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Imborrable: Un triunfo Independiente a todos los demás

Las rachas están hechas para romperlas, eso dicen, y con ese pensamiento pareciera que llego Independiente el 18 de Septiembre de 1994 al Cilindro de Avellaneda para jugar el clásico frente a Racing. Se disputaba la 3º fecha del torneo Apertura y el Rojo cargaba en su espalda el título recientemente obtenido ante Huracán, pero también una racha de 16 partidos (12 empates y 4 derrotas) sin poder vencer al rival de toda la vida.

Los protagonistas locales de aquella tarde eran: González; Clausen, Borelli, Costas y Reinoso; Saralegui, Quiroz, Struway y De Vicente; Claudio garcía y Fleita. Por el lado visitante: Islas; Craviotto, Arzeno, Serrizuela y Ríos; Cagna, Pérez, Garnero y Gustavo López; Usuriaga y Rambert.

Miles de hinchas “rojos” llegaron al Juan Domingo Perón como si supieran que se iba a cortar el maleficio. Y se encontraron, obviamente, con un marco excepcional, digno de un derby. Las banderas y cánticos de los hinchas “académicos” tenían dos destinatarios, uno Independiente y la cantidad de partidos sin conocer la victoria; el otro, Perico Pérez, ex jugador de Racing y emblema de aquel equipo multicampeón de Independiente. “Un Perico diferente, forro de Independiente”, rezaba un cartel ubicado en la tribuna local.

Sobraban condimentos, estaba todo listo, pero una cantidad descomunal de serpentinas que cayó desde la cabecera local hizo que el partido demore su comienzo. Del otro lado, las dos bandejas pintadas de rojo sentían en el aire que era el día, que la cosa podía cambiar.

Comenzó el partido y se dió como casi todo clásico, un partido trabado y en el que nadie quería perder. Con el correr de los minutos, Luis Islas se fue transformando en la figura del partido. Llegó el segundo tiempo y todo parecía culminar en una nueva decepción roja. Hasta que a 10 minutos del final, Néstor Clausen le cometió un penal infantil a una de las joyas de aquel Independiente, Gustavo López.

Luego de reiteradas discusiones a Roberto Ruscio, árbitro del cotejo, el encargado de ejecutar la pena máxima era nada más y nada menos que Perico Pérez. Una catarata de silbidos bajaban de tres de los cuatro costados de la cancha. Poco le importo al número 5 del Rojo, que con un derechazo fuerte venció a Nacho González y decretó el 1 a 0 con el que se rompía el maleficio. Sensación que se transformó en realidad cuando “Gustavito” López, a los 44 minutos, soltó un zurdazo bajo y cruzado que se transformó en el 2 a 0 final.

La última alegría había sido grande, es cierto. En 1983, Independiente había ganado por la misma diferencia su último clásico, consagrándose campeón y viendo como Racing descendía por primera vez en su historia. Quizás, aquella tarde, más de un hincha rojo había firmado un pacto con el Diablo de 11 años sin triunfos en el clásico para poder vivir esos contrastes. Bueno, el contrato se terminó, y de esta forma la victoria volvía a los pagos de (en aquel entonces) “La Doble Visera”.

Las rachas están hechas para romperlas, eso dicen, y con ese pensamiento pareciera que llego Independiente el 18 de Septiembre de 1994 al Cilindro de Avellaneda para jugar el clásico frente a Racing. Se disputaba la 3º fecha del torneo Apertura y el Rojo cargaba en su espalda el título recientemente obtenido ante Huracán, pero también una racha de 16 partidos (12 empates y 4 derrotas) sin poder vencer al rival de toda la vida.

Los protagonistas locales de aquella tarde eran: González; Clausen, Borelli, Costas y Reinoso; Saralegui, Quiroz, Struway y De Vicente; Claudio garcía y Fleita.
Por el lado visitante: Islas; Craviotto, Arzeno, Serrizuela y Ríos; Cagna, Pérez, Garnero y Gustavo López; Usuriaga y Rambert.

Miles de hinchas “rojos” llegaron al Juan Domingo Perón como si supieran que se iba a cortar el maleficio. Y se encontraron, obviamente, con un marco excepcional, digno de un derby. Las banderas y cánticos de los hinchas “académicos” tenían dos destinatarios, uno Independiente y la cantidad de partidos sin conocer la victoria; el otro, Perico Pérez, ex jugador de Racing y emblema de aquel equipo multicampeón de Independiente. “Un Perico diferente, forro de Independiente”, rezaba un cartel ubicado en la tribuna local.


Sobraban condimentos, estaba todo listo, pero una cantidad descomunal de serpentinas que cayó desde la cabecera local hizo que el partido demore su comienzo. Del otro lado, las dos bandejas pintadas de rojo sentían en el aire que era el día, que la cosa podía cambiar.

Comenzó el partido y se dió como casi todo clásico, un partido trabado y en el que nadie quería perder. Con el correr de los minutos, Luis Islas se fue transformando en la figura del partido. Llegó el segundo tiempo y todo parecía culminar en una nueva decepción roja. Hasta que a 10 minutos del final, Néstor Clausen le cometió un penal infantil a una de las joyas de aquel Independiente, Gustavo López.

Luego de reiteradas discusiones a Roberto Ruscio, árbitro del cotejo, el encargado de ejecutar la pena máxima era nada más y nada menos que Perico Pérez. Una catarata de silbidos bajaban de tres de los cuatro costados de la cancha. Poco le importo al número 5 del Rojo, que con un derechazo fuerte venció a Nacho González y decretó el 1 a 0 con el que se rompía el maleficio. Sensación que se transformó en realidad cuando “Gustavito” López, a los 44 minutos, soltó un zurdazo bajo y cruzado que se transformó en el 2 a 0 final.

La última alegría había sido grande, es cierto. En 1983, Independiente había ganado por la misma diferencia su último clásico, consagrándose campeón y viendo como Racing descendía por primera vez en su historia. Quizás, aquella tarde, más de un hincha rojo había firmado un pacto con el Diablo de 11 años sin triunfos en el clásico para poder vivir esos contrastes. Bueno, el contrato se terminó, y de esta forma la victoria volvía a los pagos de (en aquel entonces) “La Doble Visera”.