Tal vez en el año 2000 el transcurso de la historia del fútbol hubiese dado un giro trascendente. Tal vez el Barcelona no sería lo que es ni lo que fue. Tal vez su vitrina de trofeos tendría mucho menos a los que en el presente posee. Tal vez el Milan estaría primero, muy lejos de todos, como el club más ganador de copas a nivel internacional. Tal vez aquel cerebro Culé, aquella columna vertebral, aquella incansable maquina de asistencias llamada Xavi Hernández no conocería a otras maquinas de nombre Andrés Iniesta o Lionel Messi, o al mismo Pep Guardiola. Tal vez hoy, ese muchacho que lleva estampado el 6 en la espalda no haría retumbar las butacas del Camp Nou, sino las del San Siro. Tal vez.
Xavi nació el 25 de enero en Terrasa, municipio situado a unos 20 kilómetros de Barcelona. Es hijo de Joaquim Hernández y Maria Mercé Creus. Fue su padre quien le inculcó la pelota en su cabeza para que no se le desprenda más: “reconozco que soy un enfermo del fútbol”, dice el mismo Xavi.
El primer club del mediocampista español fue el JABAC. Luego jugó en la Escuela de Fútbol de Terrasa, la cual creó su padre con otros entrenadores. “Un día jugamos contra el Barcelona. Les gusté, pasé una prueba y me ficharon cuando tenía diez años”, reconoce él, quien nunca fue expulsado en un campo de juego.

Nueve años más tarde, cuando Xavi desarrollaba su estilo y su clase en el Barca B, cuando acababa de ganar con España el mundial juvenil de Nigeria, cuando tenía 19 años, el hotel Princesa Sofía de Barcelona fue testigo de un encuentro que pudo ser nefasto, determinante, perjudicial, o quizá no, pero con el diario del lunes, con el rompecabezas armado, afirmo que sí, que menos mal. Los protagonistas de la reunión fueron el empresario Adriano Galliani y Joaquín, padre de Xavi. Galliani venía en representación del Milan. El motivo de aquella cita: fichar al jugador.
El club Rossonero le ofreció a la familia Xavi algo que para ese entonces era irrechazable. Una suma de lujos que no podían desistir ni dejar pasar: Como promesas y estrategias de persuasión la entidad italiana le garantizaba la titularidad al juvenil, además de un chalet, 250 millones de pesetas –antigua moneda española- durante cinco años, un trabajo para su padre y los billetes de avión que quisiera para trasladarse de Milán a España.
La decisión familiar fue unánime: “nos vamos a Italia”. Sólo hubo un voto, bendito voto, te agradecemos voto, que se opuso al traspaso de Xavi. El de Mercé, su madre, quien no vio con buenos ojos la salida de su hijo del club culé.
“Probablemente tenía que haberse marchado, crecer fuera. Yo veía que mi hijo la pasaba mal. En Barcelona dudaban de su futuro ya que decían que era muy bajito, pero gracias a su tozudez se hizo fuerte: `No se preocupen, explicaba Xavi, yo confío en mí y los entrenadores también´”, sostiene Mercé muchos años después de la amenaza que le hizo a su esposo en caso de la partida de su hijo al club italiano.
¿Cuál fue esa amenaza que hizo que su marido recapacite y finalmente rechace la oferta del Milan? “Si Xavi se va del Barcelona me divorcio de vos”. Así. Clarito.
Hoy, los que estamos casados con una redonda estamos agradecidos de Mercé. Por su rigidez y por sus ojos de pitonisa. Su divorcio tal vez hubiera significado el nuestro, porque Xavi en el Barcelona y con una pelota en los pies nos enamora a todos.



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