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Argentina – Paraguay: Feliz día Raza Guaraní

Una crónica escrita con el corazón desde el lugar de los hechos. Cómo se vivió la caída de la Selección de Bauza en un estadio Mario Alberto Kempes perplejo. primero, por la ausencia de Dybala, después por todo lo demás.

CÓRDOBA- Se venía del debate de quién es 9 o no, qué es ser delantero o no. Se venía de seguir tirándole con lo que queda a Higuaín, de mirar de reojo a Bauza, de haber dormido con sensación amarga luego de Perú. Se venía del desgaste mental que provocan los periodistas de paneles que gritan y algunos que siendo periodistas, se quedan  callados y no hablan. Se venía de haber comprado las entradas para ver a Messi días antes de su lesión, de escuchar a Agüero y su tour por los medios sabiendo que muchos los van a extrañar, de que Pep Guardiola no fue llamado sino llegaba a la Argentina, de estar en repechaje, de estar entre los cuatro, de  ver de entrada a la “Joya” que pedía apoyo previo para meter un gol en su casa, de… De… De…

Se venía de tantas cosas que a priori no alcanzaban para querer ir a la cancha. Fueron miles, sin importar nada. Algo así como si cantaban internamente el tema Paraguay de Divididos: “Olvidemos todo esto de una vez. /Vámonos a navegar al Paraguay/ Olvidemos y rajemos por un rato. Mira que bueno, no hay nada en que pensar…”

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El ingreso al estadio fue tranquilo, salvo los bocinazos de los impacientes, que piensan que así ganarán más tiempo. Los vendedores de Talleres y Belgrano en el Kempes, ahora cambiaban el merchandising por lo celeste y blanco que en Córdoba siempre tuvo buena cabida. Porque siempre que andaban mal las cosas, Córdoba era un bálsamo de tranquilidad (de hecho nunca había perdido la Selección, en la Docta). Le pasó a Maradona cuando Palermo le metía goles a Ghana y a Batista, cuando una selección híper criticada jugaba su segunda fecha en la Copa América 2011. Con la buena predisposición de todos, nada iba a cambiar esas estadísticas y nadie iba a decir que era complicado. Menos con el antecedente de que en la última eliminatoria, se jugó en Córdoba contra el mismo rival y con resultado a favor.

La espera ya dentro del estadio era futbolera. Todos hablaban de lo que pasó en Perú y del sistema que había pensado Bauza. El 4-2-3-1, hacía dudar a propios y extraños. Porque lo poco que se les escuchaba a los colegas paraguayos, mezclados entre tantos pupitres argentinos, también era que no lo creían propicio. Lo que sí, y ahí todos coincidían, era que Banega era necesario desde el principio. La intuición y el desarrollo demostrarían que no estábamos equivocados.

El pedido por Dybala, que se hacía desde las redes, pasando por banderas y pidiendo en voz alta en el estadio, se acrecentaba cuando “la voz del estadio” daba la formación. Higuaín, Agüero y Di María silbados –e ese orden por intensidad- y hasta algunos hicieron los mismos con Mascherano. Cosas raras si las hay.

 

Ricazo el chipá

Argentina

Luego de una entrada con luces (y muchos flashes en las tribunas) y el saludo protocolar, las 55mil almas que colmaron el ex Chateau Carreras, se dispusieron a disfrutar. Inclusive los hermanos del Paraguay, que estaban casi perdidos en lo superior de la Platea Gasparini, que siendo “pocos” se hicieron escuchar mucho.

Lo que parecía paciencia se rompió a las 20:34 (sí, leyeron bien), cuando la gente empezó a cantar por el delantero cordobés que juega en la Juventus. Entonces lo que parecía bien hasta entonces, desde el vamos no lo fue. Sergio Agüero diría después que tratan de no escuchar pero a veces no se puede. Era una vibra diferente, entre el murmullo generalizado y el no cantar

El juego de la Argentina pasaba por Banega, que era el único que podía dar claridad (por más que fuese con cambios de frente) y después terminó cayendo en Mascherano con el paso del tiempo. Ya que hablamos de tiempo, a los pocos minutos, la tranquilidad que podía dar a veces Banega se perdió totalmente con el gol paraguayo. Teniendo la pelota y atacando, y Paraguay esperando para contraatacar, fue perfecta su jugada, de manual. Si a eso le agregamos los errores de los nuestros, ya que todos estaban en su campo y llegando solo dos, Mascherano, Musacchio, Rojo y Romero quedaron expuestos y ahí sí, el partido era muy cuesta arriba.

Derlis González y sus coterráneos festejaban, como el periodista de guaraní que no dejaba de gritar y como pasa de un tiempo a esta parte, desde ese momento el 70 -30 mediterráneo no era seguridad de alegría. Y menos si el porcentaje era 90 -10, pero con ese 10% destacado de la albirroja.

El primer tiempo se fue con una sensación de que se podía empatar, pero por nombre y no por juego. Esa sensación se acrecentó cuando a los 30” del complemento, un penal nos podía salvar de la noche. Pero no. Villar –atajador de penales- hizo lo suyo y el Kempes se volvió un hervidero. Ya era insoportable el pedido por Dybala, pero ya se pasaba al extremo de hacer parecer que fuese el único “jugador del pueblo”.

Después el partido se fue dando como se ha visto. En un momento cuatro defensores, Mascherano y 5 delanteros. Equilibrio cero, Banega en el banco, desesperación. Muchas llegadas sí, un gol anulado también, pero la sensación de que más allá de que se ganara el equipo estaba aplazado.

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Silbando espero

El hambre golpeaba y realidad, casi a la medianoche, también. Uno trataba de pasarlo de la mejor manera. Alfajores cordobeses –obviamente- fue la mejor elección, y casi como una premonición en el envoltorio se leía “MC” productos artesanales. Jugar con el significado era lo que quedaba y creer que era “Messi Campeón” (o la “C” de un insulto que ya es como decir “che” en Córdoba y lo popularizó la “Mole” Moli) no te lesiones de nuevo. Que sin vos, nos cuesta mucho, todo.

En la sala de conferencias el técnico paraguayo estaba sonriente. Francisco Arce llevó a la albirroja a ganar por Eliminatorias, por primera vez en Argentina y a Córdoba perder el invicto cuando la selección hacía de local. Ya en 12 de octubre, el “Chiqui” saludaba a los suyos por la raza guaraní, en un nuevo día de la Diversidad Cultural. Esa estirpe que dejó silbando a todo un estadio cordobés, que se mostró antipático como nunca antes. Por su parte, Edgardo Bauza por momentos parecía haber visto otro partido, justificando la posesión de la pelota y diciendo la frase (no muy alentadora) de ese momento: “En mi carrera siempre tuve que remar”.

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El final de la jornada nos encontraba discutiendo con los colegas Franco Houriet y Matías Rivero y cantando lo que sonaba en el auto. Sebastián “Enano” Teysera de La Vela Puerca, entonaba: “Al dolor de seguir vivo/ Que es lo bueno que tiene el dolor/ Y también al placer de ganar y perder /cuando todo parece jodido es cuando hay que poner”. A esa altura de la noche, ya era otra premonición.