Cromañón e incapaz de preguntarse alguna de estas cosas vive creyendo que en Cromañón hubo Justicia. Quizás la empiece a haber cuando alguna, si no todas, estas preguntas salgan a la luz, hagan correr ríos de tinta, ganen espacio en los prime-time de los noticieros, mientras sigamos reduciendo todo a “Callejeros culpable”, “Callejeros inocente”, lo único que habrá será un “duelo de hinchadas”; un partido de fútbol, una dicotomía vacía por la que atrás pasan “Los elefantes” que no estamos viendo, porque estamos más exitados en ver cómo se dirime esa cuestión. Todos enjaulados, transpirados, apostando a ver qué postura triunfa. Eso es lo que siempre quisieron los que construyeron el discurso post-Cromañón en este país.

Ese discurso que culpó a una banda y se hizo bien el boludo con las responsabilidades políticas y sociales en torno a lo que pasó. Ese discurso que eligió hacer hincapié en “bengalas en un lugar cerrado” y omitió que Cromañón era una trampa mucho más mortal que cualquier bengala. Y lo omitió porque así lo eligió, porque las anteojeras le calzaron bárbaro, porque se sintió cómodo en ese lugar de “espectador de la tragedia”, control remoto en mano y alternando, cada tanto, un “pobre gente”; mientras se rascaba el ombligo. Ahora, de búsqueda real de la verdad: nada.

Llegamos a un nuevo aniversario. Son ínfimas las chances que Callejeros salga en libertad en las próximas 24/48 horas, así que los temores de Doña Rosa bien guardados estarán. Quizás, ya que eso no va a pasar, sería bueno aprovechar este día para hablar, en serio, de lo que pasó en Cromañón. Mientras algunos prefieran hacerse los boludos y en lugar de eso ir viendo donde pasan el 31 o qué pirotecnia china comprarán para celebrar el año, Cromañón nunca será justo y siempre será doloroso.

La construcción de la opinión pública, by Clarín