Un Superclásico más. Uno más parecido a tantos otros. Donde el componente emotividad salva al bodrio futbolero. Lo “salva” (entre comillas) esa expectación que genera un súper por el simple hecho de serlo. La incertidumbre de un gol que puede llegar casi sin proponérselo y que te alegre la semana entrante. Un Boca-River donde se pasan la pelota. Pero no en sentido literal.
Salir a no jugar. De eso se trata. Salir a que, por obra de una jugada aislada o un error ajeno, se gane. Porque “los clásicos no se juegan; se ganan”, dijo alguna vez alguien. O se ganan como sea. Y así es como se inmunizan ante la crítica. “¿Cómo vas arriesgar en un clásico? ¿Estás loco?” La tensión que encierra cada uno de estos partidos los exime de una producción futbolística decente. Al menos eso parece. El hincha exige menos que nunca. Respira cada vez que la pelota está lejos de su arco. No importa si está a 50 metros del piso. El periodismo, durante la semana, contribuye para que lo futbolístico sea lo menos importante. Raro, porque no deja de ser un partido de fútbol. Con todos los condimentos, claro. Pero esos condimentos deberían ir de la mano con el espectáculo. Y no en contra como suele pasar.
River se encontró con un gol sin haber hecho méritos. Se le presentó un partido ideal. Tan ideal que lo obnubiló. Decidió ceder iniciativa y jugar de contra. Pudo haber sido una decisión inteligente, pero se cansó de tirar pelotazos. Jamás tuvo la intención de salir jugando, a excepción de Álvarez Balanta, la figura del clásico, que en esa mediocridad generalizada se supo distinguir. Siempre intentó buscar un compañero a ras del piso.
El problema llegaba cuando ese compañero era Sánchez o Ponzio. Entre los dos llegan a los 30 pases mal dados cuando se supone que eran dos de los encargados de manejar esas transiciones defensa-ataque. Así y todo, River tuvo, por inercia, tres situaciones netas para liquidar que dilapidó como ya es usual. Después, Ramón Díaz le facilitó el partido a Boca con la salida del errático pero peligroso Iturbe por un Mora cuyo mejor partido del campeonato es un 4.
Boca tuvo 15 minutos de un aparente asedio post gol visitante. Lo llevó la reacción lógica misma a eso. Nada de fútbol. A los empujones. Sánchez Mino por momentos era un bálsamo en ese contexto. Ponerla bajo la suela y pensar un segundo para después sí ejecutar. Manejó la pelota más que River, pero por obligación porque alguno se tenía que hacer cargo, y Boca era el local y estaba en desventaja.
Jamás consiguió profundidad. En el primer tiempo tuvo solo la del gol y la aprovechó. También rifó en exceso la pelota. Balanta se cansó de ganarle por arriba a Silva. Y Laucha Acosta se cansó de perder con todos por abajo, más preocupado en que le cobren penal que en seguir la jugada.
Y así se fue el primer tiempo con sus atisbos de fútbol. El segundo tiempo ni se jugó. ¿Acaso no debía ser así? El ansia de protagonismo y el folclore mal entendido relegaron el espectáculo futbolístico. Dos interrupciones de varios minutos para sumar a un clásico que no necesitaba de esas ayudar para ser peor de lo que era. El segundo tiempo no se jugó. Ninguno arriesgó. Paradójico que le llamemos “no arriesgar” a tirarla para arriba y dársela al rival y no a asegurar el destino de cada pase. Además, de esa manera, ¿no tendrían más chances de ganar que, al fin y al cabo, es lo que se busca? Quizás algún día dejen de pasarse la pelota. Para pasarse, por fin, la de verdad.



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