Baterista, percusionista, cantante y compositora, Andrea Álvarez ocupa un lugar singular en la historia del rock argentino. Sus comienzos en Rouge, junto a María Gabriela Epumer y Claudia Sinesi, la vinculan con una experiencia pionera de una banda integrada por mujeres, en una escena donde esa presencia todavía encontraba fuertes resistencias. Desde la batería construyó un recorrido que después la llevó a grabar y compartir escenarios con Soda Stereo, Divididos, Charly García y otras figuras de la música popular. Su trabajo como sesionista reúne oficio, versatilidad y una experiencia que atraviesa distintas generaciones y formas de entender el rock.
Esa trayectoria convive con una obra propia en la que Andrea asumió la composición y la voz sin abandonar la batería como centro de su lenguaje musical. Entre el trabajo junto a otros artistas, las giras y la enseñanza, sostuvo un proyecto con una identidad que se resiste a acomodarse a las exigencias del mercado. “Y Lo Dejamos Venir” (2015), nominado al Grammy Latino, y “La Cadena Del Mal” (2024) forman parte de ese camino que ahora continúa con “Todo Morir” (2026), un EP de cuatro canciones atravesado por las pérdidas, el desgaste y la desaparición de personas, vínculos y certezas. La muerte aparece como una experiencia íntima, pero también como el final de una época y la posibilidad de que algo vuelva a empezar.
Construido junto a su banda, el trabajo reúne composiciones propias y una canción ajena que la acompaña desde hace años, recuperada con otro tratamiento musical y la participación de su autor. Entre riffs y frases que condensan estados de ánimo, Andrea convierte el cansancio en canciones y reafirma un vínculo con la música que persiste incluso cuando sostener una carrera independiente parece exigir empezar de nuevo.
El EP fue realizado por el trío que integran Andrea Álvarez en batería y voz, su compañero Lonnie Hillyer en bajo y Tomás Brugués en guitarras, también responsables de la producción. A ellos se suma Emma Shaka, autor e invitado en la voz de “Apreciar“. Grabado y mezclado en los estudios ION en julio de 2026, contó con Gonzalo “Pájaro” Rainoldi en grabación y mezcla, Mariano Cariello di Carlo como asistente y Neil Pickles en la masterización, realizada en RevelSound. La producción ejecutiva estuvo a cargo de Gustavo Geldart y el diseño de tapa, de Villy Villain, sobre la fotografía del perro de Andrea, Rufus tomada por ella misma.
RNB – En algún momento pensaste que “La Cadena Del Mal” podía ser tu último disco. ¿Qué apareció para que terminaras grabando “Todo Morir”?
AA – Yo seguía pensando lo mismo: “Este es el último que voy a hacer. Este es el último flyer. Basta, no lo aguanto más”. Es real. No quería hacer nada y, en un momento, me apareció una idea musical: el estribillo tarareado de “Dos Cartuchos“, la primera canción. Yo repasaba todo el tiempo en mi cabeza esa frase: “No tengo ganas de hacer nada”. Estaba en una clase de spinning cuando apareció el estribillo y dije: “La puta madre, voy a hacer algo”. Registré que había venido esa idea. La música es bastante inevitable, no sé cómo explicarlo. La pulsión que me hace hacer cosas también tiene que ver con sacarme de encima el enojo ante las situaciones que veo.

RNB – ¿Cómo fue el proceso hasta llegar al EP?
AA – Primero pensaba hacer dos temas. Sabía que uno iba a empezar con esa frase y cómo era el estribillo. El otro tenía que ver con la muerte, otra vez: “La Cadena Del Mal” tiene mucho que ver con la muerte y este, más. Pasé por el cuarto donde está mi marido, que toca el bajo todo el día, y le dije: “Che, vamos a hacer un EP. Dos temas”. Me miró y me dijo: “Ah, okay”. A los días me mostró un tema que pensaba que podía gustarme. Lo escuché y dije: “Bueno, tres temas. Le tengo que poner letra a esto”. Llamé al violero y le dije que iba a ver si juntaba la guita para grabarlos. Después pensé en la canción de Emma Shaka, que canto desde que la conocí: mientras paseo a los perros, cuando voy por la calle, todo el tiempo me acuerdo de ella. Propuse hacerla como una versión unplugged, algo tipo Nirvana, totalmente distinto del original. Me dijeron que sí y ahí quedaron los cuatro temas. Entonces dije: “Bueno, tenemos el EP, ahora voy a buscar la guita”. Y lo hice.

RNB – ¿Qué significa Todo morir? ¿El título habla de una pérdida definitiva o también de la posibilidad de que aparezca algo nuevo?
AA – Mi sensación es que se está muriendo una época: la que me formó a mí, a mi generación y a otras generaciones. No se trata solamente de personas, sino del significado de las cosas. Hay cosas que no deberían morir y otras que está bueno que mueran para que nazcan nuevas y siga el ciclo natural. No podemos vivir materialmente para siempre. Pero hay cosas que desaparecen y no son reemplazadas por otras. Se pierde contenido, algo sólido, y aparecen esas cosas líquidas que gustan ahora, que se te escurren, que no tienen una entidad. En una de las letras digo que nadie va a llamar al teléfono de mi infancia, el primero que tuve. Son momentos en los que tenes que decir: “Bueno, hay que darlo de baja”. Nadie llama, nadie va a llamar y nadie va a contestar. “Todo Morir“ tiene que ver con mis amigos, mis parientes, mis perros, mis ideales, que veo que se están muriendo. Y hacer un disco, una cosa chiquitita frente a los tanques que una ve, también es una esperanza. No tengo expectativas, pero lo hago.
RNB – Como baterista y cantante, ¿desde dónde empezas a construir una canción? ¿Aparece primero el ritmo, una melodía o una frase?
AA – Depende de la época. Fui componiendo de distintas maneras. Para “Y Lo Dejamos Venir” tomaba clases de guitarra y compuse bastante con la guitarra. Ahora me pasó más con frases. Cuando encuentro una que considero que tiene la identidad de una canción, digo: “Esta es la frase de una canción”. Después decido la música. “Todo Morir“, por ejemplo, nació de un riff: yo sabía que la frase era “todo morir” y mi marido estaba tocando algo que me gustó. Le dije: “Ese riff me gusta para hacer un tema”. Lo empecé a escuchar y a pensar cómo iba a ser la canción. Las letras las termino muy sobre la marcha, al estilo Cerati: las cierro casi en el momento en que las tengo que grabar. Antes tengo muchas ideas escritas.
RNB – ¿Lo percusivo influye en ese proceso?
AA – Soy una persona que necesita estructura; por algo toco la batería. Necesito cimientos, una base. En general armo una forma musical desde la batería. Después agarro el pianito, me fijo más o menos en las tonalidades para no irme y poder dar una idea, y empiezo a hablar de lo que imagino y a cantarlo con la voz. En el EP también hay un tema cuya música hizo entera mi marido y al que yo le puse la letra. “Dos Cartuchos“ y “Todo Morir“ los terminamos entre los tres, por eso los tres somos autores. Y después está la canción de Emma Shaka.
RNB – ¿Qué tenía esa canción para que siguiera acompañándote durante tanto tiempo y quisieras recuperarla en el EP?
AA – La escuché cuando él la llevó a Rock Del País. Me pareció un temazo, el resumen de un buen tema de rock: poca letra, sencilla y con mucho significado. Desde entonces me quedó y la cantaba todo el tiempo. Esta vez propuse hacerla y le mostré a mi marido aquella participación en el programa. Él se acordaba, porque en ese momento había venido y me había dicho: “¿Por qué no lo dejaron? Era lo mejor que hubo en todo el programa”. Emma Shaka es un outsider y, para mí, merece otro reconocimiento. Propuse hacerla tipo unplugged, empezamos a improvisar y salió. Mi marido me dijo: “Para mí lo tenes que llamar para que cante”. Entonces lo llamé, le conté que íbamos a hacer su tema y lo invité a cantar. Me dijo que sí y así quedó. Era una canción que ya tenía muy incorporada y que siempre me había quedado dando vueltas.
RNB – En la tapa aparece Rufus, tu perro. ¿Qué encontraste en esa imagen para convertirla en la portada?
AA – La foto la saqué yo después de que lo castramos. Me miró con tanto odio que dije: “Esta foto va a ser la tapa de un disco”. Cuando apareció el disco, dije: “Pongamos la foto de Rufus”. Me resultaba significativo que el perro me mirara así. Después tuve que encontrar quién transformara esa foto en una tapa. Me recomendaron a Villy Villain, que es ilustradora y hace un trabajo espectacular. La hizo sin escuchar la música y, cuando después la escuchó, decidimos dejarla así porque era como si ya la hubiera escuchado. Quedó muy bien. Creo que a la gente no le gusta tanto una tapa con la foto de uno; le gusta más si pones al perro. No lo hice por eso, pero noto que les gusta. Para mí, la tapa anterior, la de La cadena del mal, era espectacular: me parecía la mejor del mundo. También pienso que no tendría que haber llamado Andrea Álvarez a mi proyecto. En un momento quería ponerle un nombre de banda, pero seguí consejos de otros. Pensa en Foo Fighters, que es la banda de Dave Grohl: creo sinceramente que, si se hubiera llamado Dave Grohl, no habría pasado lo mismo.

RNB – Ahora que las canciones están grabadas, ¿tenes ganas de llevarlas al escenario?
AA – Cuando me preguntan cuándo lo voy a presentar en vivo, digo: “No sé”. La verdad es que no tengo ganas. No de tocar, porque de tocar una no puede dejar: es imposible. A mí lo que más me arma como persona es tocar. Me pongo mal por cosas que pasan, que son un montón, pero sentarme en la batería o ensayar es otra cosa. A veces llego al ensayo re cansada porque ya di muchas clases, escuché batería y música durante cinco o seis horas y tengo el oído agotado. Pero tocar sigue siendo algo que necesito.
RNB – ¿Qué es lo más desgastante?
AA – Lo que me cansa es armar shows, sostener mi carrera, insistir para que otro escuche. Y ni siquiera te digo que mi finalidad sea pegarla: lejos está. Es muy cansador estar todo el día pidiéndole a la gente que venga al show. Cuando ya estás más grande e hiciste un montón de cosas, decís: “¿Todavía tengo que empezar de cero?”. No sentía que valiera la pena, no me alegraba. Pero después aparece la música y termino haciendo algo.
El lado B de la música
El impulso que da origen a “Todo Morir” convive con un escenario en el que sostener un proyecto independiente demanda mucho más que componer, ensayar y grabar. Conseguir el dinero para producir, organizar conciertos, compatibilizar la actividad artística con otros trabajos y convocar al público implica una tarea constante, cuyo desgaste se acumula incluso en quienes tienen décadas de recorrido. A esas dificultades se suman el peso de las plataformas, la exigencia de producir contenido para conservar visibilidad y una concentración del negocio que amplía la distancia entre los artistas de mayor exposición y la extensa comunidad de músicos que trabaja fuera de ese circuito. Andrea conoce esas tensiones desde distintos lugares: como sesionista de figuras masivas, como docente y como responsable de una obra propia que se resiste a modificar para encontrar aceptación. Desde esa experiencia, su cansancio adquiere una dimensión colectiva y abre una discusión sobre el valor del trabajo musical, las condiciones que permiten sostenerlo y la diferencia entre alcanzar popularidad y construir reconocimiento artístico.
RNB – ¿Cuándo empezaste a sentir que el recorrido artístico y el acompañamiento de la industria iban por caminos diferentes?
AA – “Y Lo Dejamos Venir” también hablaba de la muerte y del fin de una era, pero ahí tenía esperanza. Me lo nominaron al Grammy Latino, fui y me di cuenta de que no era un lugar donde tenía que estar. Era un disco que tenía todo, yo estaba haciendo un montón de cosas y no pasaba nada. Más que afectarme, eso confirmaba lo que ya sabía. Tenía una banda buenísima, que sigo teniendo, pero a ningún booking ni a ningún manager le interesaba trabajar conmigo. Y hablo de trabajar en serio: no de alguien que hace como que quiere trabajar con vos, pero en realidad trabaja para otro y te pide que te adaptes. Hablo de alguien que diga: “Esto me encanta, quiero que la gente lo conozca. Vamos a hacer un equipo”. Eso nunca lo pude lograr. En ese momento tocaba en vivo, era jurado de Rock Del País, trabajaba con Natalia Oreiro, con Draco Rosa, y me habían nominado al Grammy de una manera orgánica. No me bancaba nadie: era yo con mi computadora contra los tanques. Aun así, a nadie le interesó. Alguno puede decir que no interesa porque lo que hago es una mierda. No: puede no gustarte, pero lo que hago está bueno. Además, todo funciona y no somos veinte millones de músicos a los que hay que pagarles: somos tres. Cuando hice “La Cadena Del Mal”, ya lo hice sabiendo que no iba a pasar nada. Ahora me pasa lo mismo.
RNB – ¿Cómo sostenes tu proyecto cuando ese acompañamiento no aparece?
AA – A los shows viene poca gente, pero a quienes vienen les encanta, la pasan bárbaro y tampoco entienden por qué no hay más público. A esas estructuras les interesa algo cuando ven que a la gente le interesa, y yo también veo que lo mío no le interesa a tanta gente. Pero no puedo interferir en lo que le gusta a cada uno, ni voy a cambiar mi forma o mi música. Que a cada uno le guste lo que le guste. Lo hago sinceramente para mí; si va bien, mejor. No tengo una estructura que permita que funcione mejor y, por lo tanto, cada vez tengo menos shows. Es lo que me tocó.
RNB – En tu mirada, ¿qué relación hay entre la industria musical y el contexto político y social?
AA – La industria de la música es absolutamente política y funciona igual que todo lo político y social que nos abarca. Ya no importa el contenido. Las personas que la manejan están completamente aggiornadas a esta época. Para resumir: la gente que más gana plata y tiene mayor bienestar en la música no toca ni una nota. Eso te resume todo. Por algo existe la frase de que alguien tiene el sillón tapizado con piel de músico. Los artistas del mainstream que son socios de ese poder también son cómplices. Eligen ese camino y, en un punto, me parece bárbaro porque es una elección. Pero después que no quieran que todo el mundo los quiera.
RNB – ¿Qué pasa si te ubicas en el lugar de cuestionamiento?
AA – Si llegas a cuestionar un poquito a esa gente blindada, te caen los fans que defienden a alguien que llena estadios. Dale, boludo, defende a uno que no los llena. Ese no necesita que lo defiendas. A los que pertenecen al mainstream les va bárbaro y, además, quieren tener prestigio. Son socios de eso y ganan plata desde el lugar empresarial. Desde el artístico, para mí, la música mainstream que está pasando es muy mediocre. Que me digan lo que quieran: no me interesa. Y no lo digo porque esté atada al pasado. Si fuera así, no haría un disco nuevo ni querría que la situación artística fuera más rica.
RNB – ¿Sentís que la visibilidad de unos pocos termina ocultando las condiciones en las que trabaja la mayoría?
AA – Si no estás metida en determinado sistema, te quedas afuera. Pero no soy la única: hay mucha gente afuera. Es más, casi nadie está adentro. Las redes sociales te hacen creer que esos que ves son todo, cuando representan una porción demasiado pequeña de la cantidad de músicos que hay en el país. Hay muchísimas mujeres, músicos y artistas. Sumale la gente a la que la música le chupa un huevo, pero tiene acceso, es funcional al sistema, se vuelve visible y ocupa espacio. Y la gente cree que eso es un artista. Hay personas que tienen el don y otras que no. Después pueden decir: “¿Quién carajo es esa?”. Que piensen lo que quieran. No me modifica un pensamiento construido después de décadas de vivir. Cuando veo los Martín Fierro a la Música y quiénes van a premiar, digo: “¿Me están jodiendo?” (Ndr. La nota fue realizada antes de la ceremonia de premiación) Encima hacen premios en una época en la que los músicos la estamos pasando para el culo. Para todo el under, tocar en vivo es un dolor de huevos. La mayoría tiene que trabajar de otra cosa, y me incluyo: yo doy clases. Tenes que ir a tocar después de resolver un montón de quilombos. Muchos trabajan en cosas que no tienen que ver con la música y otros ni siquiera tienen trabajo. No pueden cambiar las cuerdas de la guitarra, comprar palillos ni ensayar. Ese es el presente que estamos viviendo. El que diga que no, no sé dónde vive: en Narnia.

RNB – ¿Cómo entró el contexto político en “La Cadena Del Mal”?
AA – “La Cadena Del Mal” empezó a gestarse antes de la pandemia. Cuando estábamos en el estudio y ganó Milei, vi que la gente votaba eso. Y quiero dejar claro que no pienso que la otra opción fuera la salvación de la humanidad: ni en pedo. Pero esa forma de ser, como una secta, donde el pensamiento crítico ya no existe y un montón de cosas a las que les doy valor tampoco existen, me da una tristeza terrible. No es el mundo que esperaba atravesar en esta época de mi vida. De ahí salió la tapa; los temas estaban de antes, porque todo se huele de antes. El enojo ante lo que veo también es una pulsión que me lleva a hacer música.
RNB – ¿Dónde ubicas los grandes cambios que llevaron al presente de la industria? ¿Qué papel tuvieron la digitalización y las plataformas?
AA – Hay muchos quiebres. Para mí, uno de los primeros grandes fue el iPod: cuando la música deja de tener un formato físico, se vuelve muy fácil de piratear y los organismos que supuestamente defienden a los músicos no logran una cobertura legal que proteja a quienes la generan. A la vez, te hacen creer que tenes que darla gratis, dar todo gratis, porque lo mejor es que te escuchen y que llegues. Aparece esa falsa democracia de “todos somos iguales”, pero eso no existe. Hay una serie muy buena, The Playlist, sobre la creación de Spotify. Está buena y, además, no es estadounidense; creo que es sueca. Cuenta cómo aparece ese sistema, que supuestamente viene a discutir el sistema anterior. En el capítulo sobre la industria aparece Sony en representación de la defensa de la música. Para mí, Sony es el Monsanto de la música. El discurso es que quieren defender la propiedad intelectual del músico, pero lo que quieren es ver cómo sacar tajada del invento del otro. Después aparece toda la parte legal, que termina defendiendo a la plataforma, no a los músicos: cómo esquivar los derechos sobre los temas para no pagar.
RNB – ¿A vos te pasa?
AA – Yo toco como intérprete en “Lamento Boliviano“ y “De Música Ligera”, dos canciones enormemente escuchadas, y no cobro nada por eso. Te dicen: “Qué grosa”. Bueno, pero dame la guita, hermano. En la serie, el personaje al que menos bola se le da es el músico, representado por una chica que es amiga del creador de la plataforma desde antes de que fuera alguien. Al final, el que está arriba es un infeliz que vendió su alma y no puede querer a nadie. La música sigue tocando en un barcito, pero emociona a los diez que la están mirando: conserva esa conexión. Él le ofrece convertirse en una Taylor Swift y ella dice que no, porque no quiere que le vaya bien solamente a ella: quiere que le vaya bien a toda la comunidad, a todos los peones que la construyen. Nos quieren hacer creer que esa comunidad se sostiene por las Taylor Swift, cuando se sostiene por todos. Es la misma discusión que en la política.

RNB – ¿Qué pasa con el trabajo musical cuando también hay que producir contenido permanentemente para conseguir atención?
AA – Al que mejor le va es al que sabe hacer los mejores videos para TikTok o Instagram. A alguien que está concentrado en la música no necesariamente le interesa perder tres horas, o lo que lleve, haciendo un video. Para mí, el mal uso de la tecnología permite que cualquiera haga un libro, un dibujo o música. Ahí hay un quiebre muy grande. También desaparecieron sellos y todo fue absorbido por esas estructuras. Después están los quiebres de cada lugar: en Argentina tuvimos Cromañón, la pandemia y distintas internas dentro de la música. Ahora está todo monopolizado y parece que nadie se da cuenta. La frase es: “Bueno, pero ya es así”. ¿Por qué es así? ¿En qué momento empezó a ser así? No alcanza con decir que el mundo está así. Una toma decisiones y esas decisiones tienen consecuencias. No siempre son las que deberían tener dentro de una lógica, pero en este país tampoco hay mucha lógica.
RNB – ¿La pandemia profundizó esas diferencias o las dejó más expuestas?
AA – Hubo un quiebre muy fuerte. No se podía tocar en vivo y estaban todos llorando porque no podían tener contacto con el público. Los que tocábamos en el under, donde venía poca gente, estábamos casi igual. Te decían: “Pueden venir nada más que veinte”. ¡Si antes tampoco venían más! Hacían vivos para decirle a la gente: “Estamos con ustedes”. Pero la gente quería trabajar, morfar. Los discos estaban ahí; no necesariamente necesitabas verle la cara al músico. También había una cuestión de ego y de no aceptar que el que necesitaba estar era uno. Venías de estar de gira todo el año y, de repente, tenías que quedarte en tu casa, con tu mujer, y no sabías ni dónde estaban los cuchillos. Muchos músicos empezaron a vivir del sueldo de sus mujeres, que tenían un trabajo con un sueldo normal. Se tuvieron que quedar en casa y no sabían dónde estaban las sábanas. Entraban en crisis y querían hacer un vivo. Ahí también se vio la diferencia de clases sociales entre los músicos: no era lo mismo hacer uno con un teléfono de dos mangos que hacerlo desde un estudio con un super micrófono. Se veía claramente en qué casita vivía cada uno. En un momento pensé: “Ahora somos todos iguales, ninguno puede tocar”. Duró dos segundos. Después todo se volvió online, todo pasó por el teléfono. Ya venía de antes, pero la pandemia boludizó a la humanidad. La industria vio por dónde ir y captó a quienes tenían mayor capacidad de comunicación.
RNB – ¿Cómo ves a los artistas que empezaron por fuera de esas estructuras y después se integraron a ellas?
AA – La industria también captó a Bizarrap, que era una especie de outsider y se transformó en empresario, en dueño de una parte de la industria. Se convirtió en lo opuesto de lo que tenía de atractivo al principio. Yo también lo miraba: ahí conocí a Trueno, a Paco. Estaba esa onda de ver qué tema hacían en lo de Bizarrap, porque iba a estar buenísimo. Ahora me resulta aburridísimo. Es parte del sistema del que antes se reía. Está lleno de guita; ojalá la aproveche y le sirva. La plata no hace la felicidad, pero a toda la gente que la está pasando mal le vendría bárbaro. Después terminó la pandemia y muchos de esos artistas tuvieron que empezar a tocar en vivo. No hablo de todos, porque algunos tenían otro recorrido, pero había gente que no había pisado un escenario en su vida. Tenían que hacer un doctorado de escenario en cinco minutos, y el escenario es un lugar muy difícil.
RNB – Para llevar esas canciones al vivo aparecen bandas con músicos de mucho oficio. ¿Qué aporta un sesionista y qué reconocimiento recibe?
AA – La tarea del sesionista es ayudar a esa persona a que todo sea lo más lindo posible, sin pasar el límite del lugar que te toca ocupar. Hay sesionistas con más carisma y otros con menos; cada artista arma su banda según el tipo de personas que le gusta tener. Lo que también cambió fue el valor que se les da a los músicos de esas bandas. Durante la pandemia bajaron los cachés y empezaron a pagar dos mangos. Como había una camada nueva que aceptaba esos dos mangos, mi generación sufrió mucho el recambio. No lo digo por mí, porque ser sesionista ya no es una búsqueda. Si me llaman y me interesa, voy, pero no estoy buscando eso. Esa etapa ya pasó. Igual tuve mucha suerte: siendo grande, cuando generalmente ya no te llaman tanto, seguí trabajando con Natalia Oreiro. Me encantó viajar con ella a Rusia y hacer todo lo que hicimos. Me divertí muchísimo y había toda una camada de esa raza de sesionistas. También viajé con Draco Rosa. A los cincuenta y pico, a los sesenta, hice un montón de cosas. Ya no me gusta tanto salir de gira porque estoy más grande y me canso, pero el trabajo de sesionista es de los más lindos: viajar tocando es hermoso, divertido. La pasé espectacular, aunque también lo padeces y pasa de todo. El problema es que es un trabajo muy precarizado.
RNB – ¿Cómo se expresa esa precarización en el trato cotidiano?
AA – Sos monotributista y, si te pasa algo, quedas en esa situación. A veces arman una banda nueva y nadie te avisa que no tocas más. Hay un montón de ninguneos. Quienes hacen el trabajo feo —managers y otras personas de esa estructura— te tratan como un gasto. No tengo que imaginarme lo que pasa ahora: soy amiga de muchos sesionistas y nos contamos todo. Sigue pasando lo mismo. Hay una subestimación total de la música tocada. Los músicos de esas bandas son excelentes, pero a ciertos productores les chupan un huevo. Es más, les molesta que haya una prueba de sonido.
RNB – ¿Por qué sucede eso?
AA – En producción muchas veces ansían tener a una sola persona: no tener que resolver habitaciones, viáticos, horarios, alguien que se queda dormido, tantos pasaportes en el aeropuerto. Están esperando que el solista diga: “Vamos con pista”. El músico les molesta. Esa es la realidad que conozco. Y a muchos de esos artistas tampoco les gusta el proceso musical. Es intenso y, si no sos músico, quedas afuera. Es como entrar a jugar un partido con gente que juega bárbaro cuando vos no sabes ni patear una pelota, pero para los de afuera el jugador grosso sos vos. Estás ahí y la ves pasar. Algunos no van a los ensayos, no quieren probar sonido y quieren que esa parte pase rápido. Una vez alguien me dijo: “No les gusta la música, Andrea. Les mostras un disco de Hendrix y es como si les mostraras veneno”.
RNB – Durante un tiempo se discutió si los artistas urbanos eran “el nuevo rock”. ¿Qué crees que buscaban al presentarse de esa manera?
AA – Fue una conversación del periodismo musical y de los artistas que decían: “Nosotros somos el nuevo rock”. Para mí es una pelotudez. Si no escuchan rock y no les interesa, ¿por qué les interesa tanto el rock como entidad? Lo que les gusta es la idea del rock, la idea del rockero. Es como cuando alguien se enamora de la idea del rockero y después, cuando lo tiene al lado, lo quiere matar. La idea es linda, exótica, queda bien. Hay una atracción hacia el rock como entidad, pero eso no significa que haya rock en la música. Billie Eilish no necesita decir que la rockea o que es más rock. Lo que buscan no es sexo, drogas y rock and roll: eso lo pueden tener. Lo que quieren es la credibilidad artística. Quieren lo que tienen Led Zeppelin, Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Serú Girán: esa calidad artística que nadie discute, aunque te pueda gustar o no. Ahí aparece la necesidad de nombrar al rock. Después algunos se dieron cuenta de que igual llenaban estadios y no necesitaban decirlo. Otros todavía lo necesitan. También hay gente que necesita pensar que eso que le gusta es rock para no sentir culpa. A mí me parece una conversación boba. Si te gusta Black Sabbath y después te gustan Ca7riel y Paco Amoroso, escuchalos. ¿Cuál es el problema?

RNB – ¿Qué diferencia hay para vos entre una banda de rock y una banda que utiliza su sonido o su estética?
AA – Una banda de rock tendría que ser disruptiva, pasar por otro lado. Es más: no tendrías que estar explicándolo. La ves y no hay nada que explicar. Si tenes que insistir tanto en que es una banda de rock, es porque no lo es. Pero tampoco está mal. Por ejemplo, Airbag suena muy bien en los discos. Yo lo escucho bastante porque a mis alumnas les gusta y tocamos los temas. Suenan bárbaro. Pero, para mí, es una banda que utiliza elementos del rock. Escucho canciones, baladas, con una estética de Marshall, por decirlo de alguna manera. Una banda de música melódica con estética rockera. Si llenan estadios y están asociados con el monopolio del espectáculo, bancátelo: sos socio de eso, llenaste el estadio. Dormí tranquilo. ¿Necesitas otra cosa? No sé.
RNB – Cuando expresas una opinión crítica, muchas veces te responden hablando de tu popularidad. ¿Cómo vivís esa forma de descalificar lo que decís?
AA – Te quieren bajar el precio diciendo: “¿Quién es esa? ¿Quién sos? ¿Quién te conoce?”. Si digo que una banda no me gusta, estoy diciendo que no me interesa, que no me parece interesante. Lo digo como oyente. ¿Por qué no puedo decirlo? Te contestan: “¿Y vos qué hiciste? Estás hablando de una banda exitosa, que llena estadios, y vos, ¿quién carajo sos?”. Pero yo no estoy hablando de mí. Me están preguntando y contesto. Preguntame otra cosa si no queres que conteste eso. Si queres, te miento para dejarte tranquilo. Tengo una vida musical muy rica: escucho música desde los cinco años, tengo 64, hace muchísimo que toco y que hago música. Pongo un disco de pibes que tenían veinte años en los setenta y encuentro una búsqueda, una poesía alucinante. Después pongo uno de ahora y muchas veces no pasa nada. Entiendo que le guste a alguien que hace poco empezó a vivir y no tiene ese pasado. El que no conoce no sabe. No digo que no les pueda gustar; a mí también me gustan cosas distintas. Pero también me dicen: “Vos sos muy sincera”. ¿Qué pasa? ¿Los otros no son sinceros? ¿Te mienten? No entiendo de qué estamos hablando. Es muy loco, muy triste y peligroso.
Foto portada: Bárbara Raiker.



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