Está fresca la noche, pero a nadie que haya remontado un barrilete en la tempestad le importa. Se acerca el horario de arranque y en la esquina del Teatro Flores un muchacho busca una entrada. Él tampoco quiere perderse fecha tan significativa. Es que la banda de Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella cuenta la misma cantidad de veces que el seis luces no se hizo apretar. El muchacho no dijo su nombre; la guitarra que lleva colgando lo hace por él: quiere ser un grillo más, aunque sea desde afuera. Y nos pareció importante empezar este relato por acá, porque forma parte de lo que profundamente sentimos, adentro y afuera. Nos hubiera gustado hacer algo más que brindar a su suerte, con y por él. Ojalá su deseo se haya cumplido.

Con esa sensación, entramos, pensando: las metáforas no necesitan justificación. Son justas, aunque a más de unos cuantos les caigan como les caigan. Más si se tratan de entender por qué no se puede aunque se quiera. O de llevar los pedazos de nuestra bandera para recibir una sutura de emergencia, como el último disco propone. Una zurcida por más mínima, aunque sea de apuro (como se puede, con lo que se tiene, para seguir). De lo general a lo particular, y viceversa. Lo íntimo que abrace lo indivisible, para no perder esencia en la tarea de volver al apeirón, con el corazón en la mano.

Y es que hay algo de sanador en el encuentro. Mucho más en contextos sociales y culturales complejos, como el nuestro. Las elecciones metafóricas (como las estéticas) nunca son gratuitas. Hay un deseo de recomponer lo que se rompió, antes que se rompa del todo, porque los colores no se negocian y no significan lo mismo separados. En este sentido, un espectáculo, como toda experiencia, antes de volverse recuerdo es una búsqueda, un camino, un recorrido, con sus detalles, luces y sombras. Intentaremos develar algo de ese viaje, en definitiva, en el que vamos aliados, cifrado en el tiempo y la forma que sus intérpretes lo propusieron, pero también con la innegable subjetividad con que nos hizo mella.

Suenan las estrofas del Himno Nacional Argentino. El telón cerrado impoluto, color Blas Parera. Las luces se encienden. De pronto sale Ricardo, solo, a capella: oíd, mortales, el grito sagrado: ¡libertad! Con lo que falta cantarle y honrar a los conceptos, como a la bandera. Toda una declaración de principios, siempre, colgarse la escarapela. No deberíamos tener que destacar algo que debiera ser una costumbre, pero así las cosas. Somos los que somos, y así somos: el primer pogo es un desquite. Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir. No hace falta explicar la emoción del aplauso ¿o sí?

Abre el disco nuevo, tal como empieza. La presentación es el marco teórico (la sutura de emergencia). Aprendimos a buscar, con y pese a todos los desafíos de la época. Habrá que estar alerta y cuidar aquello que nos hace bien.

[Las luces se dividen en tres. Alternan, pero siempre de tres en tres. Como ellos]

Desempolvar los cuadros que el alcaloide soñó. Colgados hace tiempo…

Qué interpelación, las pasiones.

Jazmines en el cielo, y algo allá, más allá. El cielo en el cielo y el infierno, también.

¿Cuál es el cíclope del siglo? Ha de ser el vuelto de un gran favor. Ya mostraron la hilacha. Aunque el papel y la tinta no les pertenecen. No del todo, al menos. Aún tenemos cosas qué decir, qué sentir.

Los ciegos buscan rey y tres mosquitos en la rama compran “cien de libertad”.

¡Tenemos las bolas bien llenas, las nuestras!

[ Es posible que los solos en la música sean los únicos siempre acompañados, como son los contrastes los más incómodos incomprendidos. Por eso callamos cantos al pasar, pero bailamos en este carnaval. Y ese, probablemente sea el sostén de este andamiaje. ]

Lo ancestral, lo primitivo: el golpe que te abrazó en noches de frío.

No temas (todo) va a estar bien.

Es tiempo de cura. Hay que saber esperar. Volver al centro. Volver al silencio (a las bases).

Poner bafles en el mar. Amplificar el silencio (ese): la sabiduría natural de las cosas.

Es cierto: nada es igual. Cae la flor sobre su propia espina y no hay sueño que no lleve cicatriz.

¿Qué decir de las cicatrices? -otra vez, la sutura-.

Una nueva era de la boludez. Paranoia, cleptocracia, y van (grita el argentino).

Con todo, nuestro salvataje (con orgullo) seguirá versando en hacer cosas raras para gente normal, abrazándonos para no morir de frío.

Qué agregar, si no sos de ellos ¿cierto?

No vaya a ser que no es…

Vuelven sin amor por amor. Besos de paciencia. Corazón de ochava.

En estos días de perdón virtual, mientras crujen las tripas cantoras de este hambre mundial. La gente ¿se divierte? Sí o no, igual ¿cuánto es?

[Flores caen del cielo. Pueden ser gardenias, pero parecen ojos de poeta. Literal]

Cómo cuesta ser feliz 

(bostezando)

Ahí va el Capitán Beto…

Camalote va flotando. Arrastrado sin poder nadar. Y tapa pa’ tapar.

Ojo con las trampas de topo. La ansiedad, la angustia y la soledad. No son moco de pavo.

De brazos abiertos, las manos se juntan. Acercar un poco de uno. Acá y allá.

No hay acá sin allá. Nadie muere si vivió, ni lo olvidaron. Por eso, el homenaje necesario, indispensable, al solitario amor, con su ley de ausencias. Al exégeta de todo, la división y también la sutura. Para todos los que venimos de su escuela: la mano que sostiene la aguja.

De pronto, el silencio (ese, el de los bafles) y la bandera que estábamos esperando.

“Son argentinas, pero la República Argentina también es Argentina. Ojo” dijo Ricardo, y citó a Jauretche: “No es el gringo, es el criollo” -agregó-. “Así que guarda: el que no salta es un inglés, pero tenemos unos criollos que nos están haciendo pelota”.

Otra vez: remontar el barrilete en esta tempestad (…) hará entender que ayer no es hoy, que hoy es hoy.

El teatro estalló entero contra el gobierno. Porque sí, tenemos bien llenas las bolas, las nuestras. Y al menos los presentes esa noche, dijimos basta. No queremos que vendan al país, ni que destruyan nuestros derechos, la cultura y el futuro. Y claro que el que no salta es un inglés, ni un miserable. Se putea, se agita, se sonríe y finalmente se abraza al de al lado. Porque aunque ningún peón se coma al rey, hay que darle soga y poner humor a la verdad. No existen sin nosotros. Y el público de Divididos, es de Divididos, por la felicidad (como en el origen). No hay nadie ahí que no sepa por qué fue. A eso le apunta la esencia de la banda, pero no para su público, sino para toda la sociedad.

El viento dulce del oeste que pedalea hasta el amanecer.

[ Y la bandera quedó colgada del bafle, como lo que pide su argumento filosófico, en el mar]

Esa humedad de alma gaucha. Ya sabemos cuál (la que les falta).

Porque aunque estemos desnudos de ansiedad, los niños del WiFi resucitarán, igual que el Mi Mayor. Entender por qué es clave para destrabar. Es un gran momento para escuchar, no para sabérselas todas. Ni afanar, ni hacer de gil. El fondo que venga por uno y por todos. Tomar la posta. La pluma. El papel. Perderle miedo a la hoja en blanco, a lo que ya se fue o a lo que se puede ir. Y de nuevo: remontar el barrilete en esta tempestad…

¡Calmate, Cambalache! Ven por vos (o lo harán ellos).

Poetas, una vez más: traigan luz. Es un pedido ¿desesperado? y al mismo tiempo, un recordatorio. Hacernos eco y también tomarlo. Todos somos parte.

Hace falta sembrar poesías de sueños de ayer que trasciendan al ser. Todo está vivo a pesar del dolor, si sonreímos. No es redición, es redención: porque acá estamos. El universo espera. Nosotros no esperemos.

Todas las mañanas son iguales, sí. También pueden ser lindas, novedosas y especiales.

Como soñó un grupo de pibes que se cruzaron, con relojes a destiempo y convicción, aún entre colimbas. Paisanos de Hurlingham que encontraron un manual de supervivencia para ser felices, aún en la división, como proponía Curtis. El rock que nos parte la boca de un beso, con el atrevido respeto de una zamba en blues, una chacarera funk, o hacer de una ametralladora de parches, un recuerdo bonito que te saque a bailar. Es el surrealismo criollo. La aplanadora, le dicen. (Acaso deberíamos pensar en renombrar lo que nos infla, en lugar de aplastarnos).

Es curioso: la composición que menos tiempo les llevó armar, es hoy su sello distintivo, y también su aniversario. Debe ser por eso que transmiten tanta fuerza. El tiempo es ahora. Por muchos -pero también, una vez- más: el 38, está (y seguirá) cargado.