Las lágrimas de Messi luego de la final perdida en New Jersey, ante España.
Las lágrimas de Messi luego de la final perdida en New Jersey, ante España.

Al impresionante Mundial que el capitán de la Selección Argentina realizó en Norteamérica, hay que sumarle un detalle para nada menor y que termina diciendo mucho de quién es Lionel y cuánto amor tiene por este suelo. Messi jugó este Mundial con su padre muriéndose. Incluso, durante el desarrollo del mismo, afrontó la “fake news” de su muerte. Aguantó todo, jugó como siempre (o incluso mejor) y quedó muy pero muy cerca de sumar la segunda Copa del Mundo suya ganada con la camiseta albiceleste. Y, se recuerda, todo mientras su padre se estaba muriendo. Eso es Lionel Messi. Ese fue su último gesto de amor.

Escribe Casciari en su cuento “La Valija de Messi” que Lionel nunca dejó de ser un rosarino viviendo en Barcelona, aún cuando su tiempo de estadía en Europa igualó o hasta superó el que pasó en Rosario. Y eso es porque el “10” nunca, jamás, renegó de sus raíces. Y eso es por él, claro. Pero también es por Jorge Messi, su padre, que falleció hoy, pero podría haber muerto durante el Mundial. Por suerte no ocurrió. De igual manera, Lionel ya había decido que seguiría con la Selección hasta el final.

Amén de la campaña mediática que se instaló sobre Messi, las ayudas y su incomprobable relación con Infantino, Messi vivió un infierno interno durante el Mundial. El Capitán, que se dio el enorme gusto de ser campeón del Mundo en Qatar, llegó a Estados Unidos sabiendo que sería su último Mundial. También sabía que, salvo un milagro, también sería el último Mundial de su padre. Y lo jugó exprimiéndose al máximo. Y cuando alguien con el talento, la disciplina y el apetito de Lionel Messi se pone a exprimirse al máximo, ocurren las cosas que ocurrieron en Estados Unidos, México y Canadá 2026: 8 goles, MVP en la mayoría de los partidos, pedirlas todas, ser el asistidor para una victoria única ante Inglaterra y el ejemplo para un plantel al que le sobró el amor y los gestos y que quedó muy cerca del bicampeonato. Sólo en la final no le alcanzó el fútbol.

Messi lideró a la Selección Argentina desde el partido 1, ante Argelia, cuando se despachó con tres goles y lloró. Lloró por la emoción de seguir al más alto nivel con 39 años (y dos de casi retiro en la MLS) y también lloró por Jorge. Porque estaba mal. Porque se le estaba yendo y él, el mejor de la historia del fútbol, con una cuenta bancaria abultadísima, nada podía hacer para evitarlo. No conforme con haber abierto su corazón, Messi, horas después de aquel choque en Kansas City enfrentó el hecho de la “Fake News” de la partida de Jorge. Ya toda la prensa cercana al crack sabía que Jorge estaba delicado. Pero nadie decía nada. Por respeto, eso que Messi se ganó sobradamente dentro y fuera de la cancha.

Pero más allá de las sonrisas en el verde césped, a Messi este Mundial le costó mucho. La tristeza le hizo marca personal y, una vez más, el equipo lo rescató. Lo contuvo, lo arropó, lo ayudó a destacarse y cuando el “10” no pudo o no supo, redoblaron esfuerzos para sacar la cara por él. Eso es amor. Y amor con amor se paga: Messi no iba a dejar en banda al equipo. Pese que en más de una oportunidad, se planteó internamente que abandonara la concentración entre partido y partido para acompañar a su padre, que estaba con internaciones periódicas, ya con cuidados paliativos. Pero el capitán dijo que no a esa posibilidad, y le dijo que sí a darlo todo por la camiseta albiceleste, una vez más.

Messi vivió un infierno interno durante el Mundial. El Capitán llegó a Estados Unidos sabiendo que sería su último Mundial. También sabía que, salvo un milagro, también sería el último Mundial de su padre. Y lo jugó exprimiéndose al máximo.

Así, Lionel Messi, que aún no dijo si se retirará de la Selección Argentina o no, nos regaló ese gesto de amor. ¿Será el último? El tiempo lo dirá, pero hay que entender que somos afortunados: Messi se brindó al máximo por la camiseta, pero también por nosotros. Para darnos una alegría más, en momentos que la necesitamos. Se vació, lo dio todo, jugó el Mundial más brillante de su carrera a los 39 años, imantó al mundo del fútbol una vez más y quedó muy cerca de conseguir el bicampeonato. Ni el hecho de su padre muriéndose logró sacarlo de ese objetivo, sólo el muy buen juego de España pudo frenar el propósito de Messi.

Nosotros debemos agradecer: dejar las teorías absurdas, dejar de buscarle la quinta pata al gato y entender que el 10, ese tipo que se apellida Messi, dio todo por nosotros mientras su padre se le estaba escurriendo de las manos. Esas horas que Messi no pasó con él no volverán. Y el primero que lo sabe es él. Por eso, su gesto vale doble. No sólo nos regaló su fútbol y sus goles, también nos ofrendó los últimos momentos de su padre, los cuales no vivió en busca de perseguir su sueño y el nuestro. Es mucho más que fútbol. Es amor puro y duro. Es un gesto que habla de su grandeza, de su leyenda y de su amor por este suelo. Gracias, Messi. Gracias, Capitán. Hoy que estás triste, todo este pueblo está triste con vos. No nos vamos a poder comer tu dolor, no. Pero, al menos, vamos a acompañarte para que sepas que ese sacrificio que hiciste buscando nuestra alegría, se traducirá en este amor incondicional que te llegará de todos lados, tratando de apagar un poco tu tristeza.