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Jakub Blaszczykowski y la estrella: Ese día que el padre apuñaló a su madre

El árbitro italiano Nicola Rizzoli mira de reojo el cronómetro que posee en una de sus muñecas, es tiempo cumplido, se lleva el silbato a la boca y sopla tres veces para dar por terminada la final: Borussia Dortmund 1–2 Bayern Munich. Algunos pintados de rojo se alzan en el cielo de Wembley, colgándose de las pocas nubes que alberga la noche y se sienten los reyes de Londres e Inglaterra. Se unen en un grito estridente que justifica que son los mejores, los campeones, los imbatibles y se conjuran meticulosamente para que Europa, su mundo, y gente más pobre y alejada de todo, nuestro mundo, llene sus bocas con sus nombres. Con su juego. Con su idea. Con su identidad. 946917_519235288142498_1579997313_n Los otros, vestidos de amarillo y negro, se echan a tierra en ese campo de batalla en donde cayeron de pie, con dignidad, como si la presión de la inexperiencia en partidos como ese no les haya pesado ni un poco. Las lágrimas tiñen de agua sus caras absortas, desentendidas, embobadas. Quisieran entender lo que acaba de suceder, pero ninguno de ellos encuentra explicación alguna. Su desempeño en el certamen merecía un trofeo, también su valentía y su coraje, reflejado cuando hicieron sucumbir todo Dortmund al dar vuelta aquel partido contra el Málaga. Se sienten decepcionados, no hay consuelo, ni en ellos ni en los seguidores, que llegaron a pedir 520 mil entradas para asistir a su final del mundo. Pese al clima sombrio, los guerreros de Jürgen Klopp levantan la cabeza, se unen en un abrazo y, parados en línea, se quedan mirando la tribuna en la que están sus hinchas, buscando alguna respuesta en ellos que pueda calmar el dolor. La respuesta llega: no en un solo abrazo, sino en un conjunto de aplausos que agradecen la entrega, el esfuerzo, la forma y no el resultado, la coronación sin premio, las palmas en el llanto, la victoria en la derrota.  Uno de esos vencedores vencidos es el mediocampista polaco Jakub Blaszczykowski, que aterrizó en el subcampeón de la Champions en el 2007, luego de su paso por el KS Częstochowa y el Wisla Kraków. Con su club actual, ganó dos Bundesliga (2010-2011 y 2011-2012), además de una Copa de Alemania (2011-2012). Blaszczykowski no es la excepción y, del mismo modo que sus compañeros, observa a los fanáticos de su equipo como estatua, mientras que Philipe Lahm y los suyos se regodean levantando la copa. Sin embargo, el volante hace más habitual su mirada al cielo que a los propios hinchas. Por momentos, sus ojos quedan inmortalizados en la Luna. El polaco procura ver a su amada abuela y a su mamá, esa madre incondicional a la que Blaszczykowski vio como su padre, esposo de ella, la asesinaba a apuñaladas cuando él tenía 11 años. El pequeño, en aquel entonces, estuvo cuatro días sin comer ni beber y se negó de por vida a hablarle a su papá, a quien penaron con 15 años de prisión. El 20 de mayo del 2012 su progenitor murió y él fue al entierro. Un año y cuatro días más tarde, pasadas las 21.00 de Londres, Blaszczykowski acaba de perder la final de la Champions League, se encuentra pisando el césped del legendario estadio de Wembley  y mira para arriba, buscando a su mamá en lo alto de los cielos, como lo hace cada vez que marca un gol. Nunca jamás la vio. No sabe que ella es la estrella que lo ilumina. No sabe de la existencia de esta nota y tampoco sabe que este texto es una manera de agradecerle. A él y a su equipo, por lo que fueron. Por lo que son. @santicapriata

El árbitro italiano Nicola Rizzoli mira de reojo el cronómetro que posee en una de sus muñecas, es tiempo cumplido, se lleva el silbato a la boca y sopla tres veces para dar por terminada la final: Borussia Dortmund 1–2 Bayern Munich. Algunos pintados de rojo se alzan en el cielo de Wembley, colgándose de las pocas nubes que alberga la noche y se sienten los reyes de Londres e Inglaterra. Se unen en un grito estridente que justifica que son los mejores, los campeones, los imbatibles y se conjuran meticulosamente para que Europa, su mundo, y gente más pobre y alejada de todo, nuestro mundo, llene sus bocas con sus nombres. Con su juego. Con su idea. Con su identidad.

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Los otros, vestidos de amarillo y negro, se echan a tierra en ese campo de batalla en donde cayeron de pie, con dignidad, como si la presión de la inexperiencia en partidos como ese no les haya pesado ni un poco. Las lágrimas tiñen de agua sus caras absortas, desentendidas, embobadas. Quisieran entender lo que acaba de suceder, pero ninguno de ellos encuentra explicación alguna. Su desempeño en el certamen merecía un trofeo, también su valentía y su coraje, reflejado cuando hicieron sucumbir todo Dortmund al dar vuelta aquel partido contra el Málaga. Se sienten decepcionados, no hay consuelo, ni en ellos ni en los seguidores, que llegaron a pedir 520 mil entradas para asistir a su final del mundo. Pese al clima sombrio, los guerreros de Jürgen Klopp levantan la cabeza, se unen en un abrazo y, parados en línea, se quedan mirando la tribuna en la que están sus hinchas, buscando alguna respuesta en ellos que pueda calmar el dolor. La respuesta llega: no en un solo abrazo, sino en un conjunto de aplausos que agradecen la entrega, el esfuerzo, la forma y no el resultado, la coronación sin premio, las palmas en el llanto, la victoria en la derrota. 

Uno de esos vencedores vencidos es el mediocampista polaco Jakub Blaszczykowski, que aterrizó en el subcampeón de la Champions en el 2007, luego de su paso por el KS Częstochowa y el Wisla Kraków. Con su club actual, ganó dos Bundesliga (2010-2011 y 2011-2012), además de una Copa de Alemania (2011-2012).

Blaszczykowski no es la excepción y, del mismo modo que sus compañeros, observa a los fanáticos de su equipo como estatua, mientras que Philipe Lahm y los suyos se regodean levantando la copa. Sin embargo, el volante hace más habitual su mirada al cielo que a los propios hinchas. Por momentos, sus ojos quedan inmortalizados en la Luna. El polaco procura ver a su amada abuela y a su mamá, esa madre incondicional a la que Blaszczykowski vio como su padre, esposo de ella, la asesinaba a apuñaladas cuando él tenía 11 años. El pequeño, en aquel entonces, estuvo cuatro días sin comer ni beber y se negó de por vida a hablarle a su papá, a quien penaron con 15 años de prisión. El 20 de mayo del 2012 su progenitor murió y él fue al entierro. Un año y cuatro días más tarde, pasadas las 21.00 de Londres, Blaszczykowski acaba de perder la final de la Champions League, se encuentra pisando el césped del legendario estadio de Wembley  y mira para arriba, buscando a su mamá en lo alto de los cielos, como lo hace cada vez que marca un gol. Nunca jamás la vio. No sabe que ella es la estrella que lo ilumina. No sabe de la existencia de esta nota y tampoco sabe que este texto es una manera de agradecerle. A él y a su equipo, por lo que fueron. Por lo que son.

@santicapriata