Está fresca la noche, pero a nadie que haya remontado un barrilete en la tempestad le importa. Se acerca el horario de arranque y en la esquina del Teatro Flores un muchacho busca una entrada. Él tampoco quiere perderse fecha tan significativa. Es que la banda de Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella cuenta la misma cantidad de veces que el seis luces no se hizo apretar. El muchacho no dijo su nombre; la guitarra que lleva colgando lo hace por él: quiere ser un grillo más, aunque sea desde afuera. Y nos pareció importante empezar este relato por acá, porque forma parte de lo que profundamente sentimos, adentro y afuera. Nos hubiera gustado hacer algo más que brindar a su suerte, con y por él. Ojalá su deseo se haya cumplido.
Con esa sensación, entramos, pensando: las metáforas no necesitan justificación. Son justas, aunque a más de unos cuantos les caigan como les caigan. Más si se tratan de entender por qué no se puede aunque se quiera. O de llevar los pedazos de nuestra bandera para recibir una sutura de emergencia, como el último disco propone. Una zurcida por más mínima, aunque sea de apuro (como se puede, con lo que se tiene, para seguir). De lo general a lo particular, y viceversa. Lo íntimo que abrace lo indivisible, para no perder esencia en la tarea de volver al apeirón, con el corazón en la mano.
Y es que hay algo de sanador en el encuentro. Mucho más en contextos sociales y culturales complejos, como el nuestro. Las elecciones metafóricas (como las estéticas) nunca son gratuitas. Hay un deseo de recomponer lo que se rompió, antes que se rompa del todo, porque los colores no se negocian y no significan lo mismo separados. En este sentido, un espectáculo, como toda experiencia, antes de volverse recuerdo es una búsqueda, un camino, un recorrido, con sus detalles, luces y sombras. Intentaremos develar algo de ese viaje, en definitiva, en el que vamos aliados, cifrado en el tiempo y la forma que sus intérpretes lo propusieron.




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