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Mica se hizo canción

En medio de una liturgia ricotera y peronista, Micaela García tuvo su último adiós. Amigos, compañeros, allegados y sus padres, inquebrantables, vivieron una jornada emocionante y de muchísima reivindicación. Le dijeron adiós a los restos de la chica de 21 años. A sus restos, Mica ya se convirtió en algo mucho más grande, en una de esas banderas que flamean "luzca el sol o no".

Mica se hizo canción
Mica se hizo canción

Una columna avanza por la mañana de Concepción del Uruguay. No queda un centímetro de asfalto sin banderas, los vecinos se asoman a la vereda para ver. Dobla una esquina y llega al Polideportivo. Las banderas se enrollan y bajan. Las gorras también.

Por vos juramos vencer, por vos juramos vencer. Negra, negra querida, vivirás siempre en la JP

Los cantos y los bombos retumbaban en las paredes del gimnasio. Así entraron a la despedida de Micaela García los compañeros y compañeras del Movimiento Evita, saltando y llorando a la vez. La mayoría no la conoció personalmente, pero su ejemplo de militancia y la luminosidad de su vida hizo ineludible quererla y reivindicarla.

En el polideportivo donde transcurre el velatorio hay una pantalla led gigante. Los cantos se silencian cuando se reproducen los videos que preparó la familia con su archivo personal. En ellos, Mica arenga a sus compañeros del Evita Gualeguay, agitando apenas los brazos, tratando de tapar la timidez en su voz. Es implacable, no titubea y cuando termina levanta los brazos, festejando esa victoria personal.

En otros videos está Mica con sus compañeros de secundaria. Mica baila en una presentación de gimnasia artística, ágil, fuerte y hermosa. Mica juega con sus gurises de Villa Mandarina. Mica salta, ríe, corre, pinta, canta. Pero haga lo que haga, siempre está sonriendo.

Vamos, negrita, baila hasta el fin

Durante todo el día sonaron temas de Los Redondos, la banda favorita de Micaela. Así lo quisieron sus padres, para despedirla rodeándola (y rodeándose) de todo lo que ella amaba. “Caña seca y un membrillo” suena para ella pero también para los que la quisieron, que ahora la quieren hecha canción. “Juguetes perdidos” sonó dos, tres, incontables veces. Tantas, que hasta fue canta a capella, en vivo, por el mismo Indio Solari a través de una llamada a la familia. La mamá de Micaela le pidió un favor: que cante una línea de esa canción, porque sí, se la debía. Ella había querido escucharla en Olavarría y él no la cantó. El Indio no dudó y cantó con tanta autenticidad, que hasta se confundió un poco la letra, como a veces le pasa. Está viejo, dijo. Pero cumplió.

Banderas en tu corazón

En el gimnasio pasan la mañana algunos grupos sentados en el piso, tomando mate. Caminan dos chicas abrazadas, llorando. Otras están sentadas en las gradas, en silencio y con la mirada en el vacío. Cerca de la puerta hay un libro de firmas con una foto de Mica en todas las páginas. Una nena se acerca con un dibujo, para pegarlo: es otra nena, con el puño en alto, abajo dice “Ni una menos”. A los costados cuelgan las banderas de su vida: la del equipo Huayna, la bandera de Evita en líneas azules que aparecía siempre en sus actividades políticas, y el último mural que pintó: “Las paredes se lavan, las pibas no vuelven”, al que le agregaron un dibujo de ella misma graffiteandolo. Porque también se hizo bandera, en las que llevó la JP, en la que hicieron sus amigas. Ellas, su familia, su “ohana”, como se tatuaron cuando terminaron el colegio, escribieron “Nadie podrá borrarte de nuestras almas”.
En la cabecera del gimnasio, el féretro. Rodeado de sus más íntimos, de una foto de ella, su guitarra, una cruz y la Virgen de Luján. Para llegar a él se formó un pasillo con militantes de pechera negra. Son cuatro metros, nada más, pero la distancia y el tiempo se deforman un poco a la hora de una despedida. El féretro donde descansan sus restos (sus restos, no la Negra, ella ya es algo más) casi no se ve. Sobre él se acumulan las banderas de diferentes distritos y frentes del Evita, remeras, un pañuelo palestino, un parche, un pin de Eva Perón, un rosario, una pulsera, un papel escrito. Un universo de deseos, homenajes y regalos que rezan por una bendición, descansan sobre la madera. Llevan el sentir de todos los que pasaron a su alrededor, como el de ese grupo de jóvenes de la UES, que se fueron pasando una remera que uno a uno fueron besando, hasta dejarla allí. Todo se acumuló, la madera se escondió tras la suma colorida de telas, y el honor que eso implica para una militante no significó nada ante el peso de la injusticia de su pérdida, del arrebato atroz de su vida.

“Micaela murió luchando por lo que creía, como el Che. Cuando el Che murió, Fidel lo recordó diciendo que quería que la nueva generación de jóvenes fuera como él. Hoy venimos a decir que queremos que los jóvenes lleven a Mica como ejemplo.” Esas palabras le dedicó uno de sus compañeros de militancia.

Sus compañeras de gimnasia destacaron su amor por el trabajo colectivo. Sus compañeros de facultad le prometieron continuar su sueño. Sus compañeras de secundaria le agradecieron la belleza que dejó en su paso por la vida.
No en vano se repite aquí la palabra “compañero/a”. Pocas palabras definen de forma precisa a la combinación de igualdad, amistad, amor y cotidianeidad. Todo lo que rodeó a la Negra a lo largo de su breve vida. Así lo entendió su abuela, que mirando su foto dijo “Yo era su abuela. Pero ahora ya no, ahora soy su compañera. Y entonces le digo te amo, Mica, te amo, compañera. ¡Hasta la victoria siempre!”; se sacó el sweater y mostró la remera de la JP que vestía, miró al frente y levantó orgullosa los dedos en V. Todos, de pie, la imitaron.

Los que la despidieron celebraron su vida, destacaron su lucha, la levantaron como ejemplo. O no, no hizo falta levantarla. Ella misma, con sus acciones, con su ser, pudo “estallar en mil pedazos y estar en cada uno de nosotros”, como dijo su papá. Todos juraron construir el país que ella quería, uno con igualdad social y con igualdad de género. Uno sin villas miseria, uno donde otras como ella no pasen por el terror y la injusticia que implica ser mujer.

“Levantaremos tu nombre y lo llevaremos como bandera a la victoria”, dijo Emilio Pérsico, máximo referente del Evita. “Abran paso, llegó la JP, del pingüino, de Chávez, de Fidel. Te llevamos, Negra, en el corazón. Acá estamos los soldados de Perón” en ese cantito clásico Mica ocupó el lugar de Eva, porque ahora lo comparten. Cantando al borde de la afonía, más de mil personas acompañaron al cortejo fúnebre por las 30 cuadras de distancia hasta el cementerio. Aunque ese atardecer de fúnebre haya tenido poco, porque no parecía una marcha final. Era el principio de un largo caminar con Mica como compañera eterna, como bandera.
Durante la mañana, después de los cantos de la entrada, habían pasado un último video. Filmado en primera persona, muestra un gimnasio cerrado: las banderas del Evita, de su JP y del Frente de Mujeres cuelgan de todas las paredes. La cámara de celular enfoca a un grupo de militantes saltando y cantando alrededor de los bombos. Por un segundo, dudás que sea una transmisión en vivo. Quizás sea, el escenario es casi el mismo. Entonces la cámara gira un poco a su izquierda y aparece ella, Mica, cantando con vos. Está al lado tuyo, es tan sólo cuestión de alargar el brazo para tocarla. Te sonríe agitando el brazo. Mica está ahí, militando (como vos). La Negra, ahí lo ves, vive.

Crónica y fotos Triana Obregón