Juan Román Riquelme no está feliz. Más bien está presionado. No se sabe, a esta hora, que aqueja al crack de Boca. Pero sí se sabe que nadie más que él aborrece esta “molestía” o “lesión”. Román es el único foco de atención del siempre noticioso Boca. Sin Palermo, más pendiente de subirse a un auto de Top Race que en romper la mala racha Xeneize, la de JR es la figura que realza sobre cualquier otra.

Hizo una pretemporada terrible. “Está afinadísimo, hecho un avión”, le dijeron a Rock ‘N Ball desde Brasil primero y desde Londres después. Su faena ante Unión, en La Bombonera, lo confirmó. Ante Newell’s no brilló, pero es el conductor de Boca.
Alejandro Sabella lo llamó nuevamente a la Selección. Para jugar, nada y nada menos, que ante Brasil dos partidos. Los Xeneizes, los futboleros de ley los “románticos” ya se ilusionaron con una celeste y blanca con Messi al poder y Román en la conducción. Pero…
Román no tiene 20 años. Tiene algo más de 30 y además, pese a que tiene espaldas para sobrellevarla, carga una presión de dos toneladas en la espalda. Su historial reciente de lesiones, aquel partido y medio en un año, las frustraciones en Boca, la pelea con Palermo, con Maradona, las renuncias a la Selección, el siempre tener que demostrar, el sumar tanto adeptos como contreras. Uffff, demasiado para cualquiera.
Riquelme, entonces, sabe que no puede fallarle a nadie. Nadie se lo exige, nadie se lo dice, pero quizás el mejor que nadie conoce lo crueles y despiadados que pueden ser los pasillos de La Bombonera. Román sabe que si esto es lesión y significa perderse el choque ante San Lorenzo se escucharán los “¿Vieron? Ya empezamos, la Selección, se lesiona. Siempre lo mismo”.
Quizás por eso, más allá de la gravedad o no del “pinchazo”, JR se muerde la pechera. Porque sabe que si no juega ante San Lorenzo cada convocatoria a la Selección será seguida de miles de rezos, que si no juega en Boca, pero sí en la Selección y la rompe, le dará pasto a los contreras. Que si es al revés, será lo mismo. “No, este sirve para Boca, nomás”.
Alarmas sonaron por doquier. Ya no es “se lesionó Riquelme”. Ahora es “otra vez se lesionó Riquelme”. Quien mejor los sabe es el propio diez. Por eso se exigió en la pretemporada, por eso nivela cargas, por eso ayer, en el primer turno, trabajo “liviano”. No vaya a ser cosa que…Pero sí. Anda a saber que gualicho persigue al conductor de Boca, pero otra vez su físico, golpeado desde aquella cruenta lesión que lo marginó casi cinco meses de las canchas, le volvió a pasar factura.
Román ya no tiene 20 años. Se le nota en lo físico y en el peso que lleva. En él recae el peso de manejar a Boca, darle esperanzas a la Selección y, como si fuera poco, lucir maquillado para la propaganda, que lo parafrasee Cristina Fernández, que le pida la camiseta Van Persie en Inglaterra, que lo abracé Henry y, encima de todo eso, debe rendir como si tuviera 20 años. Es mucho para cualquier mortal. Ojo, aunque a veces juegue y no parezca de estas latitudes la respuesta es sí, Román es humano.
Y un humano sometido a una presión extrema. Quizás por eso se muerde la pechera, por eso se encienden las alarmas, por eso desde ayer los hinchas de Boca invocan a cuanto santo ande dando vuelta. ¿Otra vez? Sí, otra vez. Román, la presión, las lesiones y la historia de siempre.
Páginas y páginas se llenarán con especulaciones, buscándole la quinta pata al gato. Los opinólogos de siempre elucubrarán conjeturas, culparán a Falcioni por el doble turno, por dejarlo ir a la Selección, dirán ¿era necesario ir a la Selección local? Cualquier cosa. Riquelme vuelve a lesionarse, Riquelme vuelve a ser tema nacional: Que la Selección, que la edad, que no puede con las dos cosas, que Boca por sobre todo, que la Selección por sobre todo. En fin…¿Cómo no morderse la pechera?



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