Quince años pueden ser mucho tiempo para una banda, pero Riel parece haber encontrado una manera bastante simple de atravesarlos: seguir cambiando. La celebración en La Tangente funcionó justamente como un repaso por las distintas etapas de su recorrido, pero también como una muestra de todo lo que todavía puede hacer el dúo de Mora Riel y Germán Loretti con guitarras, batería y una buena dosis de ruido. Lo que comenzó con su clásica formación de dúo fue creciendo canción a canción hasta convertirse en trío, cuarteto y finalmente quinteto, en una escalada sonora que terminó con el escenario tomado por distorsiones, guitarras filosas y melodías que se mueven entre el shoegaze, el dream pop y el post-rock.

La transformación de la banda fue también la manera de recorrer una discografía que nunca se quedó demasiado quieta. Los distintos formatos fueron modificando las canciones y permitieron que cada etapa tuviera su propio paisaje, pasando de momentos más íntimos y atmosféricos a otros donde el ruido ocupó prácticamente todo el espacio. Después de quince años, Riel volvió a demostrar por qué se convirtió en uno de los proyectos más representativos de la escena independiente argentina: porque puede moverse entre géneros sin perder esa identidad que construyó desde aquel comienzo en 2011.

La apertura estuvo a cargo de Crisá, que desde el primer momento se apropió del escenario con sus texturas y una propuesta de fuerte impronta personal. Entre su repertorio apareció también una particular relectura de “Lo único feo es no tener por qué vivir”, de Boom Boom Kid, llevada a su propio terreno.

Después fue el turno de Riel, que cerró la noche llevando la celebración hasta el extremo: cinco músicos, guitarras al frente, ruido, melodías y una pared sonora que terminó funcionando como la mejor síntesis posible de estos quince años. No hubo nostalgia quieta: hubo movimiento, transformación y ganas de seguir haciendo ruido.














Fotos: Casti



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