En la tierra, el Barcelona del 2009 deslumbraba con su juego a muchos de los humanos. En el cielo, atraía a algunos periodistas vestidos de ángeles, futboleros o no, que compartían mesa, vino y asado todos los fines de semana mientras observaban desde arriba el fenómeno blaugrana. Dante Panzeri, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Rodolfo Walsh, Osvaldo Ardizzone y Jorge Guinzburg, son algunos de los que se sentaban a debatir y a analizar a ese conjunto dirigido por Josep Guardiola.
Aquel día era especial. Diferente a todos los otros. Los muchachos del cielo sabían y eran conscientes de que a lo largo de todo el año el Barba les había adjudicado el permiso de ver los partidos del Barcelona desde la platea preferencial: la mejor nube, la más cercana, casi ubicada sobre el techo del Camp Nou, era la de ellos, siempre. Desde ahí analizaban los encuentros. Sin embargo, esa mañana del 19 de diciembre de 2009, cada uno de los integrantes de ese grupo de seguidores del equipo culé se levantó preocupado. Es que en aquella ocasión el cotejo era en otro estadio, en otro país, por lo que nadie les garantizaba su concurrencia. No entraba en sus cabales perderse ese duelo, esa final, ese Barcelona – Estudiantes de La Plata que definía al campeón del mundo. Al fin y al cabo, estuvieron presentes.
A diez minutos del comienzo del partido en los Emiratos Árabes, la mayoría de los integrantes del grupo ya estaban reposados sobre el nubarrón ubicado atrás del arco que luego defendería el arquero Víctor Valdés en el primer tiempo. Habían acordado juntarse a las 19.45, pero debido a motivos personales algunos retrasaron su llegada. Tal es el caso de Jorge Göttling, que se perdió la salida de los equipos al campo de juego porque el concierto al que había asistido ese mismo día, en el que cantó el tanguero Carlos Gardel, comenzó media hora tarde. O el de Horacio García Blanco, que arribó cinco minutos después de la apertura del encuentro tras una larga lucha con su cabeza. Blanco no sabía si asistir o no, puesto que la palabra Barcelona le traía malos recuerdos. Es que en la otra vida de carne y hueso, el periodista había ahorrado dinero por más de cuarenta años y esa plata iba a ser utilizada para el trasplante de uno de sus riñones, justamente en la ciudad de Barcelona. La operación nunca se efectuó. El motivo fue el corralito del 2001 en Argentina, que le imposibilitó sustraer el capital del banco. Un año más tarde Blanco murió y subió al cielo.
Abajo, la pelota ya rodaba por el césped. Arriba, los muchachos veían la final mientras miraban de reojo los bifes de chorizo, las morsillas y las costillas de cerdo que se asaban en la parrilla. Ellos se daban maña, como siempre, para contrabandear el alimento del pecado. Eran argentinos, se entiende. Pecado, porque San Pedro había decretado como ley la prohibición del consumo de carne.
Rondaban los quince minutos del primer tiempo y el grupo, al mismo tiempo que esperaba por la comida, trataba de hacer callar a Estanislao Villanueva. Las aceitunas que atragantaba sin respiro no le impedían a Villita hablar y seguir hablando del basquetbolista Leonardo Gutiérrez y su club, Peñarol de Mar del Plata, al que veía como favorito para obtener el título de la Liga Nacional de Básquet de ese año. Finalmente Bernardino Veiga logró enmudecerlo pegándole un par de gritos que lo dejaron más afónico que cuando relató aquel penal que Antonio Roma le atajó al brasileño Delem, en 1952.
En los primeros treintiséis minutos del encuentro no sobresalían emociones. Estudiantes jugaba de igual a igual y no sufría más que un par de llegadas aisladas del Barcelona. Mientras tanto, en la mesa de los ángeles periodistas divertían más los chistes que salían de las bocas de ese interminable e imperdurable dúo, conformado por Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya, que el encuentro en sí. Hasta que el grito de Mauro Boselli en la Tierra hizo retumbar el cielo. El Pincharrata sorprendió cuando marcó el 1- 0. Arriba, en aquella nube con forma de popular visitante, el gol lo gritaron la mayoría. Por inercia, por nacionalidad, por Argentina. No obstante, uno de los que más lastimó sus cuerdas vocales fue Ricardo Rodríguez. Borocotó, esa noche simpatizaba por el conjunto del entrenador Alejandro Sabella. Su explicación era la siguiente: “Yo hincho por el menos favorito”. Sacachispas, club al que fundó en 1948, quizá sirva para clarificar el por qué de aquella determinación.
El primer tiempo había finalizado. Todos los constituyentes de aquel concilio en el aire estaban anonadados. Estudiantes ganaba, y ganaba bien, por lo que los muchachos comenzaron a preguntarse, regla primordial de su oficio, que le pasaba en aquella noche al equipo del Pep.
En los primeros minutos del segundo tiempo el equipo catalán seguía manejando la posesión, había ingresado Pedro por Seydou Keita, en busca de mayor poderío ofensivo. Aunque el grupo súbdito del equipo español tuvo bastantes oscilaciones arriba. Mucha influencia tuvo el clima, maldito clima, que hizo que el viento diagramara nuevamente las nubes, por lo que se alejaron unos metros de la cancha sin ver lo que ocurría allí abajo.
Minutos más tarde todo volvió a la normalidad. Las ráfagas impartieron justicia y depositaron nuevamente a los ángeles periodistas a su lugar predilecto, en el que estaban antes. El conjunto del Pep seguía sin empatar. El reloj marcaba los ochenta minutos de juego. Estudiantes regalaba patadas -acumuló veintiocho a lo largo de todo el partido- y Barcelona regalaba fútbol, con la ausencia del gol. Tocaba, intentaba, cambiaba, volvía, atacaba, retrocedía, pensaba y nada. Definitivamente los dirigidos por Guardiola no podían.
Rodolfo Walsh, nervioso y preocupado, que tanto había hecho por su país en vida real, al punto de arriesgar su vida firmando con su nombre aquella Carta Abierta destinada a la Junta Militar, sentía unas incesantes ganas de que se produzca el empate: “Un equipo que no traiciona sus principios y mantiene su identidad en momentos desfavorables no merece perder”, decía, desempañándose los lentes característicos de él. Quién mejor que Walsh para hablar de principios.
A cinco minutos del final, el Barcelona arrollaba y buscaba quebrantar la línea defensiva de Estudiantes, que sacaba cualquier objeto redondo y blanco que merodeaba por el área propia. Era un muro sin grietas, una pared de ladrillos que estaba a segundos de quedar en la historia. El nerviosismo fue tanto que Juan De Biase no aguantó y se sumo al primer avión que pasó cerca. Amante de los golpes y los nocaut, prefirió ir a ver como entrenaba un tal Sergio Martínez, según De Biase, promesa del boxeo argentino.
Mientras tanto, Roberto Santoro desobedecía la orden de Dios de “no bajar jamás a Tierra”. Algunos dicen que el fin justifica los medios. En este caso, el fin de Santoro era publicar un libro en el que su contenido se basara en las recopilaciones de todos los dichos, ya sea insultos, gritos, llantos desgarradores, cantitos provocadores, de las cuarenta y cuatro mil personas que se encontraban en el estadio. En fin, algo parecido a “Literatura de la pelota”.
En el minuto ochenta y ocho Pedro empató el cotejo. Los equipos iban a tiempo suplementario. En los muchachos, la incertidumbre era si el Barba les iba a otorgar el plus de esos minutos extras en la nube que dura el alargue. En el cielo todo es estricto, pero finalmente Dios concedió. Concedió porque a Osvaldo Soriano, uno de los cabecillas de aquel grupo, le debía una: el Gordo tuvo derecho de admisión en todas las nubes que rodeaban al Nuevo Gasómetro el día en que San Lorenzo salió campeón del clausura 2007. Uno de los gatos angelicales, al que Soriano cuidaba, había meado las puertas de entrada al cielo en la previa del encuentro decisivo del Ciclón, por lo que ese día el sistema de ingreso al otro mundo no solo colapsó de gente sino que esas almas resignadas de vida no pudieron ingresar hasta después de veinte horas. Merecido castigo.
Cuando restaban diez minutos para la finalización del tiempo extra, apareció él. Los católicos vivientes de la Tierra creen en Dios. Los católicos no vivientes del cielo creen en Lionel Messi. La Pulga no los decepcionó y les propinó otro milagro. Se tiró de palomita, como un nueve de área que no es, y empujó con el pecho la pelota con un único destino: la red. Alegría en España, desazón en Argentina y un poco de ambas en la nube de los muchachos. Estaban contentos, por Messi más que nada, pero sentían pena por ese León rojiblanco que dejó justificado su apodo. Gregorio Selser, coleccionista de papeles, al que no se le escapaba un dato, dejó bien en claro: “es el único equipo de la historia en ganar todas las competiciones que jugó en un mismo año. Ganó Champions, Liga española, Copa del Rey, Supercopa de España, Supercopa de Europa y Mundial de clubes”.
Aquel gol que dejó esa pelota sellada para siempre con el corazón de Messi, tuvo mucha repercusión arriba. Por ejemplo, se le hizo inevitable a Roberto Fontanarrosa acordarse de la palomita de Aldo Pedro Poy a Newell´s. Sin duda fue una jugada maestra del destino: ese gol de Poy fue en esa misma fecha, 19 de diciembre, pero de 1971. También sirvió de ayuda memoria para Osvaldo Ardizzone el abrazo efusivo de Messi y Dani Alves luego de la anotación del 10. Ese abrazo, también fue con el alma, como el de 1978.
Finalizado el partido, la escena se repetía de nuevo: Barcelona festejaba. Las nuevas ideas surgieron en los adeptos blaugranas que miraron el partido desde el cielo. A Raimundo Calcagno se le ocurrió, por ejemplo, filmar una película en donde el protagonista principal sea ese equipo. Calcagno no había dejado de sentir pasión por el cine. Otro al cual le surgieron pensamientos fue a Luis Alfredo Sciutto, más conocido como Diego Lucero, quien se retractó de lo dicho hacía un par de días en otra charla con los muchachos: “Por primera vez en la historia de los mundiales no voy a estar presente en el próximo. El fútbol no me contagia”. Ver a Messi, Iniesta y Xavi se ve que lo hizo cambiar de parecer, ya que inmediatamente finalizado el encuentro decidió estar presente el próximo año en Sudáfrica 2010.
Ya comidos, con el asado en su estómago, los periodistas permanecían sentados en la mesa. Algunos más tristes que otros por la derrota del Pincha y algunos más felices que otros por la victoria del Barca. Otro partido culé acababan de ver, todos juntos, como de costumbre. Y también como de costumbre, Panzeri no había alzado la voz en ningún momento. Él escuchaba lo que opinaba el resto. No se le escapaba ningún detalle. Sin embargo ese día fue especial, diferente a todos los otros, porque cuando los integrantes del grupo se levantaron para irse, Panzeri elevó el tono de su voz y preguntó:
“¿Qué sentido tiene explicar en trescientas hojas de un libro lo que es él fútbol? ¿Qué sentido tiene hablar frente a una cámara analizando una jugada? ¿Qué sentido tiene mostrarle a los jugadores cientos y cientos de videos del rival al que van a enfrentar? ¿Qué sentido tiene la vida, si algún día estos jugadores y el cerebro de Guardiola aparecen por acá, por el cielo? Qué sigan viviendo allá abajo, en la Tierra, por muchos años, por infinitos años, hasta que un día cualquiera se den cuenta todos que el fútbol es ese Barcelona. Nosotros ya lo sabemos”.




Comentarios